Con el Papa en su capilla privada

Después de una carrera acelerada por los quinientos escalones que nos llevan desde la columnata de Bernini, pasando por el patio de S. Dámaso, hasta la entrada del apartamento pontificio, nos encontramos a las siete menos veinte de la mañana cogiendo aire y tranquilizando el corazón, mientras esperamos que nos abran la puerta para entrar en la capilla privada del Papa.

Pocos minutos antes de la siete las cincuenta Hermanas nos encontramos apretadas en la pequeña capilla, que tiene cabida sólo para treinta personas, ¡pero ni siquiera me doy cuenta!

Contengo el aliento por la emoción y la alegría. Ningún ruido, ni siquiera una tos rompe el gran silencio que reina. Dan las siete. El Papa no da señales de salir de su profundo recogimiento. Los secretarios y los otros dos concelebrantes, ya revestidos, esperan sentados a ambos lados del altar. P. Stanislao echa una mirada al Papa, atento al mínimo gesto.

He aquí que después de algún minuto el Papa se levanta, se vuelve hacia nosotras con un gesto y un saludo de bienvenida; da tres pasos, lentamente, y ya está en el altar, ahora nos da la espalda.
Los secretarios le ayudan a revestirse, lentamente, como un rito. Nadie tiene prisa, parece como si el tiempo se hubiese parado. Le ciñen a la cintura los cordones del amito y el cíngulo.
Deja hacer a los otros. Su persona me parece débil …. Pienso en Pedro, en las palabras que le dijo Jesús: “Cuando eras joven, te ceñías la cintura tu solo e ibas a donde querías, pero cuando serás anciano, extenderás tus manos, y otro te ceñirá la cintura y te llevará a donde no quieres” (Jn. 21, 18).

Es Cristo quien le ciñe ahora y lo lleva por los caminos misteriosos de la misión que le ha confiado, tras El. Siento que el Papa es el hombre más pobre, más solo, el hombre que no se pertenece ya, pero que se deja conducir a donde el Señor le llama para anunciar el Evangelio. Y esto no solo en sus viajes apostólicos, sino sobre todo en el viaje más misterioso y sacrificado en el propio interior, allí donde el hombre, instrumento dócil en las manos de Dios, instaura el Reino en sí, para Dios y para los hermanos … Inicia la Santa Misa. El clima es aún de espera: cada gesto, cada palabra, tienen una solemnidad y un tono grave, diría lleno de misterio y de sufrimiento, y al mismo tiempo de una grande sencillez.

Sobre el altar domina el Crucifijo de bronce, inclinado hacia adelante; pero no me doy cuenta de esta posición hasta que no contemplo a ambos lados, como por un juego de luces, su sombra proyectada en seis o siete crucifijos que lo rodean en forma de corona, con el cuerpo profundamente abandonado hacia adelante. Sí, hoy el sacrificio de Cristo continúa en tantos hermanos, especialmente en aquellos perseguidos a causa de su fe en El. A los lados del altar, en la pared del fondo ligeramente cóncava, se abren dos pasillos que se juntan en otro circular detrás del altar. Está bien iluminado y en la pared del pasillo de la derecha descubro, en un mosaico hecho con rudas piedras blancas y marrones, ligero como una pintura, el martirio de san Pablo, y en la pared del pasillo de la izquierda, el de san Pedro.

Quedo fuertemente impresionada. El Papa, en oración, siempre tiene delante el Sagrario, el Crucifijo, el martirio de los dos Apóstoles, sus predecesores; contemplo mentalmente el entorno con su persona … En la pared derecha, además, se ve un recuadro, iluminado indirectamente, en el que están clavadas, de cuatro en cuatro, en baldosas de bronce, las estaciones del Via Crucis. En la primera se lee: Mors in nobis operatur, en la cuarta: Vita autem in nobis. Mi corazón se llena de agradecimiento y de amor hacia ti, Juan Pablo II, que también por mi crees, esperas, sufres con Cristo, lo anuncias, me confirmas en la fe.

Vete por el mundo, icona viva de Cristo, testigo de Dios, y anuncia que el Señor ha resucitado y vive en la Iglesia, llenando así el mundo de esperanza.
Te habíamos pedido con filial insistencia que nos acogieses, que nos permitieras sólamente verte y rezar contigo, sin discursos para no cansarte ni robarte un tiempo precioso.
Pero, personalmente, no he perdido nada: tu persona, tu Misa, la capilla donde habitualmente elevas las manos al cielo por el mundo entero, han sido para mi el más elocuente de los discursos que podías dirigirme, se ha imprimido con fuerza en mi corazón, con carácter de fuego. Te has convertido para mi en una auténtica referencia a Cristo, es como si ahora me precedieras, con el signo de tu invencible fe, fijando la mirada en el Invisible.
¡Gracias!

Sr.l. Maria Vittoria

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