Sobre el espíritu sacrificial y la heroica tenacidad de un gran deportista polaco: San Juan Pablo Magno

bicicleta“En un contexto social, desgraciadamente acosado por tentaciones deshumanizantes”[2], en un “mundo en el que a veces se puede comprobar la presencia dolorosa de jóvenes cansados, marcados por la tristeza y por experiencias negativas”[3], entre las cuales podemos mencionar la planificación totalitaria del tiempo libre –impuesta tanto por el mercado hodierno como por la maquinaria comunista-, el incesante avance de la tecnología –que monopoliza las energías de infantes y adultos, frecuentemente hipnotizados por los medios de control social-, la triste vigencia del materialismo consumista –que lleva a tantos a dejarse absorber en interminables jornadas de trabajo maquinal-, la proliferación de diversiones irremediablemente dañinas –como las drogas y hábitos bestializantes- de desorientadas masas juveniles y, en general, el pensamiento único que doquiera quiere inculcar una mentalidad hedonista y, por tanto, conductas muelles que postulan a la pereza como compañera ideal de la vida, se alza “contracorriente” –con tanta felicidad como firmeza- el enhiesto testimonio de amor al deporte que el magno Papa polaco nos legó, tanto con sus hechos como con su inequívoco verbo –tan bien proferido en su estilizada y nunca mezquinada pluma como en su paternal voz pontifical-.

Siendo imposible presentar en pocas líneas de modo completo o sistemático la visión de Su Santidad sobre el deporte y su personal experiencia atlética, expondremos, aunque más no sea con pocos y modestos trazos, un aspecto de su arquetípico ejemplo y luminoso Magisterio sobre el tema que nos convoca. Subrayamos en este boceto que, según la enseñanza de San Juan Pablo II, el deporte es escuela de vida, verdad esta que prueba al referir “los valores que van unidos a la práctica del deporte”[4] cuando es “rectamente entendido”[5], el cual incoa “virtudes que la Iglesia promueve y exalta”[6] siendo así, “una gimnasia del cuerpo y del espíritu”[7] que coopera “para una formación humana integral”[8] y “educa para una saludable autodisciplina”[9] que “puede elevar al hombre”[10]. De hecho, para el Papa, que, sin caer en modo alguno en el error somatolátrico, gozaba de ver a la Iglesia “exaltando y magnificando” los “valores positivos” del deporte –como manifestaba en un sermón jubilar[11]-, “el compromiso deportivo es escuela genuina de auténtica virtud humana”[12] en cuanto “tiende a adiestrar, desarrollar y fortificar el cuerpo humano con objeto de que éste se preste mejor a alcanzar la madurez personal”[13]. El deporte, por tanto, es palestra que, entre otras virtudes, contribuye a inculcar en el alma dos bellísimas disposiciones –que, como es a todos noto, brillan en la vida y el Magisterio del Papa polaco-. Nos referimos, y ahorramos más proemios, a estas dos: el espíritu de sacrificio y la capacidad de empeñarse con decisión en pos de un arduo objetivo. A continuación, veremos, de modo escueto, la dinámica de ambas virtudes –elencadas una tras otra en el orden ya dicho- en la vida y la obra del Papa Magno. Lejos de toda pretensión de ofrecer una descripción omniabarcante, nos contentaremos con los destellos que más nos marcaron e imaginaremos el resto como hace el navegante que del iceberg solo ve una punta.

