ESCUELA DE ORACIÓN: la via mariana

«Nuestras comunidades cristianas tienen que ser auténticas ‘escuelas’ de oración»

(Juan Pablo II)

 

En el mes de octubre proponemos la reflexión sobre la oración del Rosario.

Nuestro guía será el Siervo de Dios Juan Pablo II. En su vida personal y en sus enseñanzas sobre la oración, el Rosario ocupó un puesto primordial. Quería introducir a todos en la historia de la salvación, meditada en los misterios del Rosario.

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María, Madre de misericordia

María,
Madre de misericordia,
cuida de todos para que no se haga inútil
la cruz de Cristo,
para que el hombre
no pierda el camino del bien,
no pierda la conciencia del pecado
y crezca en la esperanza en Dios,
«rico en misericordia» (Ef 2, 4),
para que haga libremente las buenas obras
que él le asignó (cf. Ef 2, 10)
y, de esta manera, toda su vida
sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12).

Juan Pablo IIVeritatis splendor

Arrodillado ante Dios, vivía de Dios y para Dios

Karol Wojtyła quería ir al encuentro del hombre como poeta y actor, con la belleza de la palabra y a través de la palabra. Dios lo había elegido, como sacerdote y obispo, para ir al encuentro del hombre con el Verbo, que es el Redentor del hombre.

El 16 de octubre de 1978, Dios lo llamó como sucesor de San Pedro para que llevase a toda la humanidad al Verbo que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Y lo hizo en los diversos modos de su enseñanza, y también en sus obras literarias, armonizando magníficamente Verdad y Belleza. Con toda su alma había dicho a Dios: Totus Tuus ego sum et omnia mea Tua sunt.

El Siervo de Dios permanecía arrodillado ante Dios, vivía de Dios y para Dios.

Quien tenía contacto con él, se daba cuenta enseguida de su profunda unión con el Señor.

El contacto con él acercaba a Dios; las personas se sentían por así decir atraídas por el misterio de la divina presencia. Muchas veces he encontrado personas que subrayaban que de él irradiaba una luz.

Todo esto provenía de la profundidad de su unión con Dios en la oración.

No separaba en su vida ocupaciones y oración. Todo era oración.

Su vida era simplemente oración.

El amor por la oración lo había aprendido en su casa paterna y en concreto de su padre, cuya vida, después de la muerte prematura de su esposa, «se transformó … aún más en una vida de constante oración». Una intensa y profunda vida de oración que se expresaba en diferentes formas de coloquio con Dios: desde la simplicísima oración del niño, a la oración de las horas litúrgicas del sacerdote, hasta la contemplación.

En su vida de oración, ocupaba un puesto muy importante su devoción mariana, cuyas formas tradicionales había aprendido también en la casa paterna y en la parroquia.

Al principio estaba «convencido de que María conduce a Cristo», después empezó «a entender que también Cristo nos conduce a María» (Juan Pablo II, Don y misterio, p. 37-38).

Le quedaron grabadas profundamente en su corazón las palabras de San Anselmo: «Os alimento de lo que yo mismo vivo».

Como sacerdote tenía conciencia de que «el ministerio de la palabra consiste en manifestar lo que antes ha sido contemplado en la oración», de que «las verdades anunciadas tienen que ser descubiertas y asimiladas en la intimidad de la oración y de la meditación» (En el XX aniversario del Decreto Presbyterorum Ordinis, 27 octubre 1995).

La Santa Misa era el centro de su vida y de cada jornada.

Su amor a la Eucaristía se expresaba también en permanecer a los pies de Jesús presente en el Santísimo Sacramento. Consideraba una suerte enorme que en la casa del obispo hubiese una capilla, el poder vivir y trabajar bajo la presencia eucarística de Cristo.

Era, sin embargo, consciente de que la cercanía de esta capilla era al mismo tiempo un gran compromiso «para que en la vida del obispo todo – predicación, decisiones – la pastoral – tenga inicio a los pies de Cristo, escondido en el Santísimo Sacramento». Teniendo en cuenta este “todo”, en la capilla él no sólo rezaba, sino que escribía también libros.

Sabía que como sacerdote estaba llamado «a ser hombre de la palabra de Dios» y que «el hombre de hoy se espera … antes que la palabra “anunciada”, la palabra “vivida”».

El Santo Padre estaba de rodillas también ante el hombre.

En cada persona el Siervo de Dios veía la imagen de Dios y esto impregnaba su relación con el hombre. Conservamos en la memoria sus manos extendidas hacia el hombre. Sus brazos abiertos que estrechan contra sí a cada uno y a todos. Incluso cuando aquellas manos fueron heridas por un hombre ignobile, no se cerraron en un puño, en un gesto de odio y de deseo de venganza. Aquellas manos, y con ellas, abrieron también las puertas de su residencia episcopal a todos los hombres.

Iban, pues, sacerdotes y laicos; gente sencilla y hombres de ciencia y de cultura. Siempre con atención y paciencia escuchaba a cada uno, nunca daba la impresión de tener prisa, de tener que despachar algo que fuese más importante.

Respetaba la opinión dada por el interlocutor, aún cuando no la compartiese.

El profundo respeto por el hombre lo sentía igualmente hacia la mujer.

Por eso nadie se sorprendía, ni creaba sospechas en nadie su simple y sincero, puro, modo de tratar a la mujer. En sus predicaciones y en sus publicaciones mostraba la belleza de la femenidad, porque Dios, en efecto, ha creado al hombre a su imagen y lo ha creado hombre y mujer. Este respeto nacía también de su profunda devoción a la Madre Santísima.

Estaba convencido de que los jóvenes son el futuro de la Iglesia, por eso ya en los años transcurridos en Cracovia se encontraba con los jóvenes o en los centros de la pastoral universitaria o en los centros de los oasis. Siendo Papa confesó que en esas actividades aprendió a estar con ellos, aprendió qué significa ser joven, cuánto es hermoso y al mismo tiempo difícil (cfr. Pielgrzymki, p. 444). Sabía mostrar la belleza de la vida que proviene de Dios y conduce a El. Gozaba de la vida y quizás con este entusiasmo atraía a los jóvenes.

Unido a Dios, era un hombre de total abandono en El.

Por eso las dificultades y los sufrimientos, que no le faltaban en la vida, no lo abatían, sino que lo radicaban más en su entrega a Dio, en este Totus Tuus ego sum.

En su testamento papal escribió: «No dejo tras de mí propiedad alguna de la que sea necesario disponer». Siempre había sido así. Verdaderamente vivía las palabras de Cristo pronunciadas en el discurso de la montaña: «No os afanéis pues diciendo, ¿qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? […] Vuestro Padre que está en los cielos sabe bien de qué tenéis necesidad» (cfr. Mt 6, 31-32).

Cardenal Stanisław Dziwisz

¿No soy tu Madre?, ¿No estás bajo mi sombra?

“Oye y ten entendido hijo mío el mas pequeño, que es nada lo que te asusta y aflije; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí?, ¿No soy tu Madre?, ¿No estás bajo mi sombra?, ¿No soy yo tu salud?, ¿No estás por ventura en mi regazo?, ¿Qué mas has menester?” (La Virgen de Guadalupe a Juan Diego)

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“¡Salve, María! Pronuncio con inmenso amor y reverencia estas palabras, tan sencillas y a la vez tan maravillosas. Nadie podrá saludarte nunca de un modo más estupendo que como lo hizo un día el Arcángel en el momento de la Anunciación. Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Repito estas palabras que tantos corazones guardar y tantos labios pronuncian en todo el mundo. Nosotros aquí presentes les repetimos juntos, conscientes de que éstas son les palabras con les que Dios mismo, a través de su mensajero, ha saludado a Ti, la Mujer prometida en el Edén, y desde la eternidad elegida como Madre del Verbo, Madre de la divina Sabiduría, Madre del Hijo de Dios. ¡Salve, Madre de Dios! (…)

Desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México. No menor ha sido tu presencia en otras partes, donde tus hijos te invocan con tiernos nombres, como Nuestra Señora de la Altagracia, de la Aparecida, de Luján y tantos otros no menos entrañables, para no hacer una lista interminable, con los que en cada nación y aun en cada zona los pueblos latinoamericanos te expresan su devoción más profunda y Tú les proteges en su peregrinar de fe. (…)

¡Oh Madre! Despierta en las jóvenes generaciones la disponibilidad al exclusivo servicio a Dios. Implora para nosotros abundantes vocaciones locales al sacerdocio y a la vida consagrada. (…)

¡Reina de los Apóstoles! Acepta nuestra prontitud a servir sin reserva la causa de tu Hijo, la causa del Evangelio y la causa de la paz, basada sobre la justicia y el amor entre los hombres y entre los pueblos”.

 (Juan Pablo II, Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, México, 27 de enero de 1979)

12 de diciembre, Día de Nuestra Señora de Guadalupe 

La profundidad mística del Rosario

“Para la exigente, pero extraordinariamente rica, tarea de contemplar el rostro de Cristo juntamente con María, ¿hay un instrumento mejor que la oración del Rosario? Con todo, debemos redescubrir la profundidad mística que entraña esta oración sencilla, tan querida para la tradición popular. En efecto, esta plegaria mariana en su estructura es sobre todo meditación de los misterios de la vida y de la obra de Cristo. Al repetir la invocación del “Ave María“, podemos profundizar en los acontecimientos esenciales de la misión del Hijo de Dios en la tierra, que nos han transmitido el Evangelio y la Tradición”.

(Beato Juan Pablo II, Audiencia General, 16 de octubre de 2012)

El amor de Juan Pablo II a la Virgen

(Del libro “Juan Pablo Magno” del p. Carlos M. Buela)

Testimonio de cardenal Giovanni Coppa

«El amor de Juan Pablo II a la Virgen fue un amor ilimitado. Nunca dejó pasar una ocasión para hablar de María. Le dedicó la encíclica Redemptoris Mater: de hecho, la redención fue el hilo conductor de su magisterio petrino. Además, la honró no solo con su ministerio de Sumo Pontífice, sino también de muchas otras formas.

Desde el inicio quiso rezar durante muchos años el rosario cada primer sábado del mes, junto con los fieles en el Vaticano. Con su creatividad inagotable enriqueció el rosario con los misterios de luz. Y ya casi al final del pontificado, celebró el Año del rosario, que tuvo muchos frutos de devoción y de renovación espiritual. Recuerdo también sus peregrinaciones a Lourdes y a Fátima. En cada uno de sus viajes, además, programó una visita a los santuarios marianos más importantes del mundo. Sé con cuánto deseo quería que una imagen de la Virgen se destacara en la basílica Vaticana, donde por lo demás existen estupendas capillas dedicadas a ella. Y quiso que al menos el palacio apostólico mostrara una imagen de la Virgen, que se eleva, alta y maternal, sobre la plaza de San Pedro.

Todos saben que el lema que escogió antes de su ordenación episcopal es Totus tuus. El futuro Papa tomó estas palabras de la oración de un gran santo mariano, Luis María Grignion de Montfort»[1], quien a su vez lo tomó de San Buenaventura (o del pseudo). «Pues bien, el Papa no solo rezaba cada día aquella oración, sino que es­cribía un pasaje de ella sobre cada página de los textos autógrafos de sus homilías, de sus discursos, de sus encíclicas, en la parte superior derecha de la hoja. En la primera página ponía el inicio de la oración:

Totus tuus ego sum,
“Yo soy todo tuyo, María”;

en la segunda, Et omnia mea tua sunt,
“Y todas mis cosas son tuyas”;

en la tercera, Accipio Te in mea omnia,
“Te acojo en todas mis cosas”;

en la cuarta, Praebe mihi cor tuum,
“Dame tu corazón” [2].

