Sobre el espíritu sacrificial y la heroica tenacidad de un gran deportista polaco: San Juan Pablo Magno

bicicleta“En un contexto social, desgraciadamente acosado por tentaciones deshumanizantes”[2], en un “mundo en el que a veces se puede comprobar la presencia dolorosa de jóvenes cansados, marcados por la tristeza y por experiencias negativas”[3], entre las cuales podemos mencionar la planificación totalitaria del tiempo libre –impuesta tanto por el mercado hodierno como por la maquinaria comunista-, el incesante avance de la tecnología –que monopoliza las energías de infantes y adultos, frecuentemente hipnotizados por los medios de control social-, la triste vigencia del materialismo consumista –que lleva a tantos a dejarse absorber en interminables jornadas de trabajo maquinal-, la proliferación de diversiones irremediablemente dañinas –como las drogas y hábitos bestializantes- de desorientadas masas juveniles y, en general, el pensamiento único que doquiera quiere inculcar una mentalidad hedonista y, por tanto, conductas muelles que postulan a la pereza como compañera ideal de la vida, se alza “contracorriente” –con tanta felicidad como firmeza- el enhiesto testimonio de amor al deporte que el magno Papa polaco nos legó, tanto con sus hechos como con su inequívoco verbo –tan bien proferido en su estilizada y nunca mezquinada pluma como en su paternal voz pontifical-.

Siendo imposible presentar en pocas líneas de modo completo o sistemático la visión de Su Santidad sobre el deporte y su personal experiencia atlética, expondremos, aunque más no sea con pocos y modestos trazos, un aspecto de su arquetípico ejemplo y luminoso Magisterio sobre el tema que nos convoca. Subrayamos en este boceto que, según la enseñanza de San Juan Pablo II, el deporte es escuela de vida, verdad esta que prueba al referir “los valores que van unidos a la práctica del deporte”[4] cuando es “rectamente entendido”[5], el cual incoa “virtudes que la Iglesia promueve y exalta”[6] siendo así, “una gimnasia del cuerpo y del espíritu”[7] que coopera “para una formación humana integral”[8] y “educa para una saludable autodisciplina”[9] que “puede elevar al hombre”[10]. De hecho, para el Papa, que, sin caer en modo alguno en el error somatolátrico, gozaba de ver a la Iglesia “exaltando y magnificando” los “valores positivos” del deporte –como manifestaba en un sermón jubilar[11]-, “el compromiso deportivo es escuela genuina de auténtica virtud humana”[12] en cuanto “tiende a adiestrar, desarrollar y fortificar el cuerpo humano con objeto de que éste se preste mejor a alcanzar la madurez personal”[13]. El deporte, por tanto, es palestra que, entre otras virtudes, contribuye a inculcar en el alma dos bellísimas disposiciones –que, como es a todos noto, brillan en la vida y el Magisterio del Papa polaco-. Nos referimos, y ahorramos más proemios, a estas dos: el espíritu de sacrificio y la capacidad de empeñarse con decisión en pos de un arduo objetivo. A continuación, veremos, de modo escueto, la dinámica de ambas virtudes –elencadas una tras otra en el orden ya dicho- en la vida y la obra del Papa Magno. Lejos de toda pretensión de ofrecer una descripción omniabarcante, nos contentaremos con los destellos que más nos marcaron e imaginaremos el resto como hace el navegante que del iceberg solo ve una punta.

Empecemos por el espíritu de sacrificio. El Papa Polaco subrayó que esta virtud es cultivada en el deporte. En efecto, resaltó que en el deporte “la exaltación de auténticas virtudes humanas, (…) se entrelazan armoniosamente con el espíritu de sacrificio (…) en vista de una formación completa de la persona, abierta así a los más amplios horizontes de la trascendencia y de la fe”[14]. Afirmó, a su vez, que todo tipo de deporte lleva en sí un patrimonio rico de valores como ser “la educación de la voluntad, el control de la sensibilidad, (…) la resistencia, el aguante de la fatiga y las molestias” y “el espíritu de renuncia”, los cuales “son un conjunto de realidades morales que exigen una verdadera ascética”[15]. Subrayó, por su parte, la “fortaleza, disciplina y audacia” de un grupo de deportistas[16] y alentó a unos jóvenes atletas diciendo que ellos ofrecen “de modo eminente, un espectáculo de fortaleza (…) y autocontrol”[17]. En suma, en el Magisterio de San Juan Pablo II, el deporte no solo es una expresión “muy por encima de las exigentes leyes de la producción y del consumo y de cualquier otra consideración puramente utilitaristica y hedonista de la vida”[18], sino que el deporte es “palestra de virtudes”[19] y escuela del espíritu sacrificial. Por eso, podemos decir que, aun cuando la relación no sea estrecha, el deporte en alguna medida contribuyó a forjar en el alma de nuestro preclaro héroe eslavo una tal fortaleza que pudo realizar una obra innegablemente ciclópea , que no solo no fue la ordinaria en un Papa –aun cuando basta solo pensar en lo que implica el Apostolado Papal para concebir un horizonte del todo singular y hasta sobrehumano- sino la de un Papa que, con sobrados méritos, recibe el apelativo de Magno. La peculiar índole de las exigencias implicadas en sus deportes predilectos –el ski, el alpinismo, el remo- aportó el marco ideal para la fijación de los cimientos de un alma monumental, alma que se forjó habituándose a las inclemencias del frío alpino con sus helados vientos –que se tornan familiares para todo esquiador o escalador avezado como era nuestro eslavo Modelo-, al magro y poco gustoso pábulo que acompaña las largas travesías a campo traviesa y a la menos vistosa –mas no menos dura- fatiga muscular, y mental, que experimenta el atleta aun en sus acometidas cotidianas o desafíos informales. Pensemos también en la dureza propia de la labor minera –actividad practicada por el Papa y que, bajo cierto respecto, es analogable (aunque per accidens) al ejercicio deportivo-, la cual bien hecha, pide la constancia, la paciencia y la disciplina de los más esforzados competidores.

Ahora bien, muchos, cayendo en cierto modo en la somatolaría –oportunamente denunciada por Amerio-, yerran considerando “el deporte como finalidad en sí mismo”[20] y por eso en ellos la “mística” del sacrificio, lamentablemente, se reduce a una entrega personal en las arenas de lo lúdico, olvidando la enseñanza de San Juan Pablo II, quien siempre animaba a los deportistas a “desplegarse con gallardía hacia los objetivos que más ennoblecen la vida”[21]. Más en el Papa eslavo, el deporte –en tanto promueve el espíritu de sacrificio- lo ayudó a soportar, cual varón de dolores, todas las asperezas que la eternal Providencia permitió sufra en su vicarial Misión, en la que testimonió –como decía a unos dirigentes deportivos- que hay valores morales y espirituales más altos que “exigen a veces el sacrificio incluso de la vida del cuerpo”[22]. Baste pensar en los pedidos que, multiplicados a escala mundial, no solo recibía sino que trataba de satisfacer; recordemos, aun, las persecuciones que sobre él se avalanzaron –sea de parte de la K.G.B., sea de parte de la obstinación de mediáticos ideólogos apóstatas, sea de parte de los “devotos de la sedevacante” o de parte de un fanatismo irracional que no vaciló en concretar una feroz tentativa de martirizarlo-. Subrayemos, finalmente, la extraordinaria abnegación que debe tener un ser humano para asumir el deber de ser Papa, obligación asumida por nuestro eslavo tan cabalmente que bien podríamos considerar que era, como alguno dijo, “el hombre más ocupado de la Tierra”. Valga lo dicho para más admirar el espíritu de sacrificio de un Papa que tanto se exigió a sí mismo que debió descender, de los Cielos, la misma Madre de Dios para impedir se desplome por tierra agotado –pensamos- por la enormidad de las cargas tan generosamente asumidas por esta alma sedienta de lo absoluto[23].

San Juan Pablo II rogó a Dios para que les conceda a los jugadores del Milán hacer “ese “gol”, es decir, esa meta final, que es el verdadero y último destino de la vida”[24], prez esta que –junto con la mención que en otra alocución deportiva hizo sobre destino del cuerpo “a la victoria final”[25]- nos sirve para introducir nuestra consideración sobre el otro hábito apuntado: la capacidad de empeñarse con decisión en pos de un arduo objetivo, capacidad cuyo crecimiento es favorecido por el deporte al ser, como precisaba el Papa, escuela de coraje y decisión[26]. El deporte, y de un modo especial las disciplinadas elegidas por nuestro héroe, es espacio que entrena a quien lo hace en el trabajo por alcanzar metas anticipadas por difíciles obstáculos, como se ve, verbigracia, en quien trepa una escarpada montaña hasta conquistar la cima, en quien desciende veloz abruptas pendientes de un desfiladero sobre paralelos esquíes o en quien rema “contracorriente” largos trechos hasta la costa que tantas veces puede parecer lejanísima o, incluso, en quien persevera horas clavando el pico hasta conseguir perforar los pétreos muros de una oscura mina polaca. Esta misma tenacidad en conseguir altos cometidos descolló en este fuerte eslavo no solo en sus frecuentes esfuerzos deportivos sino en toda su Misión como se vio tanto en su victoria sobre el Comunismo –siendo él quien derribo al Totalitarismo soviético- como en su aguda reflexión sapiencial que hizo, según bien se dijo, avanzar a la teología en todas sus ramas. Esta tenacidad brilla permanentemente en la vida de este atleta que ornó a la Iglesia de Dios llevando a los altares más Santos que ningún otro Sucesor de Pedro y que no solo predicó diariamente el mensaje redentor sino que, devorado por su apostólico celo, consiguió predicar a Cristo en los cinco continentes, en un número inmenso de Naciones, realizando así una epopeya tan inédita que, con toda justicia, fue llamado “el primer Misionero Planetario”, heroico título este que no por caso es dado a quien fuera, toda su vida, un gran deportista que, a su vez, vivía convencido de que la dimensión más profunda del deporte se cifra en la caridad teologal –vera clave de bóveda para la construcción de un mundo más fraterno-, como se ve en esta exhortación que supo dirigirnos: “permaneced en el amor de Cristo y ampliad vuestros corazones de hermanos a hermanos! ¡Este es el secreto de la vida, y también la dimensión más profunda y auténtica del deporte!”[27].

Habiendo experimentado que “el deporte es lucha” –como bien dijo[28]-, supo más aun ser vero campeón en las lides espirituales del siglo XX, encarnando en vida el sacro Magisterio que supo predicar al decir, por ejemplo, que la lógica del deporte “es también la lógica de la vida” pues “sin sacrificio no se obtienen resultados importantes”[29], sacrificios que no omitía cuando debía hacerlos y que le permitieron obtener los resultados que tuvo y, en primer lugar, el de haber alcanzado la máxima corona -la de la Santidad- como declaró su feliz y actual Sucesor en el trono petrino. Es claro, entonces, que, para San Juan Pablo II, el deporte era “preámbulo de conquistas más auténticas y duraderas”[30] y servía por tanto para “la elevación moral y espiritual de la persona humana”[31]. De hecho, en nuestro Santo, transfigurado por el ejemplo de nuestro señor Jesucristo –que llenaba toda su vida-, el espíritu de sacrificio y la virtud de la tenacidad, se entrelazan y redimensionan por la acción del organismo sobrenatural y su vivificante gracia que lo llevó a vivir estas dos virtudes hasta las últimas consecuencias del heroísmo cristiano, no solo en sus magníficas obras de celo –como fueron las Jornadas de la Juventud, por él creadas, en las que parecía más joven que los mismos jóvenes- sino en su prolongada agonía y enfermedad terminal, que sobrellevó hasta el final, sin bajarse de la Cruz, perseverando hasta la muerte en el ejercicio de su divino Ministerio, para asombro de los humanos, regocijo de los coros angélicos y gloria del Dios Omnipotente y Su Madre Virginal, alcanzado así aquel triunfo final, que no se obtiene sin virtud, la cual –como decía el Papa a los deportistas- “en el siglo venidero triunfará coronada, después de haber reportado la victoria en combates inmaculados”[32].

P. Lic. Federico Highton, IVE

Dedicado al Club Juventud Frassati

 

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Bibliografía citada

San Juan Pablo II, Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol, 1980.

–––, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia, 1979.

–––, Discurso a los Futbolistas del Milan, 1979.

–––, Discurso a los Miembros del Congresso del Panathlon International, 1981.

–––, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo, 1979.

–––, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud, 1980.

–––, Discurso a un Grupo de Deportistas del Sporting Club de Pisa, 1980.

–––, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano, 1979.

–––, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia, 1978.

–––, Homilía durante la Misa en el Estadio Olímpico de Roma (Jubileo Internacional de los Deportistas), 2000.

–––, Homilía durante la Misa en el Estadio Olímpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 1984.

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[1]          El presente trabajo fue premiado -estando entre los diez mejores trabajos- en mayo del 2014 en el “Concurso – homenaje de relatos cortos sobre Juan Pablo II y el deporte” organizado por la Fundación catalana “Brafa”. Para la presente publicación, hicimos algunas leves modificaciones. La versión premiada, que muy poco difiere de esta que hoy publicamos, se puede leer en este link: http://brafa.org/detNoticia.asp?id_cat=156&id_not=20.

[2]  San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano, 1979.

[3] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan, 1979.

[4]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia, in (1979).

[5]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[6] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia, 1978.

[7] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan.

[8] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[9] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo, 1979.

[10]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol, 1980.

[11]  Cf. San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 1984.

[12] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo.

[13] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[14] San Juan Pablo II, Discurso a los Miembros del Congresso del Panathlon International, 1981.

[15] Reproducimos la frase entera: “2. Todo tipo de deporte lleva en sí un patrimonio rico de valores que deben tenerse en cuenta siempre a fin de ponerlos en práctica: el adiestramiento a la reflexión, el adecuado empleo de las energías propias, la educación de la voluntad, el control de la sensibilidad, la preparación metódica, la perseverancia, la resistencia, el aguante de la fatiga y las molestias, el dominio de las propias facultades, el concepto de la lealtad, la aceptación de las reglas, el espíritu de renuncia y de solidaridad, la fidelidad a los compromisos, la generosidad con los vencidos, la serenidad en la derrota, la paciencia con todos… : son un conjunto de realidades morales que exigen una verdadera ascética y contribuyen eficazmente a formar al hombre y al cristiano” ( San Juan Pablo II, Discurso a un Grupo de Deportistas del Sporting Club de Pisa 1, [1980], 2).

[16] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud, 1980.

[17] San Juan Pablo II, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia.

[18] San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 4.

[19] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[20] El Papa polaco prevenía contra este error diciendo: ” no consideréis el deporte como finalidad en sí mismo ” ( San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud).

[21] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[22] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[23] Es interesante notar que el Papa exhorta a los deportistas a no olvidarse de los valores del “alma sedienta de lo absoluto”, como se ve en su Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol.

[24] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan.

[25] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[26] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[27]  San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 5.

[28] Ibid, 4.

[29] San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma (Jubileo Internacional de los Deportistas), 2000, 4.

[30] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[31]  Ibid.

[32] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo El Papa se basa en Sab 5, 2.

MADRE

I)

4. Concentración madura

“Las madres saben los instantes en los que el misterio
humano
despierta un reflejo de la luz en sus pupilas,
que prece tocar el corazón con la mirada apenas.

Sé de estas lucecitas que pasaron
sin despertar ningún eco
y duran lo que dura un pensamiento.

Hijo mío, complicado y grande, hijo sencillo,
conmigo te acostumbraste a pensamientos comunes a
todos los hombres
y, a la sombra de estas ideas, esperas la profunda voz
del corazón
que en cada persona suena de manera distinta.
Yo soy la madre absoluta
y esta plenitud nunca me cansará.

Cuando eres presa de un instante como éste,
no sientes cambio alguno, todo lo mío te aparece
sencillo.
Ya sabes, cuando las madres captan en los ojos de sus hijos
el hondo latido del corazón,
también estoy allí, recogida en su misterio

II)

1. La imploración de Juan

¡Oh Madre! no detengas el ritmo del corazón
que sube a tu miradad;
no cambies en nada este sentimiento,
en tus manos trasparentes has de traerme
la misma oleada.

Es Él quien te lo pide.

Soy Juan, el pescador, merezco poco que
se enamoren de mi.
Todavía lo recuerdo a orillas del lago,
cuando de repente, El.
No podrás recoger este misterio en mi,
pero dulcemente yo estaré en tus pensamientos,
como una hoja de mirto.

Que pueda decirte Madre, como Él lo quiso;
te ruego que no toques en nada esa palabra;
en verdad no es fácil medir su hondura,
cuyo sentido para ambos fue inspirada por El,
para que en El encuentre cobijo todo nuestro amor
ancestral.

2. El espacio que permanece en ti

Con frecuencia vuelvo al espacio
que tu Hijo, tu único Hijo ocupa.
Mis ideas se ajusntan a su forma,
pero qudan vacíos mis los ojos
y cuelgan de sus labios las palabras de siempre,
las mismas tras las que se ocultaba
cuando deseaba quedarse entre nosotros.

¿Es posible que estas mismas palabras
contengan el espacio mejor que la mirada?
¿Mejor que la memoria y el corazón?
¡Oh Madre!, de nuevo puedes hacerlo tuyo.

Inclínate junto conmigo y acecpta.
Tu Hijo tiene sabor a pan,
pan de una sustancia eterna.

¿Dónde está este espacio: en el murmullo de mis labios,
en los pensamientos, en la mirada, en el recuerdo,
o, tal vez, en el pan?
Se ha perdido entre tus brazos, con la cabecita
apoyada en tu hombro,
porque este espacio ha quedado en ti y de ti procede.

Nunca se ve el espacio. Nuestra unión es tan intensa,
que, cuando con dedos temblorosos partía el pan
para ofrecerlo a la Madre,
me he quedado un momento atónito,
al ver toda la verdad en una lágrima que asomaba
en tus ojos.

