El culmen de nuestra vida cristiana

En nosotros, los hombres, la filiación divina procede de Cristo y se hace realidad por obra del Espíritu Santo. El Espíritu viene a enseñarnos que somos hijos y, al mismo tiempo, a hacer efectiva en nosotros esta filiación divina. El Hijo es quien con todo su ser dice a Dios: «¡Abbá, Padre!».
Estamos tocando aquí el culmen del misterio de nuestra vida cristiana. En efecto, el nombre «cristiano» indica un nuevo modo de ser: existir a semejanza del Hijo de Dios. Como hijos en el Hijo, participamos en la salvación, la cual no es sólo liberación del mal, sino, ante todo,plenitud del bien: del sumo bien de la filiación de Dios.

(Santa Misa en la Solemnidad de María, Madre de Dios, 1 de enero de 1997)

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