MYSTERIUM PASCHALE

Mysterium Paschale
misterio del Paso
en el que
el camino se invierte.
De la vida se pasa a la muerte –
he aquí la experiencia, la certeza.
A través de la muerte entrar en la vida –
He aquí el misterio.
Misterio – una inscripción profunda
aún no plenamente descifrada,
que existe en cada uno como presagio y no contradice a la vida
(¿no la contradice quizá más la muerte?)
Si Uno descubre la inscripción
y la descifra, convirtiéndola en realidad en si mismo,
y PASA –
entonces tocamos la huella,
recibimos el Sacramento en el que permanece
Aquel que ha pasado …
Y también nosotros, en el paso hacia la muerte,
permanecemos en el espacio del misterio.

De las Poesías de Karol Wojtyła

Con el Papa en su capilla privada

Después de una carrera acelerada por los quinientos escalones que nos llevan desde la columnata de Bernini, pasando por el patio de S. Dámaso, hasta la entrada del apartamento pontificio, nos encontramos a las siete menos veinte de la mañana cogiendo aire y tranquilizando el corazón, mientras esperamos que nos abran la puerta para entrar en la capilla privada del Papa.

Pocos minutos antes de la siete las cincuenta Hermanas nos encontramos apretadas en la pequeña capilla, que tiene cabida sólo para treinta personas, ¡pero ni siquiera me doy cuenta!

Contengo el aliento por la emoción y la alegría. Ningún ruido, ni siquiera una tos rompe el gran silencio que reina. Dan las siete. El Papa no da señales de salir de su profundo recogimiento. Los secretarios y los otros dos concelebrantes, ya revestidos, esperan sentados a ambos lados del altar. P. Stanislao echa una mirada al Papa, atento al mínimo gesto.

He aquí que después de algún minuto el Papa se levanta, se vuelve hacia nosotras con un gesto y un saludo de bienvenida; da tres pasos, lentamente, y ya está en el altar, ahora nos da la espalda.
Los secretarios le ayudan a revestirse, lentamente, como un rito. Nadie tiene prisa, parece como si el tiempo se hubiese parado. Le ciñen a la cintura los cordones del amito y el cíngulo.
Deja hacer a los otros. Su persona me parece débil …. Pienso en Pedro, en las palabras que le dijo Jesús: “Cuando eras joven, te ceñías la cintura tu solo e ibas a donde querías, pero cuando serás anciano, extenderás tus manos, y otro te ceñirá la cintura y te llevará a donde no quieres” (Jn. 21, 18).

Es Cristo quien le ciñe ahora y lo lleva por los caminos misteriosos de la misión que le ha confiado, tras El. Siento que el Papa es el hombre más pobre, más solo, el hombre que no se pertenece ya, pero que se deja conducir a donde el Señor le llama para anunciar el Evangelio. Y esto no solo en sus viajes apostólicos, sino sobre todo en el viaje más misterioso y sacrificado en el propio interior, allí donde el hombre, instrumento dócil en las manos de Dios, instaura el Reino en sí, para Dios y para los hermanos … Inicia la Santa Misa. El clima es aún de espera: cada gesto, cada palabra, tienen una solemnidad y un tono grave, diría lleno de misterio y de sufrimiento, y al mismo tiempo de una grande sencillez.

Sobre el altar domina el Crucifijo de bronce, inclinado hacia adelante; pero no me doy cuenta de esta posición hasta que no contemplo a ambos lados, como por un juego de luces, su sombra proyectada en seis o siete crucifijos que lo rodean en forma de corona, con el cuerpo profundamente abandonado hacia adelante. Sí, hoy el sacrificio de Cristo continúa en tantos hermanos, especialmente en aquellos perseguidos a causa de su fe en El. A los lados del altar, en la pared del fondo ligeramente cóncava, se abren dos pasillos que se juntan en otro circular detrás del altar. Está bien iluminado y en la pared del pasillo de la derecha descubro, en un mosaico hecho con rudas piedras blancas y marrones, ligero como una pintura, el martirio de san Pablo, y en la pared del pasillo de la izquierda, el de san Pedro.

Quedo fuertemente impresionada. El Papa, en oración, siempre tiene delante el Sagrario, el Crucifijo, el martirio de los dos Apóstoles, sus predecesores; contemplo mentalmente el entorno con su persona … En la pared derecha, además, se ve un recuadro, iluminado indirectamente, en el que están clavadas, de cuatro en cuatro, en baldosas de bronce, las estaciones del Via Crucis. En la primera se lee: Mors in nobis operatur, en la cuarta: Vita autem in nobis. Mi corazón se llena de agradecimiento y de amor hacia ti, Juan Pablo II, que también por mi crees, esperas, sufres con Cristo, lo anuncias, me confirmas en la fe.

Vete por el mundo, icona viva de Cristo, testigo de Dios, y anuncia que el Señor ha resucitado y vive en la Iglesia, llenando así el mundo de esperanza.
Te habíamos pedido con filial insistencia que nos acogieses, que nos permitieras sólamente verte y rezar contigo, sin discursos para no cansarte ni robarte un tiempo precioso.
Pero, personalmente, no he perdido nada: tu persona, tu Misa, la capilla donde habitualmente elevas las manos al cielo por el mundo entero, han sido para mi el más elocuente de los discursos que podías dirigirme, se ha imprimido con fuerza en mi corazón, con carácter de fuego. Te has convertido para mi en una auténtica referencia a Cristo, es como si ahora me precedieras, con el signo de tu invencible fe, fijando la mirada en el Invisible.
¡Gracias!