Karol Wojtyla

De la Homilía de Su Santidad Benedicto XVI primer aniversario de la muerte del Papa Juan Pablo II

3 de abril de 2006

[…] Pues bien, el amado Pontífice, al que Dios había dotado de múltiples dones humanos y espirituales, al pasar por el crisol de los trabajos apostólicos y la enfermedad, llegó a ser cada vez más una “roca” en la fe.

Quienes tuvieron ocasión de conocerlo de cerca pudieron palpar en cierto modo su fe sencilla y firme, que, si impresionó a sus más cercanos colaboradores, no dejó de extender, durante su largo pontificado, su influjo benéfico por toda la Iglesia, en un crescendo que alcanzó su culmen en los últimos meses y días de su vida. Una fe convencida, fuerte y auténtica, sin miedos ni componendas, que conquistó el corazón de muchas personas, entre otras razones, gracias a las numerosas peregrinaciones apostólicas por todo el mundo, y especialmente gracias a ese último “viaje” que fue su agonía y su muerte. […]
Podríamos decir que él, Sucesor de Pedro, imitó de modo singular, entre los Apóstoles, a Juan, el “discípulo amado”, que permaneció junto a la cruz al lado de María en la hora del abandono y de la muerte del Redentor. Viéndolos allí cerca — narra el evangelista — Jesús encomendó a Juan a María y viceversa: “Mujer, he ahí a tu hijo. (…) He ahí a tu madre” (Jn 19, 26-27).
Juan Pablo II hizo suyas estas palabras pronunciadas por el Señor poco antes de morir. Como el apóstol evangelista, también él quiso recibir a María en su casa: “et ex illa hora accepit eam discipulus in sua” (Jn 19, 27). La expresión “accepit eam in sua” es singularmente densa: indica la decisión de Juan de hacer a María partícipe de su propia vida hasta el punto de experimentar que, quien abre el corazón a María, en realidad es acogido por ella y llega a ser suyo. El lema elegido por el Papa Juan Pablo II para el escudo de su pontificado, Totus tuus, resume muy bien esta experiencia espiritual y mística, en una vida orientada completamente a Cristo por medio de María: “ad Iesum per Mariam”.
Que nuestra mirada esté siempre fija en Cristo, “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8), el cual guía con firmeza a su Iglesia. […]
Y que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos ayude a ser, en todas las circunstancias, como él, apóstoles incansables de su Hijo divino y profetas de su amor misericordioso. Amén.

© Copyright 2006 – Libreria Editrice Vaticana

San Juan Pablo II: al encuentro de los jóvenes

Esta serie de videos cortos buscan mostrar los rasgos más característicos de San Juan Pablo II. Los invitamos verlos y difundirlos. (Para acceder click en la imagen)

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Carta del Beato Juan Pablo II a las mujeres

2. […] Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del “misterio”, a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta “esponsal”, que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.
[…]
10. […] La Iglesia ve en María la máxima expresión del “genio femenino” y encuentra en Ella una fuente de continua inspiración. María se ha autodefinido “esclava del Señor” (Lc 1, 38). Por su obediencia a la Palabra de Dios Ella ha acogido su vocación privilegiada, nada fácil, de esposa y de madre en la familia de Nazaret. Poniéndose al servicio de Dios, ha estado también al servicio de los hombres: un servicio de amor. Precisamente este servicio le ha permitido realizar en su vida la experiencia de un misterioso, pero auténtico “reinar”. No es por casualidad que se la invoca como “Reina del cielo y de la tierra”. Con este título la invoca toda la comunidad de los creyentes, la invocan como “Reina” muchos pueblos y naciones. ¡Su“ reinar“ es servir! ¡Su servir es “reinar“!
[…]
En esto consiste el “reinar” materno de María. Siendo, con todo su ser, un don para el Hijo, es un don también para los hijos e hijas de todo el género humano, suscitando profunda confianza en quien se dirige a Ella para ser guiado por los difíciles caminos de la vida al propio y definitivo destino trascendente. A esta meta final llega cada uno a través de las etapas de la propia vocación, una meta que orienta el compromiso en el tiempo tanto del hombre como de la mujer.
[…]
12. […] Que María, Reina del amor, vele sobre las mujeres y sobre su misión al servicio de la humanidad, de la paz y de la extensión del Reino de Dios.

29 junio 1995

Copyright Editorial Librería Vaticana

 

UN OBISPO PARA LA FAMILIA

S. E. Mons. Giuseppe Mani, Arzobispo de Cagliari, nombrado “obispo de las familias” por Juan Pablo II en 1987, cuenta cómo ha aprendido a compartir la pasión y el amor por la familia a través del propio servicio pastoral, del que al principio no se sentía a la altura ….

 

A la normal sorpresa y estupor por ser nombrado obispo se añadió otra: “serás el obispo de las familias, te confío la zona más grande de Roma, la zona este, para que tengas tantas familias con las que trabajar”.

Estas fueron las palabras con las que Juan Pablo II me acogió en la mañana de la Inmaculada de 1987, el día de mi ordenación. Aquel encargo no me lo esperaba. Èl mismo, nueve años antes, me había nombrado rector de su seminario, me había seguido con una atención que no me obsesionaba, dunque ciertamente era un estímulo continuo, sobre todo por el trabajo vocacional que se llevaba a cabo en el Seminario Romano. Por eso me esperaba ser delegado para las vocaciones y los sacerdotes; pero no. Y se lo dije claro: “Santidad, de la familia no sé nada, conozco solo la mia, que dejé a los dieciseis años para entrar en el seminario”. “Bien. Así aprenderás a conocerla y a trabajar con ella”.

Comencé, seguro de su bendición y de su oración, de las que percibía el efecto. Compré todos los libros en venta sobre la familia, pero enseguida me dí cuenta de que estaban escritos por gente que, de la familia, sabía menos que yo. Decidí entonces ponerme a leer las familias. Cada mañana recibía en mi despacho decenas de familias. Saber que había un obispo disponible para ésto me ocasionó un gran trabajo. Fue precioso. Leer la familia real, concreta, con los colores de la vida era sorprendente. Muchos problemas, pero también mucha santidad. Sentía la falta de reconocimiento, por parte de la Iglesia, de la verdadera santidad familiar.

Todos los días encontraba familias como la de Nazareth, con cruces enormes que llevaban con amor. Reconozco sinceramente que sentía más rabia que devoción cada vez que veía en la fachada de San Pedro las grandes imágenes de religiosas y religiosos canonizados. ¿Es posible que la Iglesia no descubra dónde hay otra grande fuente de santidad? Hablé de ello con el Papa, de forma un poco inmediata, tanto que se defendió. Me preguntó: “¿Cómo va la familia ?”. “Podría ir mejor si Vuestra Santidad, en lugar de canonizar frailes y monjas, canonizase alguna famiglia, al menos un matrimonio”. “Faltan modelos” me replicó. “Pero si los hay …”, le respondí. “No, no; los hay solo entre los mártires de los primeros siglos”. El Papa comenzó a pensar, después susurró: “Está el Dr. Moscati”. “No. Era soltero. Es más, Santidad, hay muchas viudas santas que no dejan en buen lugar a la familia”. El seguía pensando, después me dijo:  “Quizá tengas razón. Durante el último sínodo sobre el laicado querían canonizar a laicos y tuvimos que recurrir a los mártires”. Volví sobre el tema en más ocasiones. Una vez incluso con excesiva insistencia, aprovechando de la benevolencia y del afecto paternal que me demostraba, pero me dijo enérgicamente: “Ponme en la situación de beatificar una pareja y lo haré”. La condición se realizó enseguida. Padre Paolino Quattrocchi vino a hablarme de sus padres como de un matrimonio que podía ser tomado en consideración para beatificarlo. Estaba feliz, sea porque el Padre entendía de causas de los Santos, puesto que era postulador de la causa del Card. Schuster, sea porque de los gastos se ocuparía él. Con satisfacción hablé de ello al Papa, que sonrió por toda respuesta.

Promoví la causa, inició el proceso, pero, me avergüenzo de decirlo, no creía demasiado que pudiese salir adelante; sin embargo, el Señor respondió con un buen milagro.

Cuando todo parecía pronto, la Congregación para las Causas de los Santos dijo que no era suficiente un milagro: eran necesarios dos, pues se trataba de dos personas. No entendía nada. Si necesitan dos milagros, no canonizamos ya a una pareja sino a dos personas.

Había sido nombrado ordinario militar y tenía que dejar a otros mi apasionante trabajo por la familia. El Papa me invitó a comer con él para despedirme como su auxiliar y aproveché la ocasión para hacerle la última petición. “Dejo las familias de Roma con un problema que solo Vuestra Santidad puede resolver. La Congregación para los Santos en la causa Beltrame Quattrocchi quiere dos milagros”. “¿Por qué? ¿Cuál es el problema?” me preguntó; respondí: “Si quiere dos milagros no beatifica a una pareja sino a dos personas. Entonces es inútil todo lo que hemos hecho”. Me esperaba una respuesta. El Papa, sin embargo, se quedó silencioso y, sin darme el más mínimo signo de su pensamiento, cambió de argumento.

Un mes después tuve noticia de que la Congregación había dicho que era suficiente un milagro. Poco después fui invitado a concelebrar con el Papa en la beatificación de la primera pareja de los tiempos modernos. Juan Pablo II creía de verdad en la familia y fue capaz de transmitirme el amor y la pasión por ella, como punto de partida para la nueva evangelización. Siempre que en la homilía hablo de la familia, se despierta la atención del auditorio. He escrito también una carta pastoral sobre la familia, Gracias, que ha llegado ya a más de medio millón de copias. “No sé nada de la familia”. “Aprenderás”. Tenía razón.

 

Mons. Giuseppe Mani

La Madre Teresa y Juan Pablo II

La beata M. Teresa de Calcuta ha testimoniado a todos esta “ternura”. Lo confirma, en esta entrevista, sor Nirmala Maria, íntima colaboradora suya en los últimos años de su vida, “herencia viva” de su amor.

¿Quién era la Madre Teresa?

Citando a M. Teresa: “Soy albanesa de sangre, pero ciudadana indú. En cuanto a la fe, soy una religiosa católica. Por mi vocación, pertenezco a todo el mundo; pero por lo que se refiere a mi corazón, pertenezco enteramente al Corazón de Jesús”. Fundadora de las Misioneras de la Caridad, totalmente consagrada a Dios, vivía una fe que le permitía ver a Jesús en cada persona. Llevaba a todos el amor de Dios, tanto que quien trataba con ella podía experimentar la presencia de Dios, a través del amor descubrir una nueva dignidad y ser mejor. Su vida ha sido una vida apostólica, de profunda oración, humilde, llena de compasión y fuerza, porque buscó sólo cumplir no su voluntad, sino la de Dios.

 

¿Cuáles son los pasajes del Evangelio que expresan mejor vuestro carisma?

El Evangelio de san Juan (19, 25-30), dónde Jesús dice: “Tengo sed”. No sed de agua, sino de amor y de almas. Esto se comprende claramente leyendo el Evangelio de la samaritana. El segundo pasaje está tomado del Evangelio de san Mateo (25, 31- 46): “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

 

¿Qué significaba para la M. Teresa ser mujer, madre, religiosa y misionera?

Significaba irradiar la sencillez, la humildad, la generosidad, la fidelidad y la fecundidad de María, que fue rapidamente a llevar a Jesús a los demás, y permanecer con fuerza y compasión en el Calvario de este mundo, ofreciendo el servicio a Jesús que sufre come Ella en el Calvario.

 

¿Qué relación tenía la M. Teresa con sus hijas, las misioneras de la Caridad ?

Era una madre atenta. Cuando una hermana llegaba de lejos, se preocupaba que comiese, a veces era ella misma quien iba a la cocina a prepararle algo. La he visto también dejar su propia cama a quien estaba inferma. Cuando una hermana se encontraba en dificultad, la llamaba a la Casa Madre para estar cerca de ella y asegurarle la ayuda necesaria. La Madre solía decir: “Dios ha amado tanto al mundo que le ha dado a su Hijo Único”  añadiendo: “El ha amado tanto a los pobres que les ha enviado a las Misioneras de la Caridad. La caridad no es sólo amor humano, sino amor desinteresado, que participa al don de Dios hacia cada persona, un amor que todos son capaces de entender”.

Nosotras no somos, por tanto, asistentes sociales, pues nuestro apostolado es el fruto de nuestra unión con Cristo. Somos contemplativas en la acción. Nuestra obra es el medio con el que realizamos nuestro amor por Cristo.

 

Ustedes hacen cuatro votos: castidad, pobreza, obediencia y servicio gratis y de todo corazón a los más Pobres de entre los Pobres. ¿Cómo explicaba la M. Teresa la necesidad de los votos?

Estos cuatro votos – explicaba la Madre – nos permiten amar a Jesús con corazón indiviso en castidad, con la libertad de la pobreza, en el abbandono total a la obediencia y en el servicio gratis y de todo corazón a El, desfigurado en los más pobres de los pobres. Es así como realizamos nuestro fin: saciar la infinita sed de amor y de almas de Jesucristo en la Cruz.

 

¿Puede explicar cómo entendía la pobreza la M. Teresa?

En su relación con Dios, era la humilde conciencia y aceptación de nuestro pecado, el reconocerse necesitada de El, la disponibilidad para recibirlo todo de El. La pobreza tenía que ser la misma de Jesús crucificado, expropiado de si y de todo por nosotros, aquella auténticamente evangélica que se comunica también con la humildad, la amabilidad en la mirada, en la sonrisa y en el calor del saludo.

 

¿Qué suscitaba en el corazón de las personas el encuentro con la Madre?

