Juan Pablo II (su Magisterio) y el IVE

El Papa y nuestro derecho propio

(del libro Juan Pablo Magno del p. Carlos M. Buela, Fundador del IVE)

El Magisterio del Beato Juan Pablo Magno se haya citado 1.100 veces en nuestro derecho particular. Sus enseñanzas iluminan los elementos del carisma de nuestro Instituto que  los padres capitulares (Capítulo General del año 2007)[1] señalaron como esenciales o «no negociables». Es decir el Magisterio de Juan Pablo II no es un elemento «decorativo» de nuestra legislación sino que por el contrario «anima» los aspectos fundamentales del carisma.

¿Qué se entiende por
«elementos no negociables»?

Los padres capitulares señalaron que se trata de «realidades vividas desde los inicios que de alguna manera nos han distinguido y que […] pertenecen al carisma de nuestra familia religiosa. Se trata de elementos que dan frutos sobrenaturales, que son contracorriente –por lo cual muchas veces generan rechazo–, y que nos han permitido presentar un cristianismo vivo, que se contra distingue del mundo, y han sido fuente de vocaciones»[2]. Es decir son elementos que no pueden perderse sin grave perjuicio del mismo carisma, y que valorados y potenciados como conviene, son fuente perenne de fecundidad sobrenatural para nuestra pequeña familia religiosa.

¿Cuáles son los
«elementos no negociables»?

La lista no es exhaustiva y no impide que una reflexión más madura sobre el tema, permita discernir en el futuro nuevos elementos.

Elemento esencial

Está plasmado en los nnº 30-31 de nuestras Constituciones: «Por el carisma propio del Instituto, todos sus miembros deben trabajar, en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María, a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano, aun en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas.

Es decir, es la gracia de saber cómo obrar, en concreto, para prolongar a Cristo en las familias, en la educación, en los medios de comunicación, en los hombres de pensamiento y en toda otra legítima manifestación de la vida del hombre. Es el don de hacer que cada hombre sea “como una nueva encarnación del Verbo”[3], siendo esencialmente misioneros y marianos»[4]. Aquí se incluye, principalmente, la profesión  de los votos de castidad, pobreza, obediencia y esclavitud mariana que nos constituye en religiosos del Instituto del Verbo Encarnado.

Los padres capitulares se expresaban al respecto del siguiente modo: «Juan Pablo II ha dicho muchas veces que una característica del mundo de hoy es la incomprensión del misterio de la encarnación […]; lo propio nuestro está en la focalización en el misterio de la encarnación: así como el Verbo, al asumir la naturaleza humana, se unió en cierto modo a todo hombre, así también nosotros queremos obrar en nuestra vida y en nuestros apostolados, de tal suerte que ninguna obra de apostolado nos es ajena, precisamente porque nada de lo auténticamente humano nos es ajeno»[5].

Citando a Juan Pablo II se dice en nuestro derecho propio:

– «Deseamos vivir en […] la práctica de los consejos evangélicos, contribuyendo así “a revelar la rica naturaleza y el dinamismo polivalente del Verbo de Dios encarnado”[6]»[7].

– «Es también, “en cuanto manifestación de la entrega a Dios con corazón indiviso (cf. 1Cor 7, 32-34), reflejo del amor infinito que une a las tres Personas divinas en la profundidad misteriosa de la vida trinitaria; amor testimoniado por el Verbo encarnado hasta la entrega de su vida; amor ‘derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo’ (Ro 5, 5), que anima a una respuesta de amor total hacia Dios y hacia los hermanos”[8]»[9].

– «En segundo lugar, ilumina nuestra actitud ante la humanidad de Jesús, de practicar con intensidad “las virtudes del anonadarse: humildad, justicia, sacrificio, pobreza, dolor, obediencia, amor misericordioso…, en una palabra tomar la cruz”[10]. Esta actitud debe dejar su impronta, de modo particular, en el modo de practicar los votos de pobreza y obediencia en el marco de la redención y del amor redentor de Cristo[11]. Es decir, en el marco del anonadamiento de Cristo en su encarnación redentora: “Su fidelidad al único Amor (de la persona consagrada) se manifiesta y se fortalece en la humildad de una vida oculta, en la aceptación de los sufrimientos para completar en la propia carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo (cf. Col 1, 24), en el sacrificio silencioso, en el abandono a la santa voluntad de Dios, en la serena fidelidad incluso ante el declive de las fuerzas y del propio ascendiente. De la fidelidad a Dios nace también la entrega al prójimo”[12]»[13].

– «Precisamente el fundamento de la evangelización de la cultura es el misterio del Verbo Encarnado. “El término aculturación o incultura­ción, por muy neologismo que sea, expresa de maravilla uno de los elementos del gran misterio de la encarnación”[14]»[15].

«Elementos no negociables adjuntos»

Después de determinar el «elemento no negociable» esencial, señalaremos los «elementos no negociables» adjuntos.

«La digna celebración de la Santa Misa»[16]. «Hemos de caracterizarnos por la importancia que se le debe dar a la celebración de la Santa Misa, así como por el modo reverente de celebrarla. Por eso el énfasis que se le debe dar a la vida litúrgica en el Instituto»[17]. «Es una característica nuestra la marcada devoción eucarística»[18]. Nuestros sacerdotes tienen que ser maestros del ars celebrandi (nuestros hermanos coadjutores y nuestras religiosas deben esforzarse por su parte, en vivir del modo más perfecto el ars participandi).

Lo confirman las enseñanzas del Papa:

– «Nuestras liturgias deben ser vívidas y vividas. Vívidas, o sea, vivaces, con fuerza, eficaces, brillantes. Vividas, es decir, que tengan vida, que sean una inmediata experiencia de Cristo sacramentado. En efecto, “la liturgia debe fomentar el sentido de lo sagrado y hacerlo resplandecer. Debe estar imbuida del espíritu de reverencia y de glorificación de Dios”[19]»[20].

– «Incluso “una correcta concepción de la liturgia tiene en cuenta que debe manifestar claramente las notas fundamentales de la Iglesia”[21]. “Celebrando el culto divino, la Iglesia expresa lo que es: una, santa, católica y apostólica[22]»[23].

– «La liturgia es acción santa precisamente por ser acción de Cristo, sacerdote principal. Es Él quien confirió el carácter de sacralidad a la celebración eucarística. En la acción litúrgica somos asociados a lo sagrado en sentido estricto.“Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a borrar la distinción entre ‘sacrum’ y ‘profanum’, dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo. En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el ‘sacrum’ de la Eucaristía. En nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana […] garantiza a este ‘sacrum’ el derecho de ciudadanía”[24]»[25].

– «Laparticipación de todos los bautizados en el único sacerdocio de Jesucristo es la clave para comprender la exhortación del Concilio a “la participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”[26]»[27].

– «[…] En efecto, el “culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la plegaria eucarística, y especialmente las de la consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento”[28]»[29].

– «En realidad, “la participación activa no excluye la pasividad activa del silencio, la quietud y la escucha: en realidad, la exige. Los fieles no son pasivos, por ejemplo, cuando escuchan las lecturas o la homilía, o cuando siguen las oraciones del celebrante y los cantos y la música de la liturgia. Éstas son experiencias de silencio y quietud, pero también, a su modo, son muy activas. En una cultura que no favorece ni fomenta la quietud meditativa, el arte de la escucha interior se aprende con mayor dificultad”[30]»[31].

– «“Conviene pues que todos nosotros, que somos ministros de la Eucaristía, examinemos con atención nuestras acciones ante el altar, en especial el modo con que tratamos aquel Alimento y aquella Bebida, que son el Cuerpo y la Sangre de nuestro Dios y Señor en nuestras manos; cómo distribuimos la Santa Comunión; cómo hacemos la purificación. Todas estas acciones tienen su significado. Conviene naturalmente evitar la escrupulosidad, pero Dios nos guarde de un comportamiento sin respeto, de una prisa inoportuna, de una impaciencia escandalosa”[32]»[33].

«Una espiritualidad seria (“no sensiblera”), como se ve, por ejemplo, en el hecho de que practicamos los Ejercicios Espirituales ignacianos»[34]. Nuestra espiritualidad debe trascender lo meramente sensible, nuestros religiosos deben estar dispuestos a pasar por las «noches oscuras».

Aspecto, éste, que ilumina el pensamiento del Beato Magno:

– «De manera particular, vale lo dicho para la evangelización de la cultura, que exige de nosotros una espiritualidad con matices peculiares: “ello pide un modo nuevo de acercarse a las culturas, actitudes y comportamientos para dialogar con profundidad con los ambientes culturales y hacer fecundo su encuentro con el mensaje de Cristo. Y de parte de los cristianos responsables, esta obra exige una fe esclarecida por la reflexión continua que se confronta con las fuentes del mensaje de la Iglesia y un discernimiento espiritual constante procurado en la oración”[35], no olvidando nunca que “la verdadera inculturación es desde dentro: consiste, en último término, en una renovación de la vida bajo la influencia de la gracia”[36]»[37].

– «No en vano Juan Pablo II proclamó que “para mayor gloria de Dios y para la salvación de las almas, la bondad del Creador, en su plan admirable, proporcionó a la Iglesia una singular ayuda por medio de San Ignacio de Loyola con la promoción ilimitada de los Ejercicios Espirituales”[38]. Y en la Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis afirmó que los Ejercicios Espirituales son una “ocasión para un crecimiento espiritual y pastoral, para una oración más prolongada y tranquila, para una vuelta a las raíces de la identidad sacerdotal; para encontrar nuevas motivaciones para la fidelidad y la acción pastoral”[39]»[40].

– «La misión de la Iglesia la realiza cada cristiano, y de modo particular aquellos que se han consagrado a Dios, en el apostolado, que tiene la misma finalidad de la Iglesia: llevar a los hombres a la conversión a Dios, a “la adhesión plena y sincera a Cristo y a su evangelio mediante la fe”[41], que debe tender a la digna recepción de los sacramentos»[42].

– «La vida religiosa es un proceso de continua conversión, que no acaba en los años de formación, sino que debe mantenerse y acrecentarse cada día más. En relación a nuestra tarea pastoral esta formación es un acto de justicia verdadera y propia para con el Pueblo de Dios, que nos exige siempre la respuesta más adecuada[43]»[44].

«La docilidad al Magisterio vivo de la Iglesia»[45] de todos los tiempos.

– «Para ello tomamos, especialmente, como elementos funda­menta­les para permear con el evangelio las culturas, las ense­ñanzas de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II[46]; las Exhortaciones apostólicas Evangelii nuntiandi[47] y Catechesi Traden­dae[48]; el discurso del Papa Juan Pablo II a la UNES­CO[49] y otros sobre el mismo tema[50]; el Documento de Pue­bla[51], la Carta encíclica Slavorum Apostoli, la Carta encíclica Re­demptoris missio, la Exhortación apostólica postsinodal Pasto­res dabo vobis, nº 55; y todas las futuras directivas, orienta­cio­nes y enseñanzas del Magisterio ordinario de la Iglesia que pue­dan darse en el futuro sobre el fin específico de nuestra peque­ña familia religiosa»[52].

– «La formación en Roma implica alcanzar un espíritu romano, que “supone una corona de virtudes: apertura universal, fidelidad al magisterio, espíritu misionero, longanimidad y magnanimidad”[53]. “Vuestra situación os permite vivir la realidad sobrenatural de la comunión con la Iglesia de Roma y con el Obispo de Roma. Y, en la experiencia eclesial, entráis en el ámbito de otra nueva realidad: experimentáis la comunión con todos cuantos están por su parte en comunión con la Iglesia de Roma”[54]. Por ello el poder realizar estos estudios en la Ciudad Eterna implica una doble ventaja: “Significa tener la ventaja de vivir en una comunidad de sacerdotes y seminaristas, y tener acceso a una formación académica, en o a través de las universidades romanas. Significa ser testigos, día a día, de la tradición viva de la fe tal como es proclamada por la Sede de Pe­dro”[55]»[56].

– «De allí que sea esta Iglesia de Roma el mejor lugar para esta formación: “En ninguna otra localidad hay tanta oportunidad de formar sacerdotes idóneos como hay en Roma, centro de la cristiandad, junto a la tumba de los dos grandes Apóstoles, bajo la solicitud paterna del Sumo Pontífice que, por su función de Vicario de Cristo, es padre común de las gentes y custodio e intérprete de la fe católica”[57]. En esto precisamente consiste la romanidad, “entendida como especial espíritu de comunión con el Sucesor de Pedro, Cabeza visible de la Iglesia de Cristo, mediante unidad de fe y caridad…”[58]»[59].

«La clara intención de seguir a Santo Tomás de Aquino, como manda la Iglesia, y en este marco, a los mejores tomistas, como el p. Cornelio Fabro»[60]. «Santo Tomás tiene una importancia central en nuestra formación»[61].

– «“Buscar la verdad, descubrirla y alegrarse de haberla encontrado”, decía Juan Pablo II, “es una de las aventuras más emocionantes de la vida”[62]»[63].

– «Ejemplo de esta búsqueda y paradigma del estudioso es la vida y la personalidad misma de Santo Tomás, “príncipe de la filosofía y la teología, como suelen llamarlo los Papas”[64]: “El Aquinate invita a todos los hombres a buscar incansablemente la verdad, porque solo investigándola con insistencia se llega a la comprensión de la realidad y de aquél que es su autor: ‘y así la mente humana debe siempre moverse más y más al conocimiento de Dios según su propio modo’[65][66]»[67].

– «También en este sentido Santo Tomás se presenta como ejemplo del investigador: “Imitando el ejemplo de aquel que se preparaba para el encuentro con su Señor a través del ayuno, la penitencia y las lágrimas, todo buscador de Dios debe avanzar por el camino de la virtud y la contemplación, ascesis necesaria para educar la inteligencia y purificar las pasiones, con fidelidad, obediencia y ‘según el sentir de la Iglesia’”[68]»[69].

– «En este sentido el Papa Juan Pablo II pone ante nuestros ojos la paradigmática figura de Santo Tomás: “Santo Tomás se interesó por todo lo que es útil para el espíritu y el alma. Utilia potius quam curiosa [antes lo útil que lo curioso], recuerda su lema. Se esforzó continuamente por captar la armonía entre la teología, la filosofía y las ciencias; y nunca elaboró una tesis a priori. Su investigación, siempre incompleta, era un diálogo incesante, no exclusivo, con los autores paganos y cristianos, de quienes sacaba lo mejor. También dedicó su atención a los diferentes campos de la investigación de las ciencias profanas. Sabía descubrir en el orden de la creación la presencia del Creador, causa primera y eficiente: todo es voz que habla de Dios (cf. 1Cor 14, 10). Muchas intuiciones, que manifiestan su interés por las realidades creadas, ocupan un lugar privilegiado en la investigación del Doctor angélico: el mundo es el lugar donde Dios se revela en cuanto agente primero (cf. S. Th. I, 8, 1). El hombre lleva en sí la imagen de su Creador que nada puede alterar totalmente (cf. S. Th., I, 93, 4). Cada una de las ciencias es un himno al Creador”[70]»[71].

«Debemos hacer nuestras aquellas palabras que dirigía Juan Pablo II a los dominicos: “Aliento hoy a los hermanos predicadores… a convertirse en discípulos verdaderos de santo Tomás, capaces de afrontar las quaestiones disputatae, y a dialogar con cuantos están alejados de la fe y de la Iglesia, sin que ello signifique reemplazar esta ciencia por excelencia, que es la teología, con una ciencia profana. Gracias al estudio asiduo de la obra monumental del Doctor angélico, el pensamiento cristiano adquiere un método riguroso e instrumentos conceptuales que le permiten penetrar la profundidad de la doctrina sagrada y desarrollar una reflexión que tenga en cuenta la existencia y las perfecciones divinas, en el límite de lo que la razón humana puede llegar a conocer”[72]»[73].

«La creatividad apostólica»[74] y misionera.

– «Debemos acogernos de una manera particular al pedido del Papa Juan Pablo II de “que los fieles laicos estén presentes, con la insignia de la valentía y de la creatividad intelectual, en los puestos privilegiados de la cultura, como son el mundo de la escuela y de la universidad, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de la creación artística y de la reflexión humanista”[75] llevando a cada campo peculiar mediante las riquezas originales del evangelio y de la Fe, la redención obrada por Jesucristo»[76].

– «“Toda comunidad ha de procurar sus vocaciones, como señal incluso de su vitalidad y madurez. Hay que reactivar una intensa acción pastoral que, partiendo de la vocación cristiana en general, de una pastoral juvenil entusiasta, dé a la Iglesia los servidores que necesita” [77]»[78].

– «La vida pastoral, está orientada a “comunicar la caridad de Cristo”[79], en ella hay que poner especial énfasis, ya que cuando se realiza de manera ordenada fomenta, de manera eminen­te, la vida comunitaria»[80].

– «Para nosotros el trabajo pastoral es cruz, no motivo de escapismo; por eso nunca hay que caer en el estéril activismo: “la actividad para el Señor no debe hacer olvidar a Aquél que es el Señor de la actividad”[81]»[82].

– «[…] La pastoral debe proponer infatigablemente a Jesucristo plenitud de toda vida y cultura auténticamente humanas. “Porque el evangelio conduce la cultura a su perfección, y la cultura auténtica está abierta al evangelio. […] El evangelio lejos de poner en peligro o de empobrecer las culturas, les da un suplemento de alegría y de belleza, de libertad y de sentido, de verdad y de bondad[83]»[84].

«La fuerte vida comunitaria y el ambiente de alegría»[85].

La alegría es algo que ha caracterizado nuestro modo de vivir desde los inicios y por eso está muy presente sea en las Constituciones que en el Directorio de espiritualidad:

– «Respecto a la alegría, como fruto del Espíritu Santo y efecto de la caridad, hay que tratar, por todos los medios, que “nadie sea disturbado o entristecido en la casa de Dios”[86]. Para ello es totalmente imprescindible vivir la caridad fraterna: “Esto es: ‘tengan por más dignos a los demás’ (Ro 12, 10); soporten con paciencia sin límites sus debilidades, tanto corporales como espirituales; pongan todo su empeño en obedecerse los unos a los otros; procuren todos el bien de los demás, antes que el suyo propio; pongan en práctica un sincero amor fraterno; vivan siempre en el temor y amor de Dios; amen a su Abad (superior) con una caridad sincera y humilde; no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna”[87]. De tal modo debería vivirse la caridad fraterna que al ver nuestra vida se dijese: “¡Mirad cómo se aman entre sí y cómo están dispuestos a morir unos por otros!”[88] […]»[89].

– «De manera especial hay que pedir la gracia de la ciencia de la cruz y de la alegría de la cruz, que solo se alcanzan en la escuela de Jesucristo».[90]

– «Y los santos nos recuerdan la alegría que es fruto de esta cruz: “He llegado a no poder sufrir pues me es dulce todo sufrimiento”[91] […]»[92].

– «De aquí, también, de la resurrección del Señor, surge un elemento que debe ser esencial en nuestra espiritualidad –y en toda espiritualidad cristiana–: la alegría que, en nuestro caso, debe manifestarse de manera especial, en la celebración del Día del Señor, el Domingo; en el sentido de la fiesta; y en la recreación, que nosotros llamamos eutrapelia.

La alegría, que es el secreto gigantesco del cristiano, es espiritual y sobrenatural, y nace de considerar el misterio del Verbo Encarnado. “Alégrate”, regocíjate, le dijo el ángel Gabriel a María; Ella diría más tarde: “exulta de júbilo mi espíritu” (Lc 1, 47), habiendo, instantes antes, testificado Isabel: “exultó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 44); y luego el ángel a los pastores: “Os anuncio una gran alegría, que es para todo el pueblo” (Lc 2, 10); y nace de constatar el misterio de la resurrección del Señor: “llenas… de gran gozo” (Mt 28, 8); como los discípulos de Emaús: “¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba?” (Lc 24, 32); no creían aún en fuerza del gozo y la admiración” (Lc 24, 41), “se volvieron… con grande gozo” (Lc 24, 52); “los discípulos se alegraron viendo al Señor” (Jn 20, 20). Por eso insiste San Pablo: “Alegraos, os vuelvo a repetir, alegraos” (Flp 4, 4) […].

En el fondo la alegría brota de considerar que Dios es[93], que Cristo es: “Ánimo, Yo soy” (Mc 6, 50), que la verdad prima sobre la mentira, el bien sobre el mal, la belleza sobre la fealdad, el amor sobre el odio, la paz sobre la guerra, la misericordia sobre la venganza, la vida sobre la muerte, la gracia sobre el pecado, en fin, el ser sobre la nada, la Virgen sobre Satanás, Cristo sobre el Anticristo, Dios sobre todo. “Dios es alegría infinita”[94].

Del Misterio Pascual y del Día del Señor –Domingo–, que son los días de fiesta por excelencia, deben nacer entre nosotros las fiestas, ya que la auténtica fiesta debe nacer del culto, es decir, en la alabanza tributada al Creador por la bondad de la existencia, ya que el séptimo día “Dios vio que todo era bueno… y descansó” (Gen 1, 31; 2, 2-3). Y, como enseña San Agustín, el culto tiene lugar mediante “el ofrecimiento de alabanza y de acción de gracias”[95], y siendo el acto principal de culto el sacrificio, se constituye así en el alma de la fiesta.  ¡Cuánto más sentido tiene esto a la luz de la resurrección del Señor, y  de la perpetuación de su Sacrificio en los altares!»[96].

Las enseñanzas del Papa Beato también iluminan estos aspectos en nuestra legislación:

– «El Señor nos llama a vivir juntos “para que el mundo crea” (Jn 17, 21). El signo de la fraternidad es, por lo mismo, sumamente importante porque es el signo que muestra el origen divino del mensaje cristiano y posee la fuerza para abrir los corazones a la fe. Por eso “toda la fecundidad de la vida religiosa depende de la calidad de la vida fraterna en común”[97]»[98].

– «“La vida religiosa será, pues, tanto más apostólica, cuanto más íntima sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna la vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión específica del Instituto”[99]»[100].

– «“Toda la fecundidad de la vida religiosa depende de la calidad de la vida fraterna en común. Más aún: la renovación actual en la Iglesia y en la vida religiosa se caracteriza por una búsqueda de comunión y comunidad”[101]»[102].

– «En efecto, “nuestra identidad tiene su fuente última en la caridad del Padre. Al Hijo −Sumo Sacerdote y Buen Pastor−, enviado por el Padre, estamos unidos sacramentalmente a través del sacerdocio ministerial por la acción del Espíritu Santo. La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y la acción del mismo Cristo […]. Esta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría, la certeza de nuestra vida”[103]»[104].

«La eficaz inserción en el medio donde estamos trabajando apostólicamente»[105], esto es «morder la realidad». «Algo que es propio de nuestro carisma es tener esa actitud de “morder la realidad” […]. Para conseguir esto señalamos dos aspectos indispensables: el primero es la fidelidad a Jesucristo; el segundo es la metafísica tomista que nos ayuda a “no dar golpes en el aire”, como dice san Pablo[106]: intentar ver cómo está la gente, cómo están los jóvenes, qué problemas tienen, cómo se los puede ayudar mejor, etc»[107].

– «La pastoral de la cultura podrá ofrecer una respuesta positiva y eficaz a los grandes desafíos o incluso dramas del hombre “post-moderno”, principalmente a partir de la instancia metafísica, mediante la filosofía del ser. Pues la postura nihilista, horizonte actual de muchas filosofías que se han alejado del sentido del ser, niega toda verdad objetiva y en consecuencia lo que fundamenta la dignidad y la libertad humanas[108]. De aquí la urgencia de recuperar la metafísica del ser, una filosofía dinámica que permite la apertura plena y global hacia la realidad entera, hasta llegar a Aquél que lo perfecciona todo[109]»[110].

– «Pues la Iglesia, con su doctrina social, que argumenta a partir de lo que está de acuerdo con la naturaleza de todo ser humano, contribuye a hacer que se pueda reconocer eficazmente y luego también realizar lo que es justo. En este sentido, se puede destacar el esfuerzo del Magisterio, sobre todo en el s. XX, para leer la realidad social a la luz del evangelio y ofrecer su propia contribución a la solución de la cuestión social[111]»[112].

– «Por lo tanto, al encontrarnos “frente al desarrollo de una cultura que se configura como escindida, no solo de la fe cristiana, sino incluso de los mismos valores humanos, como también frente a una cierta cultura científica y tecnológica impotente para dar respuesta a la apremiante exigencia de verdad y de bien que arde en el corazón de los hombres, la Iglesia es plenamente consciente de la urgencia pastoral de reservar a la cultura una especialísima atención”[113]. “Es ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y urgente”[114].

Dicho brevemente, la fe se debe hacer cultura. Esto es, la fe debe encarnarse en la vida y en la cultura de los hombres […]»[115].

– «Se ha de llevar adelante una renovada pastoral de la cultura pues la cultura constituye el lugar de encuentro privilegiado con el mensaje de Cristo. Pues “una fe que no se convierte en cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en su totalidad, no vivida con fidelidad[116]»[117].

 

«La elección de los “puestos de avanzada” en la misión»[118]. Nos referimos a los que hemos dado en llamar «destinos emblemáticos»: lugares que representan un tinte de honor para nuestra pequeña Familia Religiosa, pues se trata de puestos de misión en donde tal vez los misioneros no vean frutos abundantes de su trabajo, de donde probablemente no surjan vocaciones y a donde, quizás, si no hubiésemos aceptado ir nosotros nadie hubiese querido ir a causa de las dificultades. Sin embargo, el sacrificio silencioso de quienes allí dan su vida por Cristo no quedará sin recompensa, son una enorme fuente de bendición para todo el Instituto y para la Iglesia universal.

– «“La urgencia de la evangelización misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia”[119]»[120].

– «“El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión”[121]»[122].

– «Finalmente, “a la pregunta ¿Para qué la misión? respondemos con la fe y la esperanza de la Iglesia: abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación. En Él, solo en Él somos liberados de toda forma de alienación y extravío, de la esclavitud del poder del pecado y de la muerte. Cristo es verdaderamente “nuestra paz” (Ef 2, 14), y “el amor de Cristo nos apremia” (2Cor 5, 14), dando sentido y alegría a nuestra vida. La misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros”[123]»[124].

– «El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo ‘anhelo de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana, particularmente entre aquellos que son los colaboradores más íntimos de los misioneros”[125]. “El misionero ha de ser un ‘contemplativo en acción’ que halla respuesta a los problemas a la luz de la Palabra de Dios mediante la oración personal y comunitaria”[126]»[127].

«Las obras de misericordia, sobre todo con discapacitados»[128], etc.

– «El enfermo debe buscar su propia configuración con Cristo, exhortaba Juan Pablo II: “a vosotros, queridos hermanos y hermanas que sufrís en el cuerpo o en el espíritu, os deseo de corazón que sepáis reconocer y acoger al Señor que os llama a ser testigos del evangelio del sufrimiento, contemplando con confianza y amor el Rostro de Cristo crucificado (cf. Novo millennio ineunte, 16), uniendo vuestros sufrimientos a los suyos”[129].

Y a quien asiste con sus cuidados al enfermo: capellanes, religiosos y religiosas, médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, personal técnico y administrativo, asistentes sociales y voluntarios, Juan Pablo II les recordaba que están llamados “a ser generosos discípulos de Cristo, Buen Samaritano. Conscientes de vuestra identidad, descubrid en los enfermos el Rostro del Señor doliente y glorioso… [para] ser testigos creíbles del amor de Cristo”[130]»[131].

– «En nuestros seminarios y casas de formación se deberá enseñar la importancia de esta obra de misericordia. “La Pastoral de la Salud debe reflejarse de manera adecuada en el programa de formación de los sacerdotes, de los religiosos y religiosas, porque en la atención a los enfermos, más que en otras cosas, se hace creíble el amor y se ofrece un testimonio de esperanza en la resurrección”[132]»[133].

 

«La visión providencial de toda la vida. Un ejemplo de esto es el hecho que consideramos a nuestros enemigos como parte, espiritual, de nuestra familia religiosa, porque nos han hecho y nos hacen el bien […] “omnia cooperantur in bonum” (Ro 8, 28)»[134].

– «¡Cuál debe ser nuestra confianza y alegría al saber que la muerte ya ha sido vencida! Y ha sido vencida gracias a la encarnación del Verbo, y a su Sacrificio redentor. Por eso la encarnación del Verbo es condición y garantía para todo el universo. “La falta de la vida y de la salvación de la desesperación para todos los hombres, la condición ‘sine qua non’ y la garantía para todo el universo se encierran en las palabras ‘El Verbo se hizo carne’ y ‘la fe en estas palabras’”[135]. Porque “la encarnación del Hijo de Dios es el fundamento, la fuente y el modelo, tanto de un nuevo orden sobrenatural de existencia para todos los hombres, que precisamente de este misterio obtienen la gracia que los santifica y los salva, como de una antropología cristiana, que se proyecta también en la esfera natural del pensamiento y de la vida con su exaltación del hombre como persona, colocada en el centro de la sociedad y –se puede decir– del mundo entero”[136]»[137].

 

«La devoción a la Virgen es algo propio del carisma, no solo por el cuarto voto, sino también por la presencia de la Virgen en todas nuestras actividades, desde la consagración que renovamos en cada Misa hasta la terminación de todas nuestras fiestas con un canto a la Virgen»[138].

– «Nuestra relación con la Virgen encuentra un nuevo fundamento en nuestra espiritualidad que quiere ser “del Verbo Encarnado”. “La Virgen dio su Sí en calidad de esclava: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38) y “miró Dios la humildad de su esclava” (Lc 1, 48), y entonces tomó el Verbo “forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2, 7) en sus entrañas purísimas”[139]»[140].

– «[…] afirma Juan Pablo II: “… la entrega a María tal como la presenta San Luis María Grignion de Montfort es el mejor medio de participar con provecho y eficacia de esta realidad para extraer de ella y compartir con los demás unas riquezas inefables… Veo en ello (la esclavitud de amor) una especie de paradoja de las que tanto abundan en los evangelios, en las que las palabras ‘santa esclavitud’ pueden significar que nosotros no sabríamos explotar más a fondo nuestra libertad… Porque la libertad se mide con la medida del amor de que somos capaces”[141]»[142].

– «Asimismo, otra práctica de piedad y de veneración a la Santísima Virgen que debe caracterizarnos es el Angelus […]. El rezo del Angelus debe servirnos “para renovar la conciencia del misterio de la encarnación del Hijo de Dios”[143]»[144].

– «Para alcanzar esta disposición de suma, total e irrestricta docilidad al Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, necesitamos que la Santísima Virgen sea el modelo, la guía, la forma de todos nuestros actos, por todo lo cual, con todas las fuerzas del alma, y del corazón, hoy y siempre, decimos ¡“Totus tuus”, María![145]»[146].

*     *     *

Terminamos citando un párrafo de las Notas del V Capítulo general: «En efecto, el carisma es susceptible de sufrir modificaciones o encontrarse en diversas situaciones a través de la historia en una familia religiosa: puede desarrollarse en sus virtualidades, expandirse, aplicarse a nuevas situaciones, pero también contraerse, anquilosarse, por ejemplo, cuando empieza a primar lo accidental sobre lo sustancial y no hay capacidad de adaptación; desvirtuarse, cuando hay un crecimiento pero no en la dirección que quería el fundador; o incluso perderse totalmente. Quienes gobiernan deben aprender a ser fieles al carisma y procurar que los demás sean también fieles: de ellos depende en gran parte este carisma en el futuro. Debe ser transmitido en una tradición viva, o como expresamos en nuestras Constituciones, se debe “formar escuela”. De aquí la grave responsabilidad de quienes gobiernan un instituto: el carisma es un don de Dios a la Iglesia que está en manos de los Superiores»[147].

La Santísima Virgen, a quién el Papa tanto amó, nos conceda ser fieles al carisma que el Señor nos ha regalado y al legado del Beato Juan Pablo Magno.



[1] Instituto del Verbo Encarnado. Curia Generalicia, Notas del V Capítulo general¸ Segni 2007, 15 pp. En la introducción del mismo se dice: «El presente documento recoge algunas anotaciones de los temas tratados durante el Quinto Capítulo General del Instituto, tenido en Segni (Italia) durante el mes de julio de 2007, y de las decisiones allí tomadas. No se trata de un documento oficial del Capítulo –para esto están las Actas, mucho más extensas, debidamente labradas y firmadas– sino de un documento del Gobierno General para uso de los miembros del Instituto. Su principal fuente son las mismas Actas del Capítulo» (p. 3).

[2] Notas del V Capítulo general, 4.

[3] Beata Isabel de la Trinidad, Elevaciones, Elevación nº 33.

[4] Instituto del Verbo Encarnado, Constituciones. Directorio de Espiritualidad, Segni 2004, nnº 30-31, pp. 34-35.

[5] Notas del V Capítulo general, 5.

[6] Juan Pablo II, Discurso al Consejo de la Unión de Superiores Generales (26 de noviembre de 1979).

[7] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 2, p. 23.

[8] Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996) 21.

[9] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Vida Consagrada, nº 140.

[10] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 11, p. 26.

[11] Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptionis donum (25 de marzo de 1984) 11.

[12] Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrat», 24.

[13] Directorio de Vida Consagrada, nº 230.

[14] Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Comisión Bíblica (26 de abril de 1979).

[15] Directorio de Vida Consagrada, nº 343.

[16] Notas del V Capítulo general, 4.

[17] Notas del V Capítulo general, 6.

[18] Notas del V Capítulo general, 6.

[19] Juan Pablo II, Carta a los Sacerdotes con ocasión del Jueves Santo 1986 (16 de marzo de 1986) 8. Cf. Sínodo extraordinario de obispos de 1985, Relación final.

[20] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Vida litúrgica, nº 4.

[21] Juan Pablo II, Discurso al V grupo de obispos de Francia en visita «ad limina apostolorum»(8 de Marzo 1997) 3.

[22] Juan Pablo II, Carta apostólica Vicesimus Quintus Annus (4 de diciembre de 1988) 9.

[23] Directorio de Vida litúrgica, nº 10.

[24] Juan Pablo II, Carta Dominici Coenae(24 de febrero de 1980) 8.

[25] Directorio de Vida litúrgica, nº 13.

[26] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Estados Unidos en visita «ad limina apostolorum» (9 de Octubre de 1998) 3.

[27] Directorio de Vida litúrgica, nº 25.

[28] Carta Dominici Coenae, 9.

[29] Directorio de Vida litúrgica, nº 56.

[30] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Estados Unidos en visita «ad limina apostolorum»(9 de Octubre 1998) 3.

[31] Directorio de Vida litúrgica, nº 63.

[32] Carta Dominici Coenae, 11.

[33] Directorio de Vida litúrgica,nº 119.

[34] Notas del V Capítulo general, 4.

[35] Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Zimbabwe  (2 de julio de 1988) 7.

[36] Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Zimbabwe  (2 de julio de 1988) 7.

[37] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 51, p. 199.

[38] Juan Pablo II, Carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús (1 de junio de 1990).

[39] Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis (4 de diciembre de 1988) 80.

[40] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Ejercicios Espirituales, nº 3.

[41] Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990) 46.

[42] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 165, p. 92.

[43] Cf. Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, 70.

[44] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 262, p. 131.

[45] Notas del V Capítulo general, 4.

[46] Segunda parte, cap. 2, 53-62.

[47] Cf. Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975) 20.

[48] Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi Traden­dae (16 de octubre de 1979) 53.

[49] Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura (2 de junio de 1980).

[50] Cf. Juan Pablo II, Alocución a los obispos del Zaire reunidos en Kins­hasa (3 de mayo de 1980); Discurso a la Conferen­cia Episcopal en Kenia, Nairobi (7 de mayo de 1980); Alocución a los obispos en la Catedral de Delhi, India (1 de febrero de 1986) 5; Alocución a los fieles durante la Celebración de la Palabra, en el cam­po de Chambacú, Cartagena, Colombia (6 de julio de 1986), 7-8.

[51] Cf. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla (1979) 385-443.

[52] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 27, p. 34.

[53] Juan Pablo II, Homilía durante el rezo de Vísperas en el Colegio Capránica de Roma (21 de enero de 1992) 5.

[54] Juan Pablo II, Discurso al Pontificio Colegio Norteamericano de Roma con motivo del 125º Aniversario de su fundación (15 de noviembre de 1984) 2.

[55] Juan Pablo II, Discurso al Pontificio Colegio Norteamericano de Roma con motivo del 125º Aniversario de su fundación (15 de noviembre de 1984) 2.

[56] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 265, pp. 131-132.

[57] León XIII, Breve Benigna hominum parens, citado por Juan Pablo II, Discurso al Pontificio Colegio Armenio de Roma (7 de julio de 1984).

[58] Juan Pablo II, Alocución a los alumnos y ex-alumnos del Colegio Capránica de Roma (21de enero de 1983) 6.

[59] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 266, p. 132.

[60] Notas del V Capítulo general, 4.

[61] Notas del V Capítulo general, 6.

[62] Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes en Kampala (6 de febrero de 1993).

[63] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Formación intelectual, nº 5.

[64] Juan Pablo II, Carta con ocasión del 1º Centenario de la «Revue Thomiste» (11 de marzo de 1993).

[65] «[…] et sic etiam humana mens debet semper moveri ad cognoscendum de Deo plus et plus secundum modo» (In lib. Boetii de Trinitate, II, 1).

[66] Juan Pablo II, Carta con ocasión del 1º Centenario de la «Revue Thomiste» (11 de marzo de 1993).

[67] Directorio de Formación intelectual, nº 8.

[68] Juan Pablo II, Carta con ocasión del 1º Centenario de la «Revue Thomiste» (11 de marzo de 1993).

[69] Directorio de Formación intelectual, nº 28.

[70] Juan Pablo II, Carta con ocasión del 1º Centenario de la «Revue Thomiste» (11 de marzo de 1993).

[71] Directorio de Formación intelectual, nº 37.

[72] Juan Pablo II, Carta con ocasión del 1º Centenario de la «Revue Thomiste» (11 de marzo de 1993).

[73] Directorio de Formación intelectual, nº 51.

[74] Notas del V Capítulo general, 4.

[75] Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici (30 de diciembre de 1988) 44.

[76] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Tercera Orden, nº 383.

[77] Juan Pablo II, Discurso a la III Conferencia general del episcopado latinoamericano (28 de enero de 1979).

[78] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Vocaciones, nº 85.

[79] Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, 57.

[80] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 155, p. 86.

[81] Juan Pablo II, Alocución en Roma a la Unión internacional de Superiores Generales (22 de mayo de 1986) 4.

[82] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 156, p. 86.

[83] Juan Pablo II, Discurso al Pontificio Consejo  de la Cultura (14 de marzo de 1997).

[84] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Evangelización de la cultura, nº 242.

[85] Notas del V Capítulo general, 4.

[86] San Benito, Santa Regla, XXXI, 19.

[87] San Benito, Santa Regla, LXXII, 1-12.

[88] Tertuliano, Apologética, ML 1,534.

[89] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nnº 95-96, pp. 64-65.

[90] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 136, p. 230.

[91] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, cap. XII, 21.

[92] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 145, p. 234.

[93] Cf. Ex 3,14.

[94] Santa Teresa de los Andes, carta 101.

[95] San Agustín, De Spiritu et littera, XIII, 22.

[96] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 203. 204. 210. 211, p. 250-253.

[97] Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia plenaria de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica (20 de noviembre de 1992) 3.

[98] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Vida fraterna en común, nº 22.

[99] Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 72.

[100] Directorio de Vida fraterna en común, nº 88.

[101] Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia plenaria de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica (20 de noviembre de 1992) 3.

[102] Directorio de Vida fraterna en común, nº 96.

[103] Cf. Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, 18.

[104] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Vida consagrada, nº 241.

[105] Notas del V Capítulo general, 4.

[106] Cf. 1Cor 9, 26.

[107] Notas del V Capítulo general, 5.

[108] Cf. Juan Pablo II, Carta encíclica Fides et ratio (14 de septiembre de 1998) 90.

[109] Cf. Juan Pablo II, Carta encíclica Fides et ratio (14 de septiembre de 1998) 97.

[110] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Evangelización de la cultura, nº 11.

[111] Por ejemplo, en estos últimos años cf. las tres encíclicas sociales de Juan Pablo II: Laborem Exercens, Sollicitudu Rei Socialis, Centesimus Annus, y el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia.

[112] Directorio de Evangelización de la cultura, nº 220.

[113] Exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici, 44.

[114] Carta encíclica Redemptoris missio, 52.

[115] Directorio de Evangelización de la cultura, nnº 247-248.

[116] Juan Pablo II, Carta autógrafa por la que se instituye el Consejo Pontificio de la Cultura (20 de mayo de 1982).

[117] Directorio de Evangelización de la cultura, 241.

[118] Notas del V Capítulo general, 4.

[119] Carta encíclica Redemptoris missio, 2.

[120] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de misiones ad gentes, nº 19.

[121] Carta encíclica Redemptoris missio,  3.

[122] Directorio de misiones ad gentes, nº 20.

[123] Carta encíclica Redemptoris missio, 11.

[124] Directorio de misiones ad gentes, nº 57.

[125] Carta encíclica Redemptoris missio, 90.

[126] Carta encíclica Redemptoris missio, 91.

[127] Directorio de misiones ad gentes, 201.

[128] Notas del V Capítulo general, 4.

[129] Juan Pablo II, Mensaje para la XIª Jornada Mundial del Enfermo, Washington D.C., U.S.A. (11 de febrero de 2003) 6.

[130] Juan Pablo II, Mensaje para la XIª Jornada Mundial del Enfermo, Washington D.C., U.S.A. (11 de febrero de 2003) 6.

[131] Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Obras de misericordia, 8.

[132] Juan Pablo II, Mensaje para la XIª Jornada Mundial del Enfermo, Washington D.C., U.S.A. (11 de febrero de 2003) 5.

[133] Directorio de Obras de misericordia, nº 9.

[134] Notas del V Capítulo general, 5.

[135] Juan Pablo II, Discurso a los participantes del Coloquio sobre «las comunes raíces cristianas de los pueblos europeos» (6 de noviembre de 1981).

[136] Juan Pablo II, Audiencia General (23 de marzo de 1988).

[137] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 319, p. 291; Directorio de Tercera Orden, nº 324.

[138] Notas del V Capítulo general, 6.

[139] «María Santísima es modelo de docilidad a la voluntad divina desde el ‘Fiat’ de la Anunciación hasta la maternidad dolorosa del Calvario» [Juan Pablo II, Meditación del Ángelus (22 de julio de 1990)].

[140] Directorio de Vida Consagrada, nº 418.

[141] Citado por A. Frossard, No tengáis miedo, Barcelona 1982, 131-132.

[142] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 83, p. 58.

[143] Juan Pablo II, Homilía en la Misa de la presentación de la Encíclica Laborem Exercens (13 de septiembre de 1982).

[144] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 14, p. 81.

[145] San Luis María Grignion de Montfort se inspira para esta fórmula en San Buenaventura(inter opera), Psalt. Maius, Canticus ad instar illius, Is 12 (Opera Omnia [Vivés, París 1868] t. 14,221°.b). Cf. San Luis Maria Grignion de Montfort, Obras. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, Madrid 1984, nnº 216. 233. 266; ver la nota 9ª, 369.

[146] Constituciones. Directorio de Espiritualidad, nº 19, p. 28.

[147] Notas del V Capítulo general, 4.

Un pensamiento en “Juan Pablo II (su Magisterio) y el IVE

  1. Maravilloso. Es una obra de Dios. Que Él siga suscitando sacerdotes y religiosas santos , que tanto hacen falta para nuestra sociedad enferma y sin rumbo. Rezamos por todas vuestras intenciones y nos encomendamos a las sus oraciones . Gerardo, Gabriela e hijos.

Deja un comentario