Empecemos por el espíritu de sacrificio. El Papa Polaco subrayó que esta virtud es cultivada en el deporte. En efecto, resaltó que en el deporte “la exaltación de auténticas virtudes humanas, (…) se entrelazan armoniosamente con el espíritu de sacrificio (…) en vista de una formación completa de la persona, abierta así a los más amplios horizontes de la trascendencia y de la fe”[14]. Afirmó, a su vez, que todo tipo de deporte lleva en sí un patrimonio rico de valores como ser “la educación de la voluntad, el control de la sensibilidad, (…) la resistencia, el aguante de la fatiga y las molestias” y “el espíritu de renuncia”, los cuales “son un conjunto de realidades morales que exigen una verdadera ascética”[15]. Subrayó, por su parte, la “fortaleza, disciplina y audacia” de un grupo de deportistas[16] y alentó a unos jóvenes atletas diciendo que ellos ofrecen “de modo eminente, un espectáculo de fortaleza (…) y autocontrol”[17]. En suma, en el Magisterio de San Juan Pablo II, el deporte no solo es una expresión “muy por encima de las exigentes leyes de la producción y del consumo y de cualquier otra consideración puramente utilitaristica y hedonista de la vida”[18], sino que el deporte es “palestra de virtudes”[19] y escuela del espíritu sacrificial. Por eso, podemos decir que, aun cuando la relación no sea estrecha, el deporte en alguna medida contribuyó a forjar en el alma de nuestro preclaro héroe eslavo una tal fortaleza que pudo realizar una obra innegablemente ciclópea , que no solo no fue la ordinaria en un Papa –aun cuando basta solo pensar en lo que implica el Apostolado Papal para concebir un horizonte del todo singular y hasta sobrehumano- sino la de un Papa que, con sobrados méritos, recibe el apelativo de Magno. La peculiar índole de las exigencias implicadas en sus deportes predilectos –el ski, el alpinismo, el remo- aportó el marco ideal para la fijación de los cimientos de un alma monumental, alma que se forjó habituándose a las inclemencias del frío alpino con sus helados vientos –que se tornan familiares para todo esquiador o escalador avezado como era nuestro eslavo Modelo-, al magro y poco gustoso pábulo que acompaña las largas travesías a campo traviesa y a la menos vistosa –mas no menos dura- fatiga muscular, y mental, que experimenta el atleta aun en sus acometidas cotidianas o desafíos informales. Pensemos también en la dureza propia de la labor minera –actividad practicada por el Papa y que, bajo cierto respecto, es analogable (aunque per accidens) al ejercicio deportivo-, la cual bien hecha, pide la constancia, la paciencia y la disciplina de los más esforzados competidores.

Ahora bien, muchos, cayendo en cierto modo en la somatolaría –oportunamente denunciada por Amerio-, yerran considerando “el deporte como finalidad en sí mismo”[20] y por eso en ellos la “mística” del sacrificio, lamentablemente, se reduce a una entrega personal en las arenas de lo lúdico, olvidando la enseñanza de San Juan Pablo II, quien siempre animaba a los deportistas a “desplegarse con gallardía hacia los objetivos que más ennoblecen la vida”[21]. Más en el Papa eslavo, el deporte –en tanto promueve el espíritu de sacrificio- lo ayudó a soportar, cual varón de dolores, todas las asperezas que la eternal Providencia permitió sufra en su vicarial Misión, en la que testimonió –como decía a unos dirigentes deportivos- que hay valores morales y espirituales más altos que “exigen a veces el sacrificio incluso de la vida del cuerpo”[22]. Baste pensar en los pedidos que, multiplicados a escala mundial, no solo recibía sino que trataba de satisfacer; recordemos, aun, las persecuciones que sobre él se avalanzaron –sea de parte de la K.G.B., sea de parte de la obstinación de mediáticos ideólogos apóstatas, sea de parte de los “devotos de la sedevacante” o de parte de un fanatismo irracional que no vaciló en concretar una feroz tentativa de martirizarlo-. Subrayemos, finalmente, la extraordinaria abnegación que debe tener un ser humano para asumir el deber de ser Papa, obligación asumida por nuestro eslavo tan cabalmente que bien podríamos considerar que era, como alguno dijo, “el hombre más ocupado de la Tierra”. Valga lo dicho para más admirar el espíritu de sacrificio de un Papa que tanto se exigió a sí mismo que debió descender, de los Cielos, la misma Madre de Dios para impedir se desplome por tierra agotado –pensamos- por la enormidad de las cargas tan generosamente asumidas por esta alma sedienta de lo absoluto[23].

