La belleza de la liturgia

Su Excelencia Piero Marini, Arzobispo titular de Martirano, es, desde hace diecisiete años, el Maestro de las Celebraciones litúrgicas pontificias. «La primera Misa en la que presté servicio para Juan Pablo II fue la del miércoles de Ceniza de 1987; este fue el inicio – recuerda el arzobispo – y estaba contento de aquel clima tan penitencial».

Mons. Marini ha dedicado su libro Liturgia e bellezza. Nobilis Pulchritudo al recuerdo de la experiencia vivida en las celebraciones del Santo Padre.

 

¿Qué significado particular tiene la Eucaristía para un sacerdote?

Para comprender el significado que la Eucaristía tiene para un sacerdote es necesario considerar la Eucaristía y el sacerdote en la Iglesia. La Sagrada Escritura, la Tradición de la Iglesia y el Concilio Vaticano II hablan siempre de un único sacerdocio, el de Cristo. Hay, sin embargo, dos modalidades de participación al mismo sacerdocio: uno universal, llamado también “de los fieles”, y otro ordenado, específico de los ministros ordenados. Cada sacerdote, por la ordenación, es configurado a Cristo en su cualidad específica de cabeza y pastor. La misión del sacerdote en la Eucaristía es hacer presente a Cristo. Verdaderamente alter Christus: la imagen de Cristo en la comunidad, en la Iglesia. La imagen, sobre todo, de servir como Cristo, para ser santo no tanto para sí cuanto para la comunidad. Humildad, diálogo. Tiene que ser un hombre de oración porque tiene que enseñar a los demás a rezar con la Plegaria Eucarística. Anunciar la palabra que él tiene antes que meditar.

 

¿Qué recuerdo tiene de su primera Misa?

Fui ordenado el 27 de junio de 1965, hace ya 41 años … ha pasado una vida … Pero, sin duda, el recuerdo de la prima Misa permanece para siempre. Esta celebración tuvo lugar en mi pequeña iglesia parroquial, donde además fui bautizado y donde recibí la primera comunión; para mí, ha sido una cosa muy importante volver a mi comunidad como sacerdote. Estaban presentes mis padres, mis hermanos, mi párroco. He sido el primer sacerdote de mi diócesis, Piacenza-Bobbio, que ha concelebrado la Santa Misa con el Obispo y otros sacerdotes durante la ordenación, según las nuevas indicaciones del Concilio. Antes uno no se podía acercar al altar: quien había sido ordenado celebraba la Misa lejos del altar, pronunciaba las palabras para sí, ayudado por el sacerdote. Al día siguiente, celebré la Misa con un amigo sacerdote en un Santuario, Montelungo, ante la Virgen. Conservo con afecto el recuerdo de esta celebración que fue muy sencilla, en espíritu de humildad, reservada. Y, después, la tercera Misa – en mi parroquia – la celebré en la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, que da esa visión de unión a la Iglesia Romana.

 

Tambien la Última Cena se prepara con tanto cuidado. ¿Qué significa vivir una liturgia solemne, cuáles son los criterios fundamentales?

Una buena celebración depende del modo en que ha sido preparada, pues no se puede improvisar nada. La belleza está en la sencillez y en el orden. La liturgia necesita de la colaboración de nuestros sentidos: la vista, el oido, el olfato, el tacto. Reclama la presencia de las imágenes, de la música, del canto, de la luz, de las flores, de los colores, de la coreografía. La Misa es una celebración de comunidad, en la que están implicados diversos oficios, ministerios, porque la comunidad no es un cuerpo sin miembros. Durante la preparación de la Misa se tiene en cuenta esta variedad. Están los monaguillos, los lectores, los que preparan la oración de los fieles. La primera realidad de la Misa es la de una asamblea reunida – es el primer signo de la presencia de Cristo. Esta asamblea tiene que colocarse en un lugar, por eso es necesario cuidar también la domus ecclesiae. El Señor, cuando se disponía a celebrar la Pascua con sus discípulos, mandó a algunos por delante para preparar un puesto en el piso superior, el piso noble de la casa.

Tres elementos fundamentales son necesarios para la celebración. Ante todo el ambón – atril, el lugar desde el que se proclama la palabra de Dios. Nosotros, en nuestra vida, no podemos vivir sin esta palabra. Muchos ven en el ambón el signo de la tumba vacía, el lugar del anuncio de la Resurrección. La cátedra (la silla) significa que la comunidad no está sin guía, sola. El Señor es el guía, nosostros vivimos en espera del guía definitivo, el Señor que no se ve está representado por el sacerdote que preside.

En fin, el altar, que durante el Medio Evo fue el punto más venerado de la iglesia porque en él se conservaban las reliquias de los mártires, y ante el altar se hacía la genuflexión. Ahora, por desgracia, hemos perdido toda esta devoción. El altar se ha convertido en una mesa donde se colocan las flores, las vinajeras, los micrófonos, los Misales. En el altar Cristo se sacrifica. Es el punto crucial para encontrar al Señor. Naturalmente la belleza de la liturgia no está en los elementos exteriores, sino que depende sobre todo de la preparación interior, de su capacidad de dejar trasparentar el gesto de amor llevado a cabo por Jesús.

 

Las Santas Misas presididas por el Sumo Pontífice se cuidan en los mínimos detalles y con gran solemnidad, cosa que no sucede a veces en las celebradas en parroquias …

La celebración es la misma, pero el modo es diferente. Es verdad que en la Basílica de san Pedro tenemos también la posibilidad de secciones y servicios para la celebración de la liturgia, mientras que una pequeña comunidad no dispone de los mismos medios; de todos modos, esto no justifica el descuido, el desorden en los ornamentos, sobre todo la falta de amor en la celebración misma. No significa que las Misas silenciosas no sean bellas, no podemos confundir la participación con el hacer. Es necesario dar espacio a la celebración en si, evitar el “participacionismo”. Hay que dejar que los signos nos hablen: una parte importante está también en el silencio, en crear equilibrio entre la participación personal y la comunitaria, entre la escucha de la palabra, el canto, y la meditación. Los gestos en la liturgia son importantes porque son los gestos de Jesús.

 

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. ¿Cómo se explica la escasa práctica de los fieles en la participación cotidiana y dominical a la Santa Misa?

Para responder a esta pregunta es necesario hacer primero algunas aclaraciones. Ante todo precisar el concepto del domingo, que no es sólo la participación en la Misa. Ya los mártires de Abitene en el siglo IV tenían claro que el domingo está compuesto de varios elementos: un tiempo para vivirlo y santificarlo, un lugar donde reunirse, el hecho de reunirse, la celebración de la Eucaristía. El cristiano, aunque no tenga la posibilidad de recibir la comunión y de participar en la Santa Misa – ocurre en tantas partes del mundo –, tiene el deber de santificar el domingo, de reunirse para rezar y hacer memoria del Señor.

Es necessario distinguir entre la participación en la Misa diaria y la participación en la dominical. El cristiano es tal si participa en la Misa dominical, sin participar en aquella ferial, pero un cristiano no es tal si participa sólo en la Misa ferial y no en la dominical.

Cuanto a la escasa práctica dominical, pienso que en el pasado se nacía cristianos, mientra que hoy, en nuestra sociedad, se deviene, nos encontramos ante una descristianización muy difundida. Se ha perdido la función de la familia en la educación en la fe.

 

¿Qué formación deberían tener los fieles para que su participación en la Eucaristía fuese vivida con más profundidad?

La Iglesia tiene que volver a enseñar, volver a descubrir la liturgia. La pastoral litúrgica ordinaria tendrá que confrontarse pacientemente con la analfabetización de los hombres y mujeres de nuestro tiempo acerca de los contenidos fundamentales de la fe cristiana. Analfabetización que a menudo padecen también los mismos cristianos asiduos a la comunidad eucarística. Como el Papa ha insistido muchas veces, es necesario que las homilías y las catequesis sean mistagógicas. Significa que tenemos que comenzar la educación a la liturgia explicando a nuestros fieles los signos que realizan, todo lo que se hace en el ambón, en el altar, porqué hay que presignarse al iniciar la Misa y en la proclamación del Evangelio.

 

Juan Pablo II ha sido un hombre que ha vivido para la Eucaristía y de la Eucaristía …

Juan Pablo II se movió durante su vida impulsado por dos grandes motivos: testimoniar el Evangelio y anunciar el amor a los hombres. Celebrando la Eucaristía en todas las partes del mundo, ha construido la Iglesia. «La Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía». Y Benedicto XVI vive en sintonía con esta enseñanza. Juan Pablo II ha sido un constructor de la Iglesia através de la liturgia en el espíritu del Concilio Vaticano II, dándonos el testimonio de la Iglesia Universal.

Aleksandra Zapotoczny