Santos Cirilo y Metodio, patronos de Europa

Los hermanos Cirilo y Metodio, griegos, nacidos en Tesalónica, ciudad en la que vivió y trabajó San Pablo, mantuvieron, desde el comienzo de su vocación, estrechas relaciones culturales y espirituales con la Iglesia patriarcal de Constantinopla, floreciente a la sazón por su cultura y su actividad misionera, en cuya escuela se educaron [4]. Ambos habían elegido el estado monacal, y unieron los deberes de la vocación religiosa con el servicio misionero, del cual dieron un primer testimonio en la evangelización de los cátaros de Crimea. Sin embargo, su principal obra evangelizadora fue la misión en la Gran Moravia, entre los pueblos que habitaban por aquel entonces la península balcánica y las tierras regadas por el Danubio. Esta acción, emprendida por petición del Príncipe Roscislaw de Moravia, fue presentada al Emperador y a la Iglesia de Constantinopla. Con el fin de dar una respuesta a las necesidades de su servicio apostólico entre los pueblos eslavos, tradujeron a su lengua los Libros Sagrados con una finalidad litúrgica y catequética. De este modo, sentaron las bases de toda la literatura en la lengua de estos pueblos. Por esta razón, son considerados no sólo apóstoles de los eslavos, sino también padres de la cultura de todos estos pueblos y de todas estas naciones, para quienes los primeros escritos de lengua eslava siguen constituyendo el punto de referencia fundamental en la historia de su literatura.

Cirilo y Metodio desarrollaron su servicio misionero en unión tanto con la Iglesia de Constantinopla, por la que habían sido enviados, como con la Sede Romana de Pedro, por la cual fueron confirmados. De este modo, manifestaban la unidad de la Iglesia, que, durante el período de su vida y de su actividad, no padecía la desgracia de la división entre Oriente y Occidente, no obstante las tensiones que, por aquel tiempo, caracterizaron las relaciones entre Roma y Constantinopla.

En Roma, Cirilo y Metodio fueron recibidos con honor por el Papa y la Iglesia romana, que aprobó y apoyó toda su obra apostólica y su innovación de introducir la lengua eslava en la sagrada liturgia, innovación que no era bien acogida en algunos ambientes occidentales. Precisamente en Roma murió Cirilo el 14 de febrero del año 869, y fue sepultado en la iglesia de San Clemente. El Papa consagró a Metodio arzobispo de la antigua sede de Sirmio (Sirijem) y lo envió a Moravia para que continuase allí su providencial obra apostólica, que llevó adelante con celo y valentía junto con sus discípulos y entre su pueblo hasta el fin de sus días (6 de abril del año 885).

(Beato Juan Pablo Magno, Carta Apostólica Egregiae Virtutis, 31 de diciembre de 1980)

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