UN OBISPO PARA LA FAMILIA

S. E. Mons. Giuseppe Mani, Arzobispo de Cagliari, nombrado “obispo de las familias” por Juan Pablo II en 1987, cuenta cómo ha aprendido a compartir la pasión y el amor por la familia a través del propio servicio pastoral, del que al principio no se sentía a la altura ….

 

A la normal sorpresa y estupor por ser nombrado obispo se añadió otra: “serás el obispo de las familias, te confío la zona más grande de Roma, la zona este, para que tengas tantas familias con las que trabajar”.

Estas fueron las palabras con las que Juan Pablo II me acogió en la mañana de la Inmaculada de 1987, el día de mi ordenación. Aquel encargo no me lo esperaba. Èl mismo, nueve años antes, me había nombrado rector de su seminario, me había seguido con una atención que no me obsesionaba, dunque ciertamente era un estímulo continuo, sobre todo por el trabajo vocacional que se llevaba a cabo en el Seminario Romano. Por eso me esperaba ser delegado para las vocaciones y los sacerdotes; pero no. Y se lo dije claro: “Santidad, de la familia no sé nada, conozco solo la mia, que dejé a los dieciseis años para entrar en el seminario”. “Bien. Así aprenderás a conocerla y a trabajar con ella”.

Comencé, seguro de su bendición y de su oración, de las que percibía el efecto. Compré todos los libros en venta sobre la familia, pero enseguida me dí cuenta de que estaban escritos por gente que, de la familia, sabía menos que yo. Decidí entonces ponerme a leer las familias. Cada mañana recibía en mi despacho decenas de familias. Saber que había un obispo disponible para ésto me ocasionó un gran trabajo. Fue precioso. Leer la familia real, concreta, con los colores de la vida era sorprendente. Muchos problemas, pero también mucha santidad. Sentía la falta de reconocimiento, por parte de la Iglesia, de la verdadera santidad familiar.

Todos los días encontraba familias como la de Nazareth, con cruces enormes que llevaban con amor. Reconozco sinceramente que sentía más rabia que devoción cada vez que veía en la fachada de San Pedro las grandes imágenes de religiosas y religiosos canonizados. ¿Es posible que la Iglesia no descubra dónde hay otra grande fuente de santidad? Hablé de ello con el Papa, de forma un poco inmediata, tanto que se defendió. Me preguntó: “¿Cómo va la familia ?”. “Podría ir mejor si Vuestra Santidad, en lugar de canonizar frailes y monjas, canonizase alguna famiglia, al menos un matrimonio”. “Faltan modelos” me replicó. “Pero si los hay …”, le respondí. “No, no; los hay solo entre los mártires de los primeros siglos”. El Papa comenzó a pensar, después susurró: “Está el Dr. Moscati”. “No. Era soltero. Es más, Santidad, hay muchas viudas santas que no dejan en buen lugar a la familia”. El seguía pensando, después me dijo:  “Quizá tengas razón. Durante el último sínodo sobre el laicado querían canonizar a laicos y tuvimos que recurrir a los mártires”. Volví sobre el tema en más ocasiones. Una vez incluso con excesiva insistencia, aprovechando de la benevolencia y del afecto paternal que me demostraba, pero me dijo enérgicamente: “Ponme en la situación de beatificar una pareja y lo haré”. La condición se realizó enseguida. Padre Paolino Quattrocchi vino a hablarme de sus padres como de un matrimonio que podía ser tomado en consideración para beatificarlo. Estaba feliz, sea porque el Padre entendía de causas de los Santos, puesto que era postulador de la causa del Card. Schuster, sea porque de los gastos se ocuparía él. Con satisfacción hablé de ello al Papa, que sonrió por toda respuesta.

Promoví la causa, inició el proceso, pero, me avergüenzo de decirlo, no creía demasiado que pudiese salir adelante; sin embargo, el Señor respondió con un buen milagro.

Cuando todo parecía pronto, la Congregación para las Causas de los Santos dijo que no era suficiente un milagro: eran necesarios dos, pues se trataba de dos personas. No entendía nada. Si necesitan dos milagros, no canonizamos ya a una pareja sino a dos personas.

Había sido nombrado ordinario militar y tenía que dejar a otros mi apasionante trabajo por la familia. El Papa me invitó a comer con él para despedirme como su auxiliar y aproveché la ocasión para hacerle la última petición. “Dejo las familias de Roma con un problema que solo Vuestra Santidad puede resolver. La Congregación para los Santos en la causa Beltrame Quattrocchi quiere dos milagros”. “¿Por qué? ¿Cuál es el problema?” me preguntó; respondí: “Si quiere dos milagros no beatifica a una pareja sino a dos personas. Entonces es inútil todo lo que hemos hecho”. Me esperaba una respuesta. El Papa, sin embargo, se quedó silencioso y, sin darme el más mínimo signo de su pensamiento, cambió de argumento.

Un mes después tuve noticia de que la Congregación había dicho que era suficiente un milagro. Poco después fui invitado a concelebrar con el Papa en la beatificación de la primera pareja de los tiempos modernos. Juan Pablo II creía de verdad en la familia y fue capaz de transmitirme el amor y la pasión por ella, como punto de partida para la nueva evangelización. Siempre que en la homilía hablo de la familia, se despierta la atención del auditorio. He escrito también una carta pastoral sobre la familia, Gracias, que ha llegado ya a más de medio millón de copias. “No sé nada de la familia”. “Aprenderás”. Tenía razón.

 

Mons. Giuseppe Mani

Deja un comentario