LA ERMITA SECRETA DE KAROL WOJTYLA

Vino aquí, y seguramente se enamoró enseguida del lugar, porque encontró un lugar lleno de un maravilloso amor, un lugar que se puede definir la Casa de María. Por eso volvía aquí a menudo, volvía a pie, subiendo por los senderos de la montaña después de haber dejado el coche a algunos km de distancia del Santuario. Volvía para estar con nuestra comunidad. Volvió aquí poco antes del Cónclave para pedir la protección y la bendición de la Virgen, para poder hacer una justa elección. Y cuando fue elegido Papa, enseguida, lo antes posible, solamente trece días después de la elección, vino para dar gracias y para repetir: “Todo tuyo”.

 

Así recuerda Padre Adam Ostrebski de la Congregación de los Resurreccionistas – desde hace nueve años encargada de la custodia del Santuario de la Mentorella de las Gracias, a 35 km. de Roma – las muchas visitas de Juan Pablo II al Santuario. Mentorella es un lugar estupendo y especial, donde el hombre se siente más cerca de Dios, de la naturaleza, de su prójimo y de si mismo.

 

Karol Wojtyla vino aquí más de 30 veces como cardenal – continúa padre Adam – pero a la Mentorella vino también siendo obispo –consultor del Concilio Vaticano II. El Card. Stanislaw Dziwisz, su ex secretario, cuenta que cada vez que el Papa sentía la necesidad de una oración particular, por una intención especial, deseaba ir a rezar fuera del Vaticano, y venía precisamente aquí, a la Mentorella. Durante el cargo de padre Adam como custodio del Santuario, tuvieron lugar dos visitas privadas de Juan Pablo II a la Mentorella.

Siempre sin avisar previamente, sólo al último momento: “Padre Rector, ¿tiene 45 minutos de tiempo?, porque el Papa está llegando al Santuario desde la montaña”, así ocurrió en 1997, cuando un policía anunció la excepcional visita a padre Adam, el cual ha sido nombrado superior de la comunidad religiosa polaca de la Mentorella hace sólo un mes y medio.

 

Juan Pablo II venía al santuario después de haber paseado por las montañas. Cuando era Cardenal, venía desde Capránica Prenestina, a doce km. de distancia, o bien desde Pisoniano, recorriendo aquellos senderos de montaña, que hoy llevan su nombre. La visita a la Iglesia, un saludo a Jesús y María, y el encuentro con la Comunidad, pero después de haberse puesto otra vez sus zapatos pues para recorrer las montañas llevaba calzado apropiado.

¿En qué momentos del día venía aquí el Papa?

Siempre durante la comida – esta hora es la mejor para un sacerdote – bromea padre Adam – pero Karol Wojtyla no tenía ningún momento especial, porque aquí se sentía como un peregrino y como se sabe, un peregrino no necesita muchas cosas. Acepta saciar el hambre con lo que encuentra en la mesa. La única vez que vino siendo Cardenal y se quedó a dormir aquí era su onomástico, y cenó una tortilla. Aquí hay siempre huevos, porque en los conventos es frecuente tener gallinas…, obviamente en el gallinero, no en el convento – precisa padre Adam.

El Papa, divertido, al final de la cena añadió: “Hasta hoy, nunca había festejado mi santo en un modo tan solemne …”

Con emoción observo la llave en la puerta, padre Adam está abriendo la habitación donde se alojó Karol Wojtyla. Las fotos confirman el relato de padre Adam. Los mismos muebles, la ventana. Hay una preciosa imagen de Karol Wojtyla que está mirando desde la ventana, hacia las magníficas montañas a las que envía una sonrisa.

Padre Adam continúa su relato: obviamente el Papa transcurría la mayor parte del tiempo aquí, rezando en la iglesia. Tenía el breviario, su libro y algo para escribir. Se sentaba ante la Virgen, y cuando podía no dejaba de arrodillarse. Aquí pasaba su tiempo. En estos momentos la iglesia permanecía cerrada a todos y nadie podía molestar la meditación del Pontífice.

¿Por qué Juan Pablo II se enamoró se de este lugar?

Mentorella, en el periodo estivo o durante el fin de semana, está siempre lleno de peregrinos. Durante el otoño o el invierno e incluso durante la semana no hay nadie, se convierte en un eremitorio: muchas veces por la mañana dejamos la puerta de la iglesia entreabierta y por la tarde nos la encontramos como la dejamos, porque no ha venido nadie. El Papa amaba este lugar, porque podía rezar tranquilamente. No hay ruido. Venía cuando ya había terminado la estación de la veda de caza (en esta región se cazan jabalís y pájaros) y entonces podía caminar tranquilamente por las montañas. Este era el único momento en que el Santo Padre podía descansar completamente. Por este motivo, el Santuario de la Mentorella se llama la ermita secreta de Juan Pablo II.

La característica particular del Santuario es esta: aquí no hay horario de apertura ni de cierre, este es el lugar donde el peregrino puede llamar siempre al timbre en cualquier momento y pedir confesión, o una conversación. Las visitas del Santo Padre a la Mentorella no estaban programadas, porque él sabía muy bien que aquí había siempre alguien para acoger al Pontífice. Aquí, él se sentía como en su casa.

Mentorella es un lugar difícil para quien no lo ama, porque aquí no es fácil trabajar. Pero de vez en cuando viene el Papa y esto compensa nuestros sacrificios y premia nuestra constancia.

¿Cuál es la particularidad de los santuarios construidos entre montañas?

El Papa venía aquí tras las huellas de María para cantar su magnificat. María fue a visitar a su prima Isabel atravesando las montañas – explica padre Adam. Grandes hombres como Benito, Francisco y otros eligieron entre las montañas el lugar donde pudieron encontrar a Dios, lejos de la gente, pero al mismo tiempo cerca del mundo. En aquellas ermitas pudieron rezar y meditar para después volver al trabajo y poder transmitir a los demás todo lo que habían recibido de Dios. Precisamente por este motivo, aquí Juan Pablo II anunció su primer y trascendente mensaje como Papa, sobre la importancia de la oración en la vida cristiana. No olvidaremos nunca su visita oