Arrodillado ante Dios, vivía de Dios y para Dios

Karol Wojtyła quería ir al encuentro del hombre como poeta y actor, con la belleza de la palabra y a través de la palabra. Dios lo había elegido, como sacerdote y obispo, para ir al encuentro del hombre con el Verbo, que es el Redentor del hombre.

El 16 de octubre de 1978, Dios lo llamó como sucesor de San Pedro para que llevase a toda la humanidad al Verbo que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Y lo hizo en los diversos modos de su enseñanza, y también en sus obras literarias, armonizando magníficamente Verdad y Belleza. Con toda su alma había dicho a Dios: Totus Tuus ego sum et omnia mea Tua sunt.

El Siervo de Dios permanecía arrodillado ante Dios, vivía de Dios y para Dios.

Quien tenía contacto con él, se daba cuenta enseguida de su profunda unión con el Señor.

El contacto con él acercaba a Dios; las personas se sentían por así decir atraídas por el misterio de la divina presencia. Muchas veces he encontrado personas que subrayaban que de él irradiaba una luz.

Todo esto provenía de la profundidad de su unión con Dios en la oración.

No separaba en su vida ocupaciones y oración. Todo era oración.

Su vida era simplemente oración.

El amor por la oración lo había aprendido en su casa paterna y en concreto de su padre, cuya vida, después de la muerte prematura de su esposa, «se transformó … aún más en una vida de constante oración». Una intensa y profunda vida de oración que se expresaba en diferentes formas de coloquio con Dios: desde la simplicísima oración del niño, a la oración de las horas litúrgicas del sacerdote, hasta la contemplación.

En su vida de oración, ocupaba un puesto muy importante su devoción mariana, cuyas formas tradicionales había aprendido también en la casa paterna y en la parroquia.

Al principio estaba «convencido de que María conduce a Cristo», después empezó «a entender que también Cristo nos conduce a María» (Juan Pablo II, Don y misterio, p. 37-38).

Le quedaron grabadas profundamente en su corazón las palabras de San Anselmo: «Os alimento de lo que yo mismo vivo».

Como sacerdote tenía conciencia de que «el ministerio de la palabra consiste en manifestar lo que antes ha sido contemplado en la oración», de que «las verdades anunciadas tienen que ser descubiertas y asimiladas en la intimidad de la oración y de la meditación» (En el XX aniversario del Decreto Presbyterorum Ordinis, 27 octubre 1995).

La Santa Misa era el centro de su vida y de cada jornada.

Su amor a la Eucaristía se expresaba también en permanecer a los pies de Jesús presente en el Santísimo Sacramento. Consideraba una suerte enorme que en la casa del obispo hubiese una capilla, el poder vivir y trabajar bajo la presencia eucarística de Cristo.

Era, sin embargo, consciente de que la cercanía de esta capilla era al mismo tiempo un gran compromiso «para que en la vida del obispo todo – predicación, decisiones – la pastoral – tenga inicio a los pies de Cristo, escondido en el Santísimo Sacramento». Teniendo en cuenta este “todo”, en la capilla él no sólo rezaba, sino que escribía también libros.

Sabía que como sacerdote estaba llamado «a ser hombre de la palabra de Dios» y que «el hombre de hoy se espera … antes que la palabra “anunciada”, la palabra “vivida”».

El Santo Padre estaba de rodillas también ante el hombre.

En cada persona el Siervo de Dios veía la imagen de Dios y esto impregnaba su relación con el hombre. Conservamos en la memoria sus manos extendidas hacia el hombre. Sus brazos abiertos que estrechan contra sí a cada uno y a todos. Incluso cuando aquellas manos fueron heridas por un hombre ignobile, no se cerraron en un puño, en un gesto de odio y de deseo de venganza. Aquellas manos, y con ellas, abrieron también las puertas de su residencia episcopal a todos los hombres.

Iban, pues, sacerdotes y laicos; gente sencilla y hombres de ciencia y de cultura. Siempre con atención y paciencia escuchaba a cada uno, nunca daba la impresión de tener prisa, de tener que despachar algo que fuese más importante.

Respetaba la opinión dada por el interlocutor, aún cuando no la compartiese.

El profundo respeto por el hombre lo sentía igualmente hacia la mujer.

Por eso nadie se sorprendía, ni creaba sospechas en nadie su simple y sincero, puro, modo de tratar a la mujer. En sus predicaciones y en sus publicaciones mostraba la belleza de la femenidad, porque Dios, en efecto, ha creado al hombre a su imagen y lo ha creado hombre y mujer. Este respeto nacía también de su profunda devoción a la Madre Santísima.

Estaba convencido de que los jóvenes son el futuro de la Iglesia, por eso ya en los años transcurridos en Cracovia se encontraba con los jóvenes o en los centros de la pastoral universitaria o en los centros de los oasis. Siendo Papa confesó que en esas actividades aprendió a estar con ellos, aprendió qué significa ser joven, cuánto es hermoso y al mismo tiempo difícil (cfr. Pielgrzymki, p. 444). Sabía mostrar la belleza de la vida que proviene de Dios y conduce a El. Gozaba de la vida y quizás con este entusiasmo atraía a los jóvenes.

Unido a Dios, era un hombre de total abandono en El.

Por eso las dificultades y los sufrimientos, que no le faltaban en la vida, no lo abatían, sino que lo radicaban más en su entrega a Dio, en este Totus Tuus ego sum.

En su testamento papal escribió: «No dejo tras de mí propiedad alguna de la que sea necesario disponer». Siempre había sido así. Verdaderamente vivía las palabras de Cristo pronunciadas en el discurso de la montaña: «No os afanéis pues diciendo, ¿qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? […] Vuestro Padre que está en los cielos sabe bien de qué tenéis necesidad» (cfr. Mt 6, 31-32).

Cardenal Stanisław Dziwisz