Y así proseguía en cada página, repitiendo, si era necesario, cada invocación, hasta el fin del texto. En los archivos de la Secretaría de Estado se encuentran miles de estas páginas, donde Juan Pablo II manifestó de modo tan íntimo y conmovedor su amor a la Virgen.

Este amor ilimitado a María nacía del amor que sentía por Cristo. Amar a Jesús es el fulcro de toda nuestra vida. Y si esto es verdad para todo cristiano, tanto más lo es para el Papa. Es algo tan obvio, que podría parecer inútil destacarlo. Pero lo refiero porque tengo un recuerdo especial, que atañe a la última visita apostólica que Juan Pablo II realizó en 1997 a la República Checa.

Ya había ido a Checoslovaquia en 1990, recién caído el muro de Berlín, visitando Praga, Velehrad y Bratislava. En 1995 fue por segunda vez, visitando Praga, en Bohemia, y Olomouc, en Moravia. Ya estaba sufriendo. Comenzaba a llevar el bastón y bromeaba sobre éste con los jóvenes, siempre entusiastas de reunirse alrededor de él. Pero todavía estaba en forma, hasta el punto de subir las escaleras sin ascensor.

La primera noche, después de la llegada y la cena con los obispos, se dirigió a la capilla ante al Santísimo. Las religiosas le habían preparado un gran reclinatorio, pero él prefirió rezar en el banco. Yo lo acompañé, esperando fuera de la capilla. Al día siguiente, por la tarde, no pude acompañarlo a la capilla, a causa de compromisos y llamadas urgentes. Llegué después, cuando ya estaba arrodillado. Antes de entrar escuché una especie de música que no se distinguía, y cuando abrí silenciosamente la puerta, escuché que, arrodillado en el banco, cantaba en voz baja ante al sagrario. El Papa cantaba en voz baja ante Jesús Eucaristía: el Papa y Cristo en la Hostia, Pedro y Cristo. Para mí fue algo conmovedor, una llamada muy fuerte a la fe y al amor por la Eucaristía, y a la realidad del ministerio petrino. No he olvidado jamás aquel débil canto, que era como un coloquio de amor con Cristo. Una sola vez he contado este episodio, en la República Checa, pero conviene que se conozca, mucho más ahora que se acerca su beatificación, porque muestra magníficamente que debemos tener un vínculo siempre vivo, íntimo y profundo con Jesús, vivo en la Eucaristía. Y demuestra, en grado superlativo, que Juan Pablo II fue verdaderamente un enamorado de Cristo.

Por último, quiero destacar el amor de los pueblos eslavos por el Pontífice polaco. En 1990 fui enviado a Checoslovaquia, que dos años después se dividió pacíficamente en dos Estados, la República Checa y Eslovaquia. Este fue el mayor regalo que me hizo Juan Pablo II, después del de haberme ordenado obispo. Recuerdo que, en la víspera de mi partida para Praga, lo vi en el helipuerto vaticano, de regreso de una visita a una diócesis italiana, y le dije: “Santo Padre, mañana parto, y finalmente veré yo también en Eslovaquia sus montes Tatra”. Pero él, sonriendo cordialmente, me dijo. “¡Oh! ¡Los Tatry son mucho más bellos desde la vertiente polaca que desde la eslovaca!”. La experiencia como nuncio apostólico fue la más intensa que yo haya realizado. En esos años, pude palpar cuánto amaba al Papa el pueblo checo y eslovaco, comenzando por las autoridades. El presidente Havel me dijo dos veces que Juan Pablo II había desempeñado un papel fundamental en la caída del comunismo: “Ciertamente” sostenía “hubo también otras causas para la victoria de la libertad sobre el comunismo, pero, sin él, el resultado no habría sido así de repentino e inesperado”. Otras veces me dijo que sus coloquios con el Papa eran siempre muy informales y cordiales: “Él habla en polaco, yo en checo, y nos entendemos muy bien”.

Lo que le atraía la simpatía de todos era el hecho de que fuera el primer Papa eslavo de la historia. La gente, que durante cuarenta años había sido trastornada por la propaganda atea, comenzaba a comprender qué era la Iglesia, qué misterio de comunión y de fraternidad ha traído a los hombres juntamente con la fe en Dios y el amor de Cristo, negados durante un tiempo tan largo. También por esto, Juan Pablo II fue un gran don de Dios a la Iglesia y a la humanidad»[3].

Juan Pablo II fue un gran cantor de todas las Glorias de la Santísima Trinidad y de todas las glorias de Jesús y de María. ¡Lo oímos cantar tantas veces! Recuerdo cuando cantó el prefacio en la Misa de inauguración del pontificado: ¡fue emocionante! Los cantos que grabó en un hermoso CD. Cuando lo hizo dos veces en la reunión con los jóvenes en Lvov (Ucrania) cantando a la lluvia y al sol. Y ahora tenemos el testimonio del cardenal Coppa acerca de su sutil canto ante el Sagrario.

Se canta en nuestro poema nacional argentino:

«Cantando me he de morir

Cantando me han de enterrar,

Y cantando he de llegar

Al pie del eterno Padre:

Desde el vientre de mi madre

Vine a este mundo a cantar»[4].

 

El Santo Padre nunca dejará de cantar: «Canta un cántico nuevo frente del trono» (Cf. Ap 14, 3) y «canta el cántico del Cordero» (Cf. Ap 15, 3). No callará nunca, porque sabe que si callase se seguirían efectos muy tristes, como dice un canto:

«Si se calla el cantor calla la vida,

porque la vida, la vida misma es todo un canto;

si se calla el cantor, muere de espanto,

la esperanza, la luz y la alegría.

Si se calla el cantor se quedan solos

los humildes gorriones[5] de los diarios,

los obreros del puerto se persignan

quién habrá de luchar por su salario.

HABLADO

Que ha de ser de la vida si el que canta

no levanta su voz en las tribunas

por el que sufre, por el que no hay

ninguna razón que lo condene a andar sin manta.

Si se calla el cantor muere la rosa,

¿de qué sirve la rosa sin el canto?,

debe el canto ser luz sobre los campos

iluminando siempre a los de abajo.

Que no calle el cantor porque el silencio

cobarde apaña la maldad que oprime,

no saben los cantores de agachadas

no callarán jamás de frente al crimen.

HABLADO

Que se levanten todas las banderas

cuando el cantor se plante con su grito

que mil guitarras desangren en la noche

una inmortal canción al infinito.

Si se calla el cantor… calla la vida»[6].


[1] G. COPPA, «Aquel sutil canto ante el sagrario», L’Osservatore Romano, Ed. semanal en lengua española (17 de abril de 2011) 8.

[2] San Luis María Grignion de Montfort se inspira para esta fórmula en San Buenaventura (inter opera), Psalt. Maius, Canticus ad instar illius, Is 12 (Opera Omnia [Vivés, París 1868] t. 14,221°.b). Cf. San Luis Maria Grignion de Montfort, Obras. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, Madrid 1984, nnº 216. 233. 266; ver la nota 9ª, 369.

[3] G. Coppa, «Aquel sutil canto ante el sagrario», L’Osservatore Romano, Ed. semanal en lengua española (17 de abril de 2011) 8.

[4] J. Hernandez, Martín Fierro, estrofa 6.

[5] Pájaro que no canta, solo pía; referencia poética a muchos periodistas.

[6] Compositor Horacio Guarany, Si se calla el cantor.