Un hombre de esperanza

El Papa Juan Pablo II es unánimemente reconocido como un hombre de esperanza. Viene al caso una de las biografias  más cuidadas y autorizadas que sobre él se han escrito, la del americano George Weigel, que lleva propiamente el título de “Testigo de esperanza”. Su vida entera, los años de su largo y fecundo pontificado y su legado espiritual, están verdaderamente impregnados de esta dimensión. Si probamos a pensar en él, nada trágico nos viene a la mente, a pesar del hecho de que su pontificado ha atraversado las grandes tragedias del siglo, ningún sentimiento de tristeza nos asalta, a pesar de tantos momentos de oscuridad y temor (basta pensar, por ejemplo, en el atentado) que lo han rozado, ningún sentido de vacío o flaqueza nos atenazan.

El Papa que nos ha introducido en el tercer milenio continúa, pues, siendo un punto de referencia esencial para la Iglesia universal, ahora confiada a su Sucesor Benedicto XVI, y para la italiana. Tanto más en este momento en que la Iglesia de nuestro País se prepara para vivir una fecha importante, el Convenio eclesial nacional de Verona “Testigos de Jesús Resucitado, esperanza del mundo”, el cuarto de una serie iniciada por Pablo VI en Roma en el año 1976. En el centro está precisamente el testimonio de la esperanza en la sociedad italiana de hoy, marcada por los profundos cambios de la cultura difusa, en el sentido de ser un conjunto civil, en el vivir la fiesta y el trabajo, en el afrontar las situaciones de precariedad y de debilidad existencial y social, acompañados también de desarrollos bastante problemáticos por lo que conciernen a realidades como la familia, la relación entre ciencia y vida, el diálogo entre las culturas. Materia de compromiso por parte de un laicado maduro y consciente, dispuesto a actuar en el presente, y que en la ciudad de Verona llevará – junto a religiosas, religiosos, sacerdotes, obispos, cardenales – su contribución de ideas y proyectos a través de cinco ámbitos temáticos de reflexión.

Pero este testimonio esencial no comienza y no se agota hoy. La memoria- dimensión en la que ahora vivimos también la obra de Juan Pablo II – y la tradición son esenciales. Por eso han sido determinadas y serán propuestas en los días del convenio figuras de testigos del Evangelio en la sociedad italiana del reciente pasado. Recorridos de perfección cristiana, que – precisamente como para el amado Pontífice desaparecido – en algunos casos están sometidos al examen de la Iglesia para ser eventualmente elevados a los altares. Pero que ya ahora desprenden una fuerza contagiosa: aquella que nace de una fe nutrida de oracion y activa en la prontitud por el prójimo.

En espera de escuchar, pues, a Benedicto XVI, no podemos no tener en la mente y en el corazón las numerosas ocasiones en las que Juan Pablo II ha manifestado con gestos y palabras su atención por la Iglesia de nuestro País y por toda la Italia, que él mismo definió como su “segunda patria”. Recordar aquí todas sus contribuciones es imposible. Elijo dos, que deseo poner como pequeñas señales en el camino hacia Verona. El primer legado es la dimensión de la oración, que ha sido un sello permanente del pontificado de Juan Pablo II, así como lo es de cada auténtica vida cristiana. Recuerdo el momento de la Gran oración por Italia, promovida y animada por él varias veces, en 1994 y 1998. En esta segunda ocasión expresó la inolvidable llamada del pueblo italiano, llamado a “discernir los ‘signos del tiempo’ y a empeñarse con corage y perseverancia en la edificacion de una sociedad con rostro humano”. Si miramos hoy tal rostro, mucho sudor y muchas lagrimas quedan por enjugar. Juan Pablo II, sobre todo en el largo periodo de su enfermedad, ha sabido dar sentido y valor también a esta dimensión del dolor que marca el rostro de la vida de tantos hombres, convirtiéndose, a título especial, en icono de corage y esperanza.

El segundo legado no puede no ser la presencia de Juan Pablo II en los dos precedentes Convenios eclesiales nacionales. En Loreto, en 1985, nos ha dicho que “en una sociedad pluralista y parcialmente descristianizada, la Iglesia está llamada a trabajar con humilde corage y plena confianza en el Señor, para que la fe cristiana tenga, o recupere, un papel de guía y una eficacia que arrastre, en el camino hacia el futuro”. Diez años después, en Palermo, nos ha recordado la importancia de “una conciencia precisa de la misión de la Iglesia en la historia, en la cultura y en la sociedad italiana” y nos ha invitado a vivir el Convenio como “una profesión de fe en Aquel que hace nuevas todas las cosas” y por tanto a hacer en modo que fuese caracterizado “por la virtud de la esperanza cristiana, que osa ponerse objetivos altos y nobles porque confia en Dios más que en el hombre”. Preciosas indicaciones que todos llevaremos en la alforja para Verona.

+ Giuseppe Betori

Secretario General Conferencia Episcopal Italiana

¡DUC IN ALTUM!

¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. ¿No ha sido quizás para tomar contacto con este manantial vivo de nuestra esperanza, por lo que hemos celebrado el Año jubilar? El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: «Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza «que no defrauda» (Rm 5, 5).

Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo. Los caminos, por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina, son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida. Cada domingo Cristo resucitado nos convoca de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día «primero de la semana» (Jn 20,19) se presentó a los suyos para «exhalar» sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización.

Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, a la que hace algunos meses, junto con muchos Obispos llegados a Roma desde todas las partes del mundo, he confiado el tercer milenio. Muchas veces en estos años la he presentado e invocado como «Estrella de la nueva evangelización». La indico aún como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino. «Mujer, he aquí tus hijos», le repito, evocando la voz misma de Jesús (cf. Jn 19, 26), y haciéndome voz, ante Ella, del cariño filial de toda la Iglesia.

¡Queridos hermanos y hermanas! El símbolo de la Puerta Santa se cierra a nuestras espaldas, pero para dejar abierta más que nunca la puerta viva que es Cristo. Después del entusiasmo jubilar ya no volvemos a un anodino día a día. Al contrario, si nuestra peregrinación ha sido auténtica debe como desentumecer nuestras piernas para el camino que nos espera. Tenemos que imitar la intrepidez del apóstol Pablo: «Lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto, en Cristo Jesús» (Flp 13,14). Al mismo tiempo, hemos de imitar la contemplación de María, la cual, después de la peregrinación a la ciudad santa de Jerusalén, volvió a su casa de Nazareth meditando en su corazón el misterio del Hijo (cf. Lc 2, 51).

Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús «al partir el pan» (Lc 24, 30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio: «¡Hemos visto al Señor!» (Jn 20, 25).

Éste es el fruto tan deseado del Jubileo del Año dos mil, Jubileo que nos ha presentado de manera palpable el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios y Redentor del hombre.

Mientras se concluye y nos abre a un futuro de esperanza, suba hasta el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, la alabanza y el agradecimiento de toda la Iglesia.

 

Juan Pablo II

Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte