LA SANTIDAD NO CONOCE FRONTERAS: Juan Pablo II y los santos

Nos preguntamos: ¿Es aún la hora de los santos, en un momento de indiferencia religiosa, en una época que calla sobre Dios, en los años de la “noche ética”? La respuesta más sensata es que precisamente hoy es la hora de los santos.

Y esto porque todos hoy deseamos el testimonio de la vida en el lugar de la palabra, queremos primero constatar la coherencia de la vida y luego aceptamos la palabra.

Actualmente, en este contexto, resuena más que nunca actual el mandamiento del Señor, del cual todos somos los destinatarios, ninguno excluido: “Ser santos porque yo soy santo” (Lv 19, 2). En este sentido los Beatos y Santos son y permanecerán siempre como un llamamiento a la universal vocación de la santidad en la Iglesia, de la que nos ha hablado el último Concilio (cfr. LG, Cap. V).

La vocación universal a la santidad no es una “invención” de nuestro tiempo. Quizás hoy la conciencia eclesial de tal dimensión se haya vuelto más fuerte y madura. En Tertio Milenio adveniente Juan Pablo escribió: “En estos años se han multiplicado las canonizaciones y las beatificaciones. Estas nos manifiestan la vitalidad de las Iglesias locales (…) El más grande homenaje que todas las Iglesias rendirán a Cristo en el umbral del tercer milenio, será la demostración de la omnipotente presencia del Redentor mediante los frutos de la fe, de la esperanza y de la caridad, en hombres y mujeres de todas lenguas y razas que han seguido a Cristo en las varias formas de la vocación cristiana” (TMA, 37).

Y en la Carta Apostólica Novo Milenio ineunte afirmaba: “Las vías de la santidad son múltiples y adaptadas a la vocación de cada uno. Agradezco al Señor que me haya  concedido beatificar y canonizar, en estos años, a tantos cristianos y, que entre ellos muchos laicos que se han santificad en las condiciones ordinarias de la vida” (NMI, 31).

La diversidad de las vías a través de las cuales muchos realizan la vocación a la santidad se testimonia de modo elocuente en la tipología de los santos y de los beatos, recientemente elevados al honor de los altares o también de los siervos de Dios cuyos procesos de canonización están todavía en curso. Ellos son el testimonio de que la santidad no conoce confines ni geográficos, ni raciales, ni sociales. Teniendo en cuenta los diversos continentes de los cuales provienen las personas canonizadas, beatificadas o los siervos de Dios, se puede afirmar que está representada la Iglesia universal. La santidad puede germinar en cada ángulo de la tierra, en todas las razas y naciones. Podemos recordar aquí al primer Beato Rom, Ceferino Jiménez Malla, mártir laico de la persecución religiosa en España, en el año 1936 y  Santa Teresa Benedicto de la Cruz (en el siglo Edith Stein), mártir en Auschwitz, filósofa hebrea convertida al cristianismo.

Por predominar en el continente europeo y en él, algunos países de antiguas tradiciones cristianas, hoy se nota un gran interés por estos modelos de cristianos en numerosas naciones de todo continente.

En este contexto debemos recordar la particular atención de Juan Pablo II por las naciones aún privadas de santos o beatos. Se trataba a menudo de las tierras de misiones y de países donde los católicos son una modesta minoría: por ejemplo Nicolas Bunkerd Kitbamrung, tailandés; Andrea, laico y catequista vietnamita; Pedro Calungsod, laico y catequista filipino; (todos beatificados el 5 de marzo de 2000). Hemos tenido también beatificaciones y canonizaciones de grandes misioneros, como Daniel Comboni, Arnoldo Janssen, José Freinademetz (canonizados el 5 de octubre de 2003). No faltan, además, causas provenientes de países que hoy en día están dominados por el marxismo. Recuerdo al Siervo de Dios José Olalla Valdés, cubano, religioso de los Hermanos de San Juan de Dios, primer candidato a la beatificación de la isla caribeña, estimado por el gobierno local castrista.

Así como no existe para la santidad una frontera geográfica, tampoco hay estados de vida reservados para ella. La santidad germina, crece y madura en las más diferentes condiciones: abraza cada estado de la vida eclesial, diferentes estados de la vida civil y diversas profesiones, personas de todas las edades. Hay grandes personalidades como Papas (Beato Pío IX y Juan XXIII) y cardenales (Beato Luis Stepinac, cardenal, mártir de la persecución comunista, y Clemente Von Galen, cardenal y obispo de Münster, opositor del nacionalsocialismo de Hitler); religiosos y religiosas (Beata Madre Teresa de Calcuta, Santa Faustina Kowalska con su gran carisma recordando la verdad de la Misericordia divina, y San Pío de Pietrelcina, conocido por sus estigmas, invocado como intercesor eficaz); y un emperador ( Beato Carlo d´Asburgo). Sin embargo no falta gente de humilde condición social, como por ejemplo el Ven. Siervo de Dios Pierre Toussaint, esclavo negro, luego liberado, laico casado procedente de Haiti.

También en el mundo de la cultura y de la política han surgido algunos candidatos al honor de los altares. Recordamos la beatificación de Federico Ozanam, profesor universitario de la Sorbona, que tuvo lugar en París el 22 de agosto de 1997. Continúa el procedimiento de la Sierva de Dios Armida Barelli, co-fundadora de la Universidad Católica de Sagrado Corazón y de las Misioneras de la Realeza, el Siervo de Dios Robert Schuman, un gran defensor de la Unión Europea después de la II Guerra Mundial, o como también el Siervo de Dios Giuseppe Lazzatti y Giorgio La Pira, comprometidos con la sociedad y con la política.

Los ejemplos de vida que la Iglesia ha propuesto recientemente, han desmentido categóricamente una falsa convicción de un tiempo: que la santidad está relegada sólo a religiosas y sacerdotes. Se ha registrado un incremento de la presencia laica en la santidad. En particular, ha crecido el número de beatos y de santos que son padres y madres de familia. A propósito de esto, citaré a Santa Gianna Beretta Molla, madre de familia; al Beato Ladislao Batthyány- Strattmann, padre de familia, o la Beata Eurosia Fabris Barban, madre de diez hijos de los cuales seis fueron religiosos. De importancia histórica, además, la primera beatificación de una pareja de cónyuges, Luigi Beltrame Quattrocchi y Maria Corsini, celebrada el 21 de octubre de 2001. Y como no recordar a “mamá Margarita”, madre de San Juan Bosco o al Venerable Ludovico Martín y María Azelia Guérin, padres de Santa Teresa de Lisieux, cuyas causas están siendo estudiadas por la Congregación.

La experiencia de la Congregación para las Causas de los Santos dice también que la santidad no conoce límites de edad. Toda  persona que posea uso de razón, puede percibir esta llamada universal a la santidad. El 13 de mayo de 2000 fueron beatificados Francisco y Jacinta Marto, los videntes de Fátima. Hay otras causas de adolescentes: el 19 de abril de 2004 se declaró la heroicidad de la virtud de María Pilar Cimadevilla y López-Dóriga, muerta a los diez años en Madrid en el año 1962, y también siguen adelante las causas de beatificación de Maria del Carmen González Valerio – de nueve años – y de Antonieta Meo, llamada “Nennolina”- de seis años y diez meses.

Estos son sólo algunos ejemplos de entre un numeroso grupo de beatos, santos y siervos de Dios. Cada uno de ellos presenta aspectos singularizados, personales y específicos. En todos, a pesar de esto, se advierte un denominador común: han tomado en serio el compromiso enraizado en el Bautismo, sin haber estado exentos de debilidad. Han respondido día tras día a la gracia y, después de haber combatido con tenacidad el mal, para hacer prevalecer el bien, han dejado una imborrable huella de santidad en el ambiente en el cual realizaban su cotidiana existencia, realizando en la cotidianidad el mandato del Señor: “ Ser santos porque yo soy santo” ( Lv 19, 2).

                                                            Padre Boguslaw Turek, CSMA

                                                            Congregación para las Causas de los Santos

¿CÓMO SE HACE UN SANTO?

            Durante el Pontificado del Papa Juan Pablo II la Congregación de las Causas de los Santos ha terminado las causas de casi la mitad de los 1345 beatos y 483 santos proclamados a lo largo de la historia.

¿Quién puede ser santo? ¿Quién puede ser beatificado? ¿Cómo se procede para elevar a alguien a los altares? ¿El milagro es de verdad necesario?

Responde Su Eminencia el Card. José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos. (Los textos seleccionados por Domitia Caramazza están tomados del libro Come si fa un santo, Ed. Piemme, 2005).

 

            ¿Quién es el santo?

Todos los santos, cada uno a su modo, han alcanzado los vértices del amor; cada uno es, sin embargo, portador de un mensaje específico, que hay que buscarlo no solamente en el heroísmo con que ha ejercitado “privadamente” las virtudes cristianas, sino también en el modo con que ha llevado a cabo la propia misión en la tierra. La conciencia de la misión recibida de Dios, junto con la lucha diaria por realizarla, explica el heroísmo de los santos. De hecho, el punto verdaderamente específico de cada causa de canonización consiste en la verificación de la radicalidad con que el individuo ha cumplido la voluntad de Dios, llevando a término la misión recibida. El santo es un ser profundamente humano: no tiene un corazón para amar a Dios y otro para amar a los hombres y al mundo entero. Tiene los pies en la tierra, a veces tropieza y cae, pero se levanta y sigue su camino. La santidad es plenitud de la humanidad. Los santos “representan al vivo el rostro de Cristo”, como nos ha recordado siempre Juan Pablo II. La santidad es posible alcanzarla y realizarla. Los santos son aquellos que nos garantizan exactamente ésto: es posibile vivir la Palabra de Cristo y ponerla en práctica. La santidad consiste en la perfecta unión con Cristo. Esa es, pues, al mismo tiempo, el fruto de la gracia de Dios y de la libre respuesta del hombre. El hombre, por tanto, está llamado a ser no un alter Christus, otro cristo, sino ipse Christus, Cristo mismo. Y Cristo es el hombre perfecto porque es la misma santidad de Dios encarnada, hecha tiempo e historia.

 

 A menudo se muestra perplejidad, por diversos motivos, sobre estas acciones de la Iglesia …

Alguien ha podido ver en el gran impulso, incluso numérico, que Juan Pablo II ha dado a las beatificaciones y canonizaciones durante su pontificado una estrategia expansionística de la Iglesia católica.

Para otros, la propuesta de nuevos beatos y santos – tan diferentes por nacionalidad, cultura y categoría – sería solo una operación de marketing de la santidad con fines de leadership del papado en la sociedad civil actual. Hay quien, en fin, ve en las canonizaciones y en el culto de los santos un residuo anacronístico de triunfalismo religioso, lejano e incluso contrario al espíritu y al dictado del Concilio Vaticano II. La verdad es que una lectura exclusivamente sociológica de este tema corre el riesgo de ser no solamente reductiva, sino incluso desviada, para la comprensión de un fenómeno tan característico y original de la Iglesia católica. Sin embargo, el mismo Concilio, a veces mal citado, ha querido explícitamente afirmar la vocación a la santidad de todos los cristianos y proponerla de nuevo con fuerza al mundo de hoy.

La santidad de la que hablamos, ¿está a la mano sólo de algunos privilegiados?

La llamada a la santidad es universal porque se dirige a todos los hombres y a todas las mujeres sin excepción alguna. Esto significa que va dirigida a cada persona concreta en el estado y en la situación en que vive. Juan Pablo II ha sido explícito y categórico en este aspecto. El ha indicado la santidad de todos como uno de los puntos fundamentales para la pastoral de la Iglesia del tercer milenio.

El camino que cada uno tiene que recorrer para alcanzar la santidad es el cumplimiento fiel de los propios deberes familiares, profesionales y sociales, es decir vivir en plenitud la vida ordinaria.

Es verdad que la santidad comporta el heroísmo en la práctica de las virtudes: es igualmente innegable que la perserverancia fiel en los deberes cotidianos puede ser más heroica que las gestas, a veces puramente imaginarias, en que algunos hacen consistir la santidad.

El santo llega al centro de la libertad, derrocha alegría por todos los poros y crea en torno a él un ambiente de serenidad y de paz. No existen santos con la cara larga, porque de lo contrario su santidad sería una caricatura de la verdadera santidad. La santidad es, por su misma naturaleza, alegre, porque no es otra cosa que la experiencia de vida, en toda su radicalidad, de la buena noticia del Reino.

 

  En una sociedad como la actual, ¿es más difícil aspirar a la santidad?

Hoy, en muchos contextos sociales, se ha llegado a una concepción más profunda y auténtica de la santidad. Por eso si se concibe la santidad como una santidad encarnada, vivida, existencial, se podría incluso decir que es menos difícil ser santos. Es siempre, sin embargo, difícil, obviamente, porque el cristianismo va siempre contracorriente. Los santos cristianos son un asombro que no ha faltado nunca en la vida de la Iglesia y que no puede pasar desapercibido a un atento observador laico.

Los nuevos santos no dividen, sino que unen y hacen bien incluso al diálogo, dentro y fuera de la Iglesia católica.

 

   ¿Qué distingue a los beatos y a los santos “oficiales” de todos los demás cristianos muertos en gracia de Dios?

Si el número de los cristianos que han vivido santamente coincidiese con el de los canonizados y proclamados beatos, estaríamos obligados a reconocer que, a lo largo de los dos milenios desde su fundación, la Iglesia habría fracasado en el cumplimiento de la misión confiada por Jesucristo. Pero no es así.

Hay una legión innumerable de personas que han vivido y muerto santamente y que están en el Paraíso, gozan de la visión beatífica y son recordadas todas juntas en la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre.

Se trata, podríamos decir, de los “soldados desconocidos” de la santidad, que, «están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazamente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación» (Lumen gentium, 49).

La canonización declara la santidad de una persona sin establecer una comparación con la de quienes están en el cielo.

¿Quién puede ser propuesto para una causa de canonización? Y cuando se puede iniciar el proceso?

Cualquier católico puede ser el protagonista de una causa, con tal de que haya ejercitado las virtudes cristianas en grado heroico y goce de fama de santidad después de su muerte. El grado heroico consiste en un comportamiento cristiano fuera de lo común, viviendo con prontitud de ánimo y con alegría las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), y además, si es una persona consagrada, la castidad, la pobreza y la obediencia. La fama de santidad es la opinión generalizada que lleva a los fieles a venerarlo y a encomendarse a su intercesión. Para iniciar una causa es necesario esperar al menos cinco años desde la muerte del candidato. El “actor” de la causa – que puede ser una diócesis, una congregación religiosa, un grupo de fieles o incluso una persona física – para poder introducir formalmente la causa tiene que dirigirse al obispo diocesano competente, y éste a su vez a la Congregación de las Causas de los Santos para consultar si por parte de la Santa Sede hay algún obstáculo que se oponga a la causa. Así mismo, trascurridos 30 años desde la muerte, es necesario demostrar que la causa no ha sido introducida por motivos vinculados a dificultades reales y no por negligencia o dolo.

            ¿Cuál es la diferencia práctica entre la beatificación y la canonización, entre el beato y el santo?

La beatificación es el primer paso en el camino hacia la definitiva canonización.

Con la beatificación se declara la santidad de vida del beato y se permite el culto público en su honor en el ámbito limitado de una diócesis o de una institución eclesiástica (por ejemplo, una congregación religiosa). La canonización es una declaración particularmente solemne de la santidad y prescribe el culto público en toda la Iglesia. Así pues, mientras la primera tiene una dimensión local, la segunda tiene una dimensión universal. Tanto la beatificación como la canonización presuponen la demostración de la heroicidad de las virtudes practicadas por el beato o el santo.

 

¿Cuáles son las etapas que forman el iter de una causa de beatificación?

Las causas de beatificación tienen dos fases fundamentales: una diocesana y otra romana.

La primera consiste en la instrucción que el obispo competente lleva a cabo para recoger todos los escritos del siervo de Dios, los testimonios y los documentos relacionados con su vida, actividad y virtudes o martirio. A tal fin el obispo diocesano constituye un tribunal, presidido por él mismo o por un delegado suyo, y formado por un promotor de justicia y por un notario.

Los testigos llamados a declarar ocupan una importancia especial. La mayor parte de ellos es presentada por el postulador (que es, en un cierto sentido, el “abogado defensor” de la causa), pero el tribunal puede convocar otros ex officio.

«Los testigos – establecen las Normae servandae, es decir las normas del proceso – tiene que ser oculares; a estos, si es necesario, se pueden añadir otros que han oido de quienes han visto; pero todos tienen que se dignos de crédito». La sinceridad de los testigos es absolutamente necesaria y es por esto que cada uno de ellos tiene que confirmar con juramento cuanto ha declarado. Cuando un siervo de Dios pertenece a un Instituto de vida consagrada, una buena parte de los testigos – para que haya el máximo de objetividad y de perfección – tiene que ser ajena a dicho Instituto.

Con la reforma legislativa de 1983 los documentos han adquirido la debida dignidad.

La documentación relativa a la vida del siervo de Dios y a su causa de beatificación, por encargo formal del obispo diocesano, es recogida por algunos expertos en historia y archivística, los cuales, al final del su trabajo, tienen que expresar su parecer acerca de la autenticidad y el valor de los documentos, así como su opinión sobre la personalidad del siervo de Dios, según lo que se deduce de los mismos documentos. Todos los actos del procedimiento instructorio diocesano, por último, se entregan a la Congregación de las Causas de los Santos, que los examina, en varias y diferentes instancias, para comprobar la heroicidad de las virtudes, el martirio, los posibles milagros.

 

¿Por qué es necesaria la aprobación de un milagro antes de la proclamación de un beato o de un santo?

Los milagros no se examinan nunca antes de la declaración de las virtudes heroicas.

Quisiera precisar que sólo los milagros atribuidos a la intercesión del siervo de Dios, después de su muerte, confirman definitivamente con autoridad divina la santidad. El número pedido para la beatificación y la canonización ha variado en la historia del derecho eclesiástico.

Desde el Año Santo del 1975 se ha comenzado a dispensar del segundo milagro para la beatificación y así se ha llegado a la actual praxis de un solo milagro para la beatificación y de otro para la canonización. En el milagro, la Iglesia ve el “sigilo de Dios” sobre la propia reflexión y sobre el propio trabajo. Las pruebas testificales, los examenes clínicos, las Consultas teológicas se llevan a cabo siempre con seriedad y cuidado, hasta alcanzar la certeza moral: ésta queda siempre a nivel de valoración o juicio humano. El milagro es visto como confirmación de la fe. Si hay católicos que no creen en los milagros es sólo por un problema de formación y de información. Y aquí es necesario, como Iglesia, trabajar más en las parroquias, en las diócesis, entre la gente, para que los milagros sean una realidad de la vida de cada día que se deben explicar, precisamente para aclarar las objeciones que puede en cualquier modo surgir en las personas.

 

    ¿Cómo se desarrolla el trabajo en la Congregación de las Causas de los santos?

            Las cuestiones más importantes se examinan y estudian en diferentes órganos colegiales. Por ejemplo, el Congreso ordinario, que se reúne todas las semanas, decide sobre la validez jurídica de las actas del proceso diocesano; la sesión de los consultores históricos estudia el valor científico y la suficiencia de la documentación referente a las causas históricas o antiguas; la Consulta médica o técnica examina el aspecto científico de los presuntos milagros presentados; el Congreso especial de los consultores teólogos, presidido por el promotor general de la fe, expresa su voto acerca de la heroicidad de las virtudes, del martirio, del presunto hecho milagroso; la Sesión ordinaria de los cardenales y obispos, presidida por el prefecto de la Congregación, juzga acerca de las materias sobre las que los teólogos han dado su voto. Las conclusiones de los cardenales y obispos se ponen en conocimiento del Santo Padre, que toma la decisión definitiva. Una nueva figura jurídica, nacida con la legislación del 1983, es la del relator, que de hecho absorbe las competencias que en un tiempo estaban distribuídas entre el promotor de la fe y los abogados de las causas. La tarea está especificada en la constitución Divinus perfectionis Magister, que establece que a cada relator, al que se le asigna el estudio de una concreta causa, corresponde la preparación de la llamada “Positio” (Positivo, en latín, y Positiones en plural) sobre las virtudes o sobre el martirio, aclarando todos los aspectos de la vida y del comportamiento del siervo de Dios. En los volúmenes que componen la Positio están recogidas las pruebas testificales y documentales y todos los actos jurídicos, los estudios y los sumarios necesarios para poder responder a la duda: si consta la heroicidad de las virtudes o el martirio, o si consta el milagro en el caso presente y para los efectos de que se trata. Un colaborador externo, presentado por la postulación, ayuda al relator en el propio trabajo. Actualmente los tiempos para la preparación de las Positiones son más breves que antes del 1983. Para el reconocimiento de las virtudes heroicas se promulga un decreto en presencia del Santo Padre. Desde ese momento se da al siervo de Dios el título de “venerable”, que, sin embargo, no implica alguna forma de culto público. Para llegar a la beatificación es necesario el reconocimiento de un milagro, atribuido a la intercesión del venerable. La prueba de un nuevo milagro es necesaria para proceder a la canonización.