Sr.l. Maria Vittoria

El centro de mi vida y de cada jornada

“La Santa Misa es en absoluto el centro de mi vida y de cada jornada”. Estas palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II sintetizan lo que él sentía mayormente en su corazón: la cercanía a Dios y la cercanía al hombre, pues vivir la Eucaristía comporta ambas.

La cercanía a Dios, que El vivía por intercesión de María, de la que hasta el último momento de su vida se dijo totus tuus, se expresaba sobre todo en ser hombre eucarístico. Con María, escribió en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, es necesario contemplar el rostro de Cristo y con Ella y como Ella, Juan Pablo II nos ha enseñado a ponernos ante la Eucaristía: misterio que se celebra, se adora y se contempla.

Misterio que se contempla. Quien escribe ha tenido la suerte de participar en tantas Misas del Siervo de Dios. Misas celebradas en las situaciones más variadas: en su capilla privada, en las grandes basílicas romanas, en las parroquias, en ocasión de encuentros inmensos en torno a grandes altares preparados para el momento o en palcos más modestos, preparados en pequeñas Diócesis o en situaciones más pobres. Misas celebradas cuando el Papa gozaba de plena salud y cuando, en los últimos años, se veía obligado a estar en una silla móvil. La intensidad con que el amado Juan Pablo II celebraba, sin embargo, era sempre la misma. Su identificación con Cristo que se ofrece al Padre, era completa. Mirando a Juan Pablo II mientras celebraba, se percibía con claridad qué significa celebrar in persona Christi. Su recogimiento quitaba importancia a cualquier situación externa. Incluso ante asambleas de millones de personas, en el altar estaban el Papa y Cristo, juntos se dirigían al Padre, se ofrecían en acción de gracias. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, la Misa celebrada al abierto, en Sarajevo, bajo la nieve? ¿O la Misa de Nochebuena del 2000, celebrada en la Plaza de San Pedro, bajo una lluvia torrencial? Juan Pablo II era consciente, como ha escrito en su libro autobiográfico Don y misterio, que en la Eucaristía se hace presente Cristo que ofrece a Dios Padre el sacrificio de si mismo, de su Carne y de su Sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos del Padre a toda la humanidad, e indirectamente a toda la creación. El sacerdote – continúa – celebrando cada día la Eucaristía, entra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración de la Eucaristía no puede que ser, para él, el momento más importante de la jornada, el centro de su vida. Esta conciencia no le permitía en ninguna situación distraerse de la centralidad del misterio que celebraba. Se diría que mientras presidía o asistía a la Misa vivía casi una relación mística con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo. Juan Pablo II, por otra parte, había alimentado toda su vida de la Eucaristía, desde joven hasta cuando, joven sacerdote, celebró su Primera Misa, providencialmente, el 2 de noviembre cuando la Iglesia, conmemorando a todos los fieles difuntos, permite que el sacerdote celebre tres Misas. Y de Eucaristía, viático hacia la eternidad, se alimentó también poco antes de volver a la Casa del Padre, en aquella inolvidable tarde del 2 de abril del Año de la Eucaristía, en la Octava de Pasqua, después de las Vísperas del Domingo de la Divina Misericordia.

 

Pero el misterio eucarístico, nos ha recordado Juan Pablo II, es también para adorarlo y contemplarlo. La presencia de Jesús en el Sagrario – escribió en Mane nobiscum Dominetiene que constituir una especie de polo de atracción para un múmero siempre mayor de almas enamoradas de El, capaces de estar largo tiempo escuchando la voz y los latidos del corazón. “Gustad y ved cuánto es bueno el Señor” (Ps 33 [34],9). El “estar” de Juan Pablo II a menudo retrasaba los programas de las visitas, el inicio de las Santas Misas, a las que se preparaba, y después de las cuales se recogía, con un tiempo de oración tan intenso cuanto prolungado.

 

Juan Pablo II era así. Un apasionado y enamorado de Dios, de la Eucaristía, que miraba con los ojos de María, sin miedo a escribir que El mismo Rosario, comprendido en su sentido profundo, bíblico y cristocéntrico … puede ser un camino particularmente idóneo per la contemplación eucarística, llevada a cabo en compañía y en la escuela de María” (MND, 18), aquel Rosario al que quiso añadir los Misterios de luz, el último de ellos: “La institución de la Eucaristía”.

 

Esta cercanía a Dios lo empujaba hacia el hombre. La Eucaristía no sería auténtica si no implicase un compromiso de atención, de caridad que anuncia al Unico que salva al hombre, a todo el hombre, a cada hombre.

 

Daba a entender esta atención, su amor por una solemnidad, la del Corpus Christi, cuya liturgia prevee la procesión eucarística después de la celebración de la Santa Misa: proclamación de la fe en el Dios que, encarnándose, se ha hecho nuestro compañero de viaje, y que exige ser testimoniada en cualquier parte y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor agradecido y como fuente inagotable de bendición.

 

En Roma, en 1979, cuando la propuso por primera vez, esta procesión – que aún hoy se lleva a cabo desde la Basílica de san Juan de Letrán hasta la de santa María la Mayor – creó estupor. Juan Pablo II – siempre fiel a esta cita hasta el último año de su vida – sabía bien que la Eucaristía empuja hacia el hombre, a amarlo y a restituirle su dignidad y libertad.