Las personas que se encontraban con ella, experimentando su bondad, la cercanía a Dios y la humildad, se convertían en mejores. He visto hombres importantes conmoverse hasta llorar en su presencia; a otros, ofrecer generosamente su ayuda material y económica; a muchos cambiar estilo de vida y ponerse al servicio de los pobres; algunos han decidido ser colaboradores de por vida.

 

¿Puede contarnos algo de la amistad entre la M. Teresa y Juan Pablo II?

Su unión con Juan Pablo II se expresaba en el celo y en el profundo respeto con que intentaba escuchar y responder a la voluntad de Dios a través de sus consejos, obedeciendo a las peticiones y aceptando las misiones que él le confiaba. Entre los dos existía una profunda comunión espiritual que se manifestaba en una amistad afectuosa, basada en la íntima unión con Dios y en el servicio a Sus hijos.

 

El 19 de octubre de 2003 Juan Pablo II la proclamó beata. Esperamos ahora su canonización: ¿qué significaba para la Madre ser santos?

Permitir a Jesús vivir su Vida en ella; dar lo que Dios toma y recibir lo que El dona, con una amplia sonrisa. Enseñaba el secreto de la santidad sirviéndose de los cinco dedos de la mano. Sobre cada dedo de una mano escribía : “quiero, deseo, con la gracia de Dios, ser, santo; y sobre los de la otra mano: lo, habéis, hecho, a, mi. Unid las manos y seréis santos. La santidad depende de nuestro deseo, de nuestra determinación, y de la absoluta confianza en la gracia de Dios”.

 

¿Cuál fue la relación entre la M. Teresa y los jóvenes?

La M. Teresa se encontraba muy a gusto con los jóvenes, y estos con ella. Muchísimos de ellos venían de todas las partes del mundo para hacer voluntariado. Les animaba a profundizar en la fe y a participar en los momentos de oración con las hermanas. Les ayudaba a descubrir pobres en sus familias y en el vecindario. Era también capaz de discernir quién tenía vocación religiosa, animándolo a “Venid a ver”. Decía con una sonrisa amistosa: “Ven a ver y quédate”.

 

¿Cuál fue la cooperación de la M. Teresa al diálogo interreligioso?

Su amor a Dios y a sus hermanos era el origen y el centro del diálogo interreligioso. Su mensaje era este: “Si eres musulmán, sé un buen musulmán, si eres indú, sé un buen indú, etc”. En 1975 fue emocionante su deseo de pedir a los miembros de las diferentes confesiones religiosas que se unieran a ella en la acción de gracias por el 25 aniversario de la Congregación, que se celebraba ese mismo año. Para ello iba a rezar también en sus lugares de culto. Para el 50 aniversario, cuando ya estaba enferma, fueron a rezar con la Madre muchísimas personas en señal de agradecimiento. Desde que murió, el 10 de septiembre de cada año tenemos momentos de oración interreligioso ante su tumba.

 

Sor Nirmala Maria, Usted ha estado cerca de la M. Teresa en los últimos años de su vida, ¿puede contarnos como se preparó a la muerte?

Hablaba siempre de la muerte como de la vuelta a la casa de Dios Padre. Nunca noté en ella miedo a la muerte. Murió así como había vivido: trabajando por Dios hasta el último momento. Amaba la vida y era consciente del valor de cada momento para amar y ser amados, y para “conquistar” almas para Dios.

 

Estamos en el mes mariano, ¿puede decirnos algo de la devoción de la M. Teresa por María, Madre nuestra?

La M. Teresa afirmaba que la Congregación ha nacido por intercesión de la Virgen y que, por lo tanto, es suya: nuestro deber es rezar para que la Congregación pueda ser lo que Ella ha deseado en su Corazón Inmaculado desde el inicio y que ha querido dentro de la Iglesia. María ha sido la primera Misionera de la Caridad: portadora del amor de Dios. Todas nosotras estamos consagradas a su Corazón Inmaculado. La Madre nos recordaba: “Recurrid a Ella para obtener ayuda cuando la obra en bien de las almas es ardua. Ella nos obtendrá la fuerza de abrir a Jesús los corazones que están aún cerrados”.

 

¿Cuál es la herencia de la M. Teresa?

Ante todo ha dejado un ejemplo de cómo ser santos. Ha sido un modelo vivo de Esposa de Jesús crucificado, una auténtica Misionera de la Caridad. Todo nos ha sido transmitido a través de nuestra Regla y de las Constituciones, de sus enseñanzas, escritos, a través del testimonio de quien ha vivido con ella y de quien la ha conocido. Mucho se ha escrito sobre ella, como está documentado en la Postulación. La Madre y su mensaje tienen que descubrirse aún con más profundidad. Su herencia es un tesoro al que acudir en los años venideros.

Domitia Caramazza