San Juan Pablo II rogó a Dios para que les conceda a los jugadores del Milán hacer “ese “gol”, es decir, esa meta final, que es el verdadero y último destino de la vida”[24], prez esta que –junto con la mención que en otra alocución deportiva hizo sobre destino del cuerpo “a la victoria final”[25]- nos sirve para introducir nuestra consideración sobre el otro hábito apuntado: la capacidad de empeñarse con decisión en pos de un arduo objetivo, capacidad cuyo crecimiento es favorecido por el deporte al ser, como precisaba el Papa, escuela de coraje y decisión[26]. El deporte, y de un modo especial las disciplinadas elegidas por nuestro héroe, es espacio que entrena a quien lo hace en el trabajo por alcanzar metas anticipadas por difíciles obstáculos, como se ve, verbigracia, en quien trepa una escarpada montaña hasta conquistar la cima, en quien desciende veloz abruptas pendientes de un desfiladero sobre paralelos esquíes o en quien rema “contracorriente” largos trechos hasta la costa que tantas veces puede parecer lejanísima o, incluso, en quien persevera horas clavando el pico hasta conseguir perforar los pétreos muros de una oscura mina polaca. Esta misma tenacidad en conseguir altos cometidos descolló en este fuerte eslavo no solo en sus frecuentes esfuerzos deportivos sino en toda su Misión como se vio tanto en su victoria sobre el Comunismo –siendo él quien derribo al Totalitarismo soviético- como en su aguda reflexión sapiencial que hizo, según bien se dijo, avanzar a la teología en todas sus ramas. Esta tenacidad brilla permanentemente en la vida de este atleta que ornó a la Iglesia de Dios llevando a los altares más Santos que ningún otro Sucesor de Pedro y que no solo predicó diariamente el mensaje redentor sino que, devorado por su apostólico celo, consiguió predicar a Cristo en los cinco continentes, en un número inmenso de Naciones, realizando así una epopeya tan inédita que, con toda justicia, fue llamado “el primer Misionero Planetario”, heroico título este que no por caso es dado a quien fuera, toda su vida, un gran deportista que, a su vez, vivía convencido de que la dimensión más profunda del deporte se cifra en la caridad teologal –vera clave de bóveda para la construcción de un mundo más fraterno-, como se ve en esta exhortación que supo dirigirnos: “permaneced en el amor de Cristo y ampliad vuestros corazones de hermanos a hermanos! ¡Este es el secreto de la vida, y también la dimensión más profunda y auténtica del deporte!”[27].

Habiendo experimentado que “el deporte es lucha” –como bien dijo[28]-, supo más aun ser vero campeón en las lides espirituales del siglo XX, encarnando en vida el sacro Magisterio que supo predicar al decir, por ejemplo, que la lógica del deporte “es también la lógica de la vida” pues “sin sacrificio no se obtienen resultados importantes”[29], sacrificios que no omitía cuando debía hacerlos y que le permitieron obtener los resultados que tuvo y, en primer lugar, el de haber alcanzado la máxima corona -la de la Santidad- como declaró su feliz y actual Sucesor en el trono petrino. Es claro, entonces, que, para San Juan Pablo II, el deporte era “preámbulo de conquistas más auténticas y duraderas”[30] y servía por tanto para “la elevación moral y espiritual de la persona humana”[31]. De hecho, en nuestro Santo, transfigurado por el ejemplo de nuestro señor Jesucristo –que llenaba toda su vida-, el espíritu de sacrificio y la virtud de la tenacidad, se entrelazan y redimensionan por la acción del organismo sobrenatural y su vivificante gracia que lo llevó a vivir estas dos virtudes hasta las últimas consecuencias del heroísmo cristiano, no solo en sus magníficas obras de celo –como fueron las Jornadas de la Juventud, por él creadas, en las que parecía más joven que los mismos jóvenes- sino en su prolongada agonía y enfermedad terminal, que sobrellevó hasta el final, sin bajarse de la Cruz, perseverando hasta la muerte en el ejercicio de su divino Ministerio, para asombro de los humanos, regocijo de los coros angélicos y gloria del Dios Omnipotente y Su Madre Virginal, alcanzado así aquel triunfo final, que no se obtiene sin virtud, la cual –como decía el Papa a los deportistas- “en el siglo venidero triunfará coronada, después de haber reportado la victoria en combates inmaculados”[32].