 

Por esta procesión había combatido siempre como Arzobispo de Cracovia, recordando cómo hasta antes de la guerra se llevaba a cabo, en su Cracovia, desde la colina de Wawel por las calles de la ciudad antigua hasta la preciosísima y central Plaza del Mercado, Rynek Glowny. Allí el Arzobispo en procesión daba la vuelta llevando al Santísimo Sacramento en una antigua custodia de oro y, parándose ante varios altares levantados a lo largo del perímetro de la plaza, pronunciaba la homilía. En tiempos del comunismo, intencionado a desarraigar toda libertad religiosa, esta procesión no le fue permitida, pero cada año el Card. Wojtyla conseguía un poco de terreno y desde las primeras formas que permitían a la procesión realizarse solamente alrededor del patio del palacio real, sobre la colina de Wawel, se llegó, después de muchas protestas contro el régimen desde 1971, a poder bajar desde la colina y recorrer – aunque pocos – algunos aislados márgenes de la ciudad. Para Wojtyla eran ocasiones para recordar al pueblo polaco su pertenencia cristiana, los propios derechos religiosos y la libertad de expresar la propia fe. En 1977 recordó al gobierno: “Continúa a crecer la conciencia de los derechos humanos” en toda la sociedad y en el mundo entero y, “!tales derechos son innegables!”. Estos discursos no eran políticos, sino de amor al hombre, y a la verdad sobre el hombre. No estaban separados del amor y de la devoción eucarística, sino que eran muy pertinentes. El mismo Wojtyla, en 1977, lo explicó: “Pido perdón a Nuestro Señor – dijo al terminar la procesión de ese año – si, al menos en apariencia, no he hablado de El. Pero ha sido solo en apariencia. He hablado de nuestros problemas … para que todos podamos entender que El, viviente en el Sacramento de la Eucaristía, vive nuestra vida humana …”.

 

Alguno a veces acusa de espiritualismo desencarnado ciertas formas de amor y devoción a la Eucaristía, como la Adoración. Quisiera que se recordara, ante esta tentación, el pensamiento de Juan Pablo II y la unidad entre fe y vida, amor a Dios y al hombre que en él se daban, y, en esta óptica de espiritualidad wojtyliana, o simplemente auténticamente cristiana, querría, en fin, que fueran leídas las palabras que el Siervo de Dios dirigió a los jóvenes centinelas del nuevo milenio en Tor Vergata, al terminar la famosa Jornada Mundial de la Juventud del 2000: “volviendo a vuestros países, poned la Eucaristía en el centro de vuestra vida personal y comunitaria: amadla, adoradla, celebradla, sobre todo el Domingo, día del Señor. Vivid la Eucaristía testimoniando el amor de Dios por los hombres”.

Que Juan Pablo II, hombre eucarístico, nos ayude a todos a vivir como él.

 

Mons. Mauro Parmeggiani

Secretario General del Vicariato de Roma

Primeros años de sacerdocio de Karol Wojtyla

Habiendo sido ordenado sacerdote en la fiesta de Todos los Santos, celebré la “primera Misa” el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre de 1946. En este día cada sacerdote puede celebrar para provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi “primera” Misa […] fue una experiencia de especial intensidad. Celebré las tres Santas Misas en la cripta de San Leonardo, que ocupa, en la catedral del Wawel, en Cracovia, la parte anterior de la llamada cátedra episcopal de Herman. […]

Al elegirla como el lugar de mis primeras Misas quise expresar un vínculo espiritual particular con los que reposan en esa catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual. Está impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de significado histórico y teológico. Reposan en ella los reyes polacos, empezando por Wladyslaw Lokietek.

Había, en esa elección, una especial dimensión teológica. Como he dicho, fui ordenado el día anterior, en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando la Iglesia expresa litúrgicamente la verdad de la Comunión de los Santos – Communio Sanctorum -. Los Santos son aquellos que, habiendo acogido en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la resurrección final.

También las personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de la catedral del Wawel, esperan allí la resurrección. Toda la catedral parece repetir las palabras del Símbolo de los Apóstoles: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”’. Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones. […] Después, como sacerdote y como obispo, he visitado siempre con gran emoción la cripta de San Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado poder celebrar allí la Santa Misa con ocasión del quincuagésimo aniversario de mi Ordenación sacerdotal! […]

Noviembre pasaba de prisa: era ya el tiempo de partir hacia Roma. Cuando llegó el día establecido, subí al tren con gran emoción. […]

No podré olvidar nunca la sensación de mis primeros días “romanos” cuando en 1946 empecé a conocer la Ciudad Eterna. Me inscribí en el “biennium ad lauream” en el Angelicum. […]

El P. Karol Kozlowski, Rector del Seminario de Cracovia, me había dicho muchas veces que, para quien tiene la suerte de poderse formar en la capital del Cristianismo, más aún que los estudios (¡un doctorado en teología se puede conseguir también fuera!) es importante aprender Roma misma. Traté de seguir su consejo. Llegué a Roma con un vivo deseo de visitar la Ciudad Eterna, empezando por las Catacumbas. Y así fue. Con los amigos del Colegio Belga, donde habitaba, tuve la oportunidad de recorrer sistemáticamente la Ciudad con la guía de conocedores expertos de sus monumentos y de su historia. […] Cada día desde el Colegio Belga, en vía del Quirinale 26, iba al Angelicum para las clases, parándome durante el camino en la iglesia de los Jesuitas de San Andrés del Quirinale, donde se encuentran las reliquias de San Estanislao de Kostka, que vivió en el noviciado contiguo y allí terminó su vida. Recuerdo que entre los que visitaban la tumba había muchos seminaristas del Germanicum, que se reconocían fácilmente por sus características sotanas rojas. En el corazón del Cristianismo y a la luz de los santos, las nacionalidades también se encontraban, como prefigurando, más allá de la tragedia bélica que tanto nos había marcado, un mundo sin divisiones. Mi sacerdocio y mi formación teológica y pastoral se enmarcaban así desde el comienzo en la experiencia romana. Los dos años de estudios, concluidos en 1948 con el doctorado, fueron años de intenso “aprender Roma”. El Colegio Belga contribuía a enraizar mi sacerdocio, día tras día, en la experiencia de la capital del Cristianismo. En efecto, me permitía entrar en contacto con ciertas formas de vanguardia del apostolado, que en aquella época iban desarrollándose en la Iglesia. […]

En Roma tuve la posibilidad de descubrir más a fondo cómo el sacerdocio está vinculado a la pastoral y al apostolado de los laicos. Entre el servicio sacerdotal y el apostolado laical existe una estrecha relación, más aún, una coordinación recíproca. Reflexionando sobre estos planteamientos pastorales, descubría cada vez de forma más clara el sentido y el valor del sacerdocio ministerial mismo. La experiencia vivida en el Colegio Belga se amplió, a continuación, gracias a un contacto directo no sólo con la nación belga, sino también con la francesa y la holandesa. Con el consentimiento del Cardenal Sapieha, durante las vacaciones veraniegas de 1947, el P. Stanislaw Starowieyski y yo pudimos visitar aquellos países. Me abría así a un horizonte europeo más amplio. En París, donde residí en el Seminario Polaco, pude conocer de cerca la experiencia de los sacerdotes obreros […] y la pastoral de las misiones en la periferia de París, sobre todo en la parroquia dirigida por el P. Michonneau. Estas experiencias, en el primer y segundo año de sacerdocio, tuvieron para mí un enorme interés. En Holanda […] me impresionó la sólida organización de la Iglesia y de la pastoral en aquel País, con estructuras activas y comunidades eclesiales vivas. Descubría así cada vez mejor, desde puntos de vista diversos y complementarios, la Europa occidental, la Europa de la posguerra, la Europa de las maravillosas catedrales góticas y, al mismo tiempo, la Europa amenazada por el proceso de secularización. Percibía el desafío que todo ello representaba para la Iglesia, llamada a hacer frente al peligro que conllevaba mediante nuevas formas de pastoral, abiertas a una presencia más amplia del laicado. La mayor parte de aquellas vacaciones veraniegas las pasé, sin embargo, en Bélgica. Durante el mes de septiembre estuve al frente de la misión católica polaca, entre los mineros, en las cercanías de Charleroi. Fue una experiencia muy fructífera. Por primera vez visité una mina de carbón y pude conocer de cerca el pesado trabajo de los mineros. Visitaba las familias de los emigrantes polacos y me reunía con la juventud y los niños, acogido siempre con benevolencia y cordialidad, como cuando estaba en la Solvay. En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías. Fue para mí una experiencia inolvidable. […] Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario. Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario “hacerse prisionero del confesionario”. Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable. He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro. A principios de julio de 1948 defendí la tesis doctoral en el Angelicum e inmediatamente después me puse en camino de regreso a Polonia. […]

Al regresar llevaba conmigo no sólo un mayor bagaje de cultura teológica, sino también. la consolidación de mi sacerdocio y la profundización de mi visión de la Iglesia. […] gracias a Roma mi sacerdocio se había enriquecido con una dimensión europea y universal.

 

Juan Pablo II  – Don y misterio

© Copyright 2006 – Libreria Editrice Vaticana

 

«Que Juan Pablo II fue un santo lo tuve cada vez más claro al colaborar con él», dice Benedicto XVI

cropped-papa_75ea771f.jpgEl periodista polaco Wlodzimierz Redzioch ha sido el primero en entrevistar con detalle a Benedicto XVI desde que es papa emérito. El motivo fue conocer mejor a la figura de Juan Pablo II para elaborar un libro titulado “Junto a Juan Pablo II. Hablan los amigos y colaboradores”, que recoge 21 entrevistas a personas cercanas al Pontífice polaco, la primera de ellas la de Joseph Ratzinger. Esta Semana Santa el diario La Razón ha publicado lo que el Papa emérito explicaba sobre su predecesor en esa entrevista. 

-Santidad, los nombres de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger están vinculados, por varios motivos, con el Concilio Vaticano II. ¿Se conocieron durante el Concilio?
-El primer encuentro consciente entre el cardenal Wojtyla y yo tuvo lugar solamente en el Cónclave en el que fue elegido el Papa Juan Pablo I. Durante el Concilio, habíamos colaborado los dos en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, pero en secciones diversas, de modo que no nos encontramos. 

»En septiembre de 1978, con ocasión de la visita de los obispos polacos a Alemania, yo estaba en Ecuador como representante personal de Juan Pablo I. La Iglesia de Munich y Frisinga está vinculada con la Iglesia ecuatoriana por una fraternidad llevada a cabo por el arzobispo Echevarría Ruiz (Guayaquil) y el cardenal Döpfner. Y así, con enorme disgusto, perdí la ocasión de conocer personalmente al arzobispo de Cracovia. Naturalmente había oído hablar de su obra de filósofo y de pastor, y desde hace tiempo deseaba conocerle.

»Wojtyla por su parte había leído mi Introducción al cristianismoque había también citado en los Ejercicios Espirituales predicados por él a Pablo VI y a la Curia en la Cuaresma de 1976. Por ello es como si interiormente los dos hubiéramos estado esperando encontrarnos. Experimenté desde el principio una gran veneración y una cordial simpatía por el metropolitano de Cracovia. En el pre-cónclave de 1978 él analizó para nosotros en modo sorprendente la naturaleza del marxismo. Pero sobre todo percibí enseguida con fuerza la fascinación humana que él despertaba y, de cómo rezaba, advertí cuán unido a Dios estaba.

-¿Qué experimentó cuando el santo Padre Juan Pablo II le ha llamó para confiarle la guía de la Congregación para la Doctrina de la fe?
-Juan Pablo II me llamó en 1979 para nombrarme prefecto de la Congregación para la Educación Católica.

»Habían transcurrido apenas dos años desde mi consagración episcopal en Munich y me parecía imposible dejar tan rápido la sede de san Corbiniano. La consagración episcopal representaba de alguna manera una promesa de fidelidad hacia mi diócesis de pertenencia. Pedí por ello al Papa que no hiciera ese nombramiento; y él llamó para ese encargo al cardenal Baum de Washington, preanunciándome, con todo, desde aquel momento, que enseguida me llamaría para otro encargo. Fue en el curso del año 1980 cuando me dijo que me quería nombrar, a finales de 1981, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como sucesor del cardenal Šeper.

»Dado que continuaba sintiéndome obligado ante mi diócesis de pertenencia, para la aceptación del encargo me permití poner una condición, que por lo demás consideraba irrealizable. Dije que sentía el deber de continuar publicando trabajos teológicos. Podría responder afirmativamente sólo si esto fuera compatible con la tarea de prefecto. El Papa, que conmigo era siempre muy benévolo y comprensivo, me dijo que se informaría sobre esa cuestión para hacerse una idea. Cuando más tarde le hice una visita, me explicó que las publicaciones teológicas son compatibles con el oficio de prefecto; también el cardenal Garrone, dijo, había publicado trabajos teológicos cuando era prefecto de la Congregación para la Educación Católica.

»Así que acepté el encargo, bien consciente de la gravedad de la tarea, pero sabiendo también que la obediencia al Papa exigía ahora de mí un «sí».

-¿Podría decirnos cómo se desarrollaba la colaboración entre ustedes?
– La colaboración con el santo Padre estuvo siempre caracterizada por la amistad y el afecto. Ésta se desarrolló sobre todo en dos planos: el oficial y el privado.

»El Papa cada viernes, a las seis de la tarde, recibía en audiencia al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que sometía a su decisión los problemas aparecidos. Tenían naturalmente prioridad los problemas doctrinales, a los que se añadían cuestiones de tipo disciplinar (la reducción al estado laical de sacerdotes que hacen una petición, la concesión del privilegio paulino para aquellos matrimonios en los que uno de los dos cónyuges no es cristiano, y otras cuestiones). Enseguida se añadió también el trabajo en vía de elaboración del Catecismo de la Iglesia Católica.

»Algunas veces, el santo Padre recibía con tiempo la documentación esencial y por tanto conocía anticipadamente las cuestiones de las que iba a tratar. De este modo, sobre problemas teológicos hemos podido siempre conversar fructuosamente. El Papa era muy versado en literatura alemana contemporánea y era siempre hermoso (para los dos) buscar juntos la decisión justa sobre todas estas cosas.

»Junto a las verdaderas y específicas citas oficiales, había diversos tipos de encuentros semioficiales o no oficiales.

»Llamaría semioficiales a las audiencias en las que, por diversos años, cada martes por la mañana, se trataban las catequesis del miércoles con grupos compuestos cada vez en modo diverso. Por medio de las catequesis, el Papa había decidido ofrecer con el tiempo un catecismo. Él indicaba los temas y hacía preparar breves consideraciones preliminares para desarrollar luego. Dado que estaban siempre presentes representantes de diversas disciplinas, esas conversaciones eran siempre muy hermosas e instructivas; las recuerdo con gusto. También aquí emergía la competencia teológica del Papa. Pero al mismo tiempo, yo admiraba su disponibilidad a aprender.

»En fin, era costumbre del Papa, invitar a comer a los obispos en visita ad limina, como también a grupos de obispos y sacerdotes de diversa composición, según la circunstancia. Eran casi siempre «comidas de trabajo» en las cuales a menudo se proponía un tema teológico.

»En los primeros tiempos hubo toda una serie de comidas en las que se discutía paso a paso el nuevo Código. Era una versión semi-definitiva sobre la que trabajábamos durante esas comidas, elaborando de este modo la redacción final. Más tarde, se discutieron los temas más variados.

»El gran número de presentes hacía siempre variada la conversación y de amplios vuelos. Y, sin embargo, había siempre un puesto para el buen humor. El Papa reía con gusto y así aquellas comidas de trabajo, a pesar de la seriedad que se imponía, eran de hecho también ocasiones para estar en gozosa compañía.

-¿Cuáles han sido los desafíos doctrinales que han afrontado juntos durante su mandato al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe?
-El primer gran desafío que afrontamos fue la Teología de la Liberación que se estaba difundiendo en América Latina. Tanto en Europa como en América del Norte era opinión común que se trataba de un apoyo a los pobres y por tanto de una causa que se debía aprobar sin más. Pero era un error. 

»La pobreza y los pobres eran sin duda tematizados por la Teología de la liberación pero con una perspectiva muy específica. Las formas de ayuda inmediata a los pobres y las reformas que mejoraban la condición venían condenadas como reformismo que tiene el efecto de consolidar el sistema: provocaban, se decía, rabia e indignación que, con todo, eran necesarias para la transformación revolucionaria del sistema. 

»No era cuestión de ayudas y de reformas, se decía, sino de la gran revuelta, de la que debía salir un mundo nuevo. La fe cristiana era usada como motor para este movimiento revolucionario, transformándola así en una fuerza de tipo político. Las tradiciones religiosas de la fe eran puestas al servicio de la acción política. 

»De este modo, la fe era profundamente alienada de sí misma y se debilitaba así también el verdadero amor por los pobres. Naturalmente, estas ideas se presentaban con diversas variantes y no siempre se asomaban con absoluta nitidez, pero, en el conjunto, esta era la dirección. 

»A una tal falsificación de la fe cristiana era necesario oponerse también precisamente por amor de los pobres y en favor del servicio a ellos. Sobre la base de las experiencias hechas en su patria polaca, Juan Pablo II nos facilitó las reflexiones fundamentales. Por una parte, él había vivido la esclavitud operada por esa ideología marxista que hacía de madrina de la Teología de la Liberación. 

»Sobre la base de su dolorosa experiencia, le resultaba claro que era necesario contrastar ese tipo de «liberación». Por otra parte, precisamente la situación de su patria le había mostrado que la Iglesia debe verdaderamente actuar para la libertad y la liberación no en modo político, sino despertando en los hombres, a través de la fe, las fuerzas de la auténtica liberación. 

»El Papa nos guió para tratar los dos aspectos: por un lado, desenmascarar una falsa idea de liberación, por otro, exponer la auténtica vocación de la Iglesia a la liberación del hombre. Esto es lo que hemos tratado de decir en las dos Instrucciones sobre la Teología de la liberación que están al principio de mi trabajo en la Congregación para la Doctrina de la Fe.

»Uno de los principales problemas de nuestro trabajo, en los años en los que fui Prefecto, era el esfuerzo por llegar a una correcta comprensión del ecumenismo.

»También en este caso se trata de una cuestión que tiene un doble perfil: por un lado, se debe afirmar con toda urgencia la tarea de actuar a favor de la unidad y se deben abrir caminos que conduzcan a ella; por otro, es necesario rechazar falsas concepciones de la unidad, que querrían alcanzar la unidad de la fe a través del atajo de la disolución de la fe.

»Han nacido en este contexto los documentos sobre varios aspectos del ecumenismo. Entre ellos, el que suscitó las mayores reacciones fue la declaración Dominus Jesusdel 2000, que resumió los elementos irrenunciables de la fe católica. 

»Por último, nos hemos ocupado también de la cuestión relativa a la naturaleza y a la tarea de la teología en nuestro tiempo. Cientificidad y vinculación con la Iglesia les parecen hoy a muchos elementos en contradicción. Y, sin embargo, la teología puede subsistir únicamente en la Iglesia y con la Iglesia. Sobre esta cuestión hemos publicado una Instrucción. 

»El diálogo entre las religiones es y sigue siendo un tema central; sobre él, sin embargo, hemos podido publicar sólo algunos textos más bien breves. Hemos tratado de acercarnos a la cuestión con prudencia, sobre todo a través del diálogo con los teólogos y las conferencias episcopales. Importante fue sobre todo el encuentro con las comisiones doctrinales de las Conferencias Episcopales de los países asiáticos en Hong Kong.

-Entre las muchas encíclicas de Juan Pablo II, ¿cuál considera la más importante?
-Pienso que son tres las encíclicas de particular importancia. En primer lugar, querría mencionar la «Redemptor hominis», la primera encíclica del Papa, en la que él ofreció su síntesis personal de la fe cristiana.

»Este texto es una especie de compendio de su personal confrontación y encuentro con la fe y presenta así una visión completa de la lógica del cristianismo.

»Como respuesta a la pregunta sobre cómo se puede ser cristiano hoy y creer como católico, este texto totalmente personal y a la vez totalmente eclesial puede ser de gran ayuda a todos aquellos que están buscando.

»En segundo lugar, querría mencionar la encíclica «Redemptoris missio». Se trata de un texto que pone de manifiesto la importancia permanente de la tarea misionera de la Iglesia, deteniéndose particularmente en las cuestiones que se plantean a la cristiandad en Asia y que ocupan a la teología en el mundo occidental.

»Se examina la relación entre el diálogo de las religiones y la tarea misionera y se muestra por qué, también hoy, es importante anunciar la Buena Nueva de Cristo, el Redentor de todos los hombres, a los hombres de todo lugar de la tierra y de toda cultura.

»En tercer lugar, querría citar la encíclica sobre los problemas morales, «Veritatis splendor». Ha precisado de largos años de maduración y sigue siendo de permanente actualidad. La Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, frente a la orientación de la época, prevalentemente iusnaturalista de la teología moral, quería que la doctrina moral católica sobre la figura de Jesús y su mensaje tuviera un fundamento bíblico. Esto se intentó a través de las referencias bíblicas sólo durante un breve periodo, luego se fue afirmando la opinión de que la Biblia no tenía una moral propia que anunciar, sino que se remitía a los modelos morales válidos según la ocasión. La moral es cuestión de la razón, se decía, no de la fe.

»Desapareció así, por una parte, la moral entendida en sentido iusnaturalista, pero en su lugar no se afirmó ninguna concepción cristiana. Y dado que no se podía reconocer ni un fundamento metafísico ni uno cristológico de la moral, se recurrió a soluciones pragmáticas: una moral fundada sobre el principio del equilibrio de bienes, en la cual no existe ya lo que está verdaderamente mal o lo que está verdaderamente bien, sino sólo aquello que, desde el punto de vista de la eficacia, es mejor o peor.

»La gran tarea que el Papa tuvo en esta encíclica fue la de recuperar nuevamente un fundamento metafísico en la antropología, como también una concreción cristiana en la nueva imagen del hombre de la Sagrada Escritura.

»Estudiar y asimilar esta encíclica sigue siendo un gran e importante deber.

»De gran significado es también la encíclica «Fides et ratio», en la que el Papa se esfuerza por ofrecer una nueva visión de la relación entre fe cristiana y razón filosófica. Por último es absolutamente necesario mencionar la «Evangelium Vitae», que desarrolla uno de los temas fundamentales de todo el pontificado de Juan Pablo II: la dignidad intangible de la vida humana, desde el momento mismo de la concepción.

-¿Cuáles eran las características sobresalientes de la espiritualidad de Juan Pablo II?
-La espiritualidad del Papa estaba caracterizada sobre todo por la intensidad de su oración y por tanto estaba profundamente arraigada en la celebración de la Santa Eucaristía y era practicada junto con toda la Iglesia mediante el rezo del Breviario. 

»En su libro autobiográfico «Don y misterio» es posible ver cómo el sacramento del sacerdocio determinó su vida y su pensamiento. Así, su devoción no podía nunca ser puramente individual, sino que estaba siempre también llena de solicitud por la Iglesia y por los hombres. La tarea de llevar a Cristo a los demás estaba arraigada en el centro de su piedad. 

»Todos nosotros hemos conocido su gran amor por la Madre de Dios. Donarse del todo a María significó ser, con ella, totalmente para el Señor. Así como María no vivió para sí misma sino para Él, del mismo modo, él aprendió de ella y del estar con ella una completa y rápida dedicación a Cristo.

-Ha abierto el iter para la beatificación antes de los tiempos establecidos por el Derecho Canónico. ¿Desde cuándo y cómo se ha convencido de la santidad de Juan Pablo II?
Que Juan Pablo II fuera un santo, en los años de la colaboración con él me ha sido continuamente cada vez más claro. Hay que tener en cuenta ante todo naturalmente su intensa relación con Dios, ese estar inmerso en la comunión con el Señor del que acabo de hablar. De aquí venía su alegría en medio de las grandes fatigas que tenía que soportar, y la valentía con la que asumió su tarea en un tiempo realmente difícil. 

»Juan Pablo II no pedía aplausos, ni ha mirado nunca alrededor preocupado por cómo eran acogidas sus decisiones. Él ha actuado a partir de su fe y de sus conviccionesy estaba también dispuesto a sufrir golpes. La valentía de la verdad es, a mi modo de ver, un criterio de primer orden de la santidad. Sólo a partir de su relación con Dios es posible entender también su indefectible empeño pastoral.

»Su empeño fue infatigable, y no sólo en los grandes viajes, cuyos programas estaban llenos de citas, desde el comienzo hasta el fin, sino también día a día, desde la misa de la mañana hasta las altas horas de la noche.

»Durante la primera visita a Alemania (1980), tuve por primera vez una experiencia muy concreta de este empeño enorme. Para su estancia en Múnich, decidí que debía tener un descanso más largo a mediodía. Durante la pausa me llamó a su habitación. Lo encontré mientras rezaba el Breviario y le dije: «Santo Padre, usted debería descansar»; y él: «Podré hacerlo en el cielo».

»Sólo quien está profundamente lleno de la urgencia de su misión puede actuar así. Pero debo honrar también su extraordinaria bondad y comprensión. A menudo habría tenido motivos suficientes para criticarme o poner fin a mi tarea de Prefecto. Y sin embargo me sostuvo con una fidelidad y una bondad absolutamente incomprensible.

»Querría poner un ejemplo. Frente al torbellino que se había desatado por la declaración Dominus Jesus, me dijo que en el Angelus quería defender inequívocamente el documento. Me invitó a escribir un texto para el Angelus que fuera estanco y no permitiera ninguna interpretación diversa. Tenía que emerger de forma inequívoca que él aprobaba el documento. 

»Preparé por tanto un breve discurso; no pretendía, sin embargo, ser demasiado brusco y por ello traté de expresarme con claridad pero sin dureza. Después de leerlo, me dijo : «¿Es de verdad suficientemente claro?». Yo respondí que sí. Quien conoce a los teólogos no se sorprenderá por el hecho de que hubo quien sostuvo que el Papa había prudentemente tomado distancia de la «Dominus Jesus».

-¿Qué experimenta hoy que la Iglesia reconoce la santidad de «su» Papa, Juan Pablo II, del que ha sido un estrecho colaborador?
-Mi recuerdo de Juan Pablo II está lleno de gratitud. No podía y no debía intentar imitarle, pero he tratado de seguir llevando adelante su herencia y su tarea lo mejor que he podido.

Fuente: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=35143

Enseñar a amar

La idea de “enseñar a amar” ya acompañó al joven sacerdote Karol Wojtyla y sucesivamente lo entusiasmó cuando, siendo un joven obispo, afrontó los difíciles momentos que siguieron a la publicación de la profética y siempre actual encíclica Humanae vitae.

Fue en esa circunstancia cuando comprendió la necesidad de emprender un estudio sistemático de esta temática. Esto constituyó el substrato de esa enseñanza, que luego ofreció a toda la Iglesia en sus inolvidables Catequesis sobre el amor humano. Así puso de relieve dos elementos fundamentales que en estos años vosotros habéis tratado de profundizar y que configuran la novedad misma de vuestro Instituto como entidad académica con una misión específica dentro de la Iglesia.

El primer elemento es que el matrimonio y la familia están arraigados en el núcleo más íntimo de la verdad sobre el hombre y su destino. La sagrada Escritura revela que la vocación al amor forma parte de la auténtica imagen de Dios que el Creador quiso imprimir en su criatura, llamándola a hacerse semejante a él precisamente en la medida en la que está abierta al amor. Por tanto, la diferencia sexual que caracteriza el cuerpo del hombre y de la mujer no es un simple dato biológico, sino que reviste un significado mucho más profundo:  expresa la forma del amor con la que el hombre y la mujer llegan a ser —como dice la sagrada Escritura— una sola carne, pueden realizar una auténtica comunión de personas abierta a la transmisión de la vida y cooperan de este modo con Dios en la procreación de nuevos seres humanos.

Un segundo elemento caracteriza la novedad de la enseñanza de Juan Pablo II sobre el amor humano:  su manera original de leer el plan de Dios precisamente en la convergencia de la revelación divina con la experiencia humana, pues en Cristo, plenitud de la revelación de amor del Padre, se manifiesta también la verdad plena de la vocación del hombre al amor, que sólo puede encontrarse plenamente en la entrega sincera de sí mismo.

En mi reciente encíclica subrayé cómo precisamente mediante el amor se ilumina “la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino”

(Deus caritas est, 1). Es decir, Dios se sirvió del camino del amor para revelar el misterio íntimo de su vida trinitaria. Además, la íntima relación que existe entre la imagen de Dios Amor y el amor humano nos permite comprender que “a la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano” (ib., 11). […] Este amor es un camino privilegiado que Dios ha escogido para revelarse a sí mismo al mundo y en este amor lo llama a una comunión en la vida trinitaria.
Este planteamiento también nos permite superar una concepción del amor como algo meramente privado, hoy muy generalizada. El auténtico amor se transforma en una luz que guía toda la vida hacia su plenitud, generando una sociedad donde el hombre pueda vivir. La comunión de vida y de amor, que es el matrimonio, se convierte así en un auténtico bien para la sociedad. Evitar la confusión con otros tipos de uniones basadas en un amor débil constituye hoy algo especialmente urgente. Sólo la roca del amor total e irrevocable entre el hombre y la mujer es capaz de fundamentar la construcción de una sociedad que se convierta en una casa para todos los hombres. […]

 

El amor redentor del Verbo encarnado debe convertirse para cada matrimonio y en cada familia en “fuente de agua viva en medio de un mundo sediento” (ib., 42).

 

Discurso del Santo Padre Benedico XVI – Congreso organizado por el Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la famiglia – 11 de mayo de 2006

 

© Copyright 2006 – Libreria Editrice Vaticana

FIGURA Y FUNCIÓN DEL RELATOR EN LAS CAUSAS DE CANONIZACION

Con la promulgación de la Constitución Apostólica Divinus Perfectionis magíster (1983),  la novedad más importante que conforma la reestructuración procesal en la legislación vigente está representada por la institución del Colegio de Relatores.

Los relatores entran a  participar precisamente en la fase denominada romano-apostólica del Proceso, es decir cuando la Congregación para las Causas de los Santos, una vez emitido el Decretum de validitate Inquisitionis dioecesanae, encomienda un ulterior estudio de la Causa a un Relator, cuya tarea especifica, conjuntamente con el colaborador externo, es “estudiar” y resolver, en lo posible, las dificultades de la Causa,  refiriendo periódicamente al Congreso Ordinario de la Congregación, que se celebra habitualmente durante la mañana de la “Feria VI” (DPM, n. 7)

Inicialmente, debido a la novedad jurídica que ello representaba, la figura y las funciones propias del Relator no fueron plenamente comprendidas; en realidad, sustituía el aparato y la metodología de los estudiosos que hasta entonces habían constituido el cuerpo de la Sección histórico-hagiográfica de la Congregación. Las Positio (ponencias), redactadas por la Sección histórica eran de tal solidez científica que hacían innecesaria cualquier “animadversión” y respectiva  “responsio” al respecto;  más bien se daba lugar y criterio a la posibilidad de aplicar aquella metodología histórico-critica, utilizada en las causas “antiguas”, también a las más recientes o a aquellas de  naturaleza diversa.  Era exactamente eso lo que se proponía con la nueva legislación, al menos ese era el espíritu que propugnaba el mismo Colegio de Relatores, que debía distinguirse por su ciencia teológica, histórica y jurídica, a fin de representar, individualmente  y en conjunto como Colegio, una alternativa válida para proseguir la metodología de la sustituida sección histórica de la Congregación.

La tarea del Relator consiste pues en orientar, guiar y controlar el trabajo del colaborador externo, en consonancia con el rigor de la metodología, convergiendo fuentes autobiográficas, biográficas, procesales, iconográficas y documentales.

En suma, previamente a la publicación de la Positio deberá hallar la solución a eventuales problemas surgidos y llamar la atención de los Consultores sobre aquellos sin solución, en  forma clara y objetiva; el Relator es el responsable de oficio, que precede a la compilación del material, pero no está directamente involucrado en la Causa, por ello debe evitar emitir juicios de mérito sobre el ejercicio heroico de las virtudes de parte de un Siervo de Dios.

De esta manera, a veces la función del Relator toma la forma de censura,   sustituyendo las antiguas “observaciones críticas” del Promotor de la Fe. La envergadura de esta responsabilidad del Relator exige en él una preparación adecuada y un amplio acervo lingüístico, que, con las lenguas antiguas de la Iglesia, interprete los idiomas modernos del italiano, francés, inglés, español, portugués, que son las más habladas, conocidas y difundidas; de hecho, debido a su origen y conocimientos personales,  los relatores,  a menudo,  dominan un espectro aún más amplio de idiomas.

Otra de las funciones del Relator es la de indicar la eventual necesidad de expertos relacionados con algunos problemas particulares, y remitirse al Congreso Ordinario de la Congregación,  si  acaso una causa presentase una  real insuficiencia de pruebas: será el Congreso quien decida sobre la suspensión o prosecución de la Causa en cuestión. El Relator, por lo tanto, recaba, orienta, prepara, estudia el material procesale y documental, con el objeto de preparar la Positio, que, de conformidad con la naturaleza de la Causa, será sometida al juicio de la Consulta Histórica o Teológica, o directamente a la Consulta  Teológica o de Martirio.

 

P. Cristoforo Bove, OFMConv.

Relator