P. Lic. Federico Highton, IVE

Dedicado al Club Juventud Frassati

 

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Bibliografía citada

San Juan Pablo II, Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol, 1980.

–––, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia, 1979.

–––, Discurso a los Futbolistas del Milan, 1979.

–––, Discurso a los Miembros del Congresso del Panathlon International, 1981.

–––, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo, 1979.

–––, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud, 1980.

–––, Discurso a un Grupo de Deportistas del Sporting Club de Pisa, 1980.

–––, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano, 1979.

–––, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia, 1978.

–––, Homilía durante la Misa en el Estadio Olímpico de Roma (Jubileo Internacional de los Deportistas), 2000.

–––, Homilía durante la Misa en el Estadio Olímpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 1984.

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[1]          El presente trabajo fue premiado -estando entre los diez mejores trabajos- en mayo del 2014 en el “Concurso – homenaje de relatos cortos sobre Juan Pablo II y el deporte” organizado por la Fundación catalana “Brafa”. Para la presente publicación, hicimos algunas leves modificaciones. La versión premiada, que muy poco difiere de esta que hoy publicamos, se puede leer en este link: http://brafa.org/detNoticia.asp?id_cat=156&id_not=20.

[2]  San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano, 1979.

[3] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan, 1979.

[4]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia, in (1979).

[5]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[6] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia, 1978.

[7] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan.

[8] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[9] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo, 1979.

[10]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol, 1980.

[11]  Cf. San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 1984.

[12] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo.

[13] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[14] San Juan Pablo II, Discurso a los Miembros del Congresso del Panathlon International, 1981.

[15] Reproducimos la frase entera: “2. Todo tipo de deporte lleva en sí un patrimonio rico de valores que deben tenerse en cuenta siempre a fin de ponerlos en práctica: el adiestramiento a la reflexión, el adecuado empleo de las energías propias, la educación de la voluntad, el control de la sensibilidad, la preparación metódica, la perseverancia, la resistencia, el aguante de la fatiga y las molestias, el dominio de las propias facultades, el concepto de la lealtad, la aceptación de las reglas, el espíritu de renuncia y de solidaridad, la fidelidad a los compromisos, la generosidad con los vencidos, la serenidad en la derrota, la paciencia con todos… : son un conjunto de realidades morales que exigen una verdadera ascética y contribuyen eficazmente a formar al hombre y al cristiano” ( San Juan Pablo II, Discurso a un Grupo de Deportistas del Sporting Club de Pisa 1, [1980], 2).

[16] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud, 1980.

[17] San Juan Pablo II, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia.

[18] San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 4.

[19] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[20] El Papa polaco prevenía contra este error diciendo: ” no consideréis el deporte como finalidad en sí mismo ” ( San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud).

[21] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[22] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[23] Es interesante notar que el Papa exhorta a los deportistas a no olvidarse de los valores del “alma sedienta de lo absoluto”, como se ve en su Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol.

[24] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan.

[25] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[26] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[27]  San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 5.

[28] Ibid, 4.

[29] San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma (Jubileo Internacional de los Deportistas), 2000, 4.

[30] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[31]  Ibid.

[32] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo El Papa se basa en Sab 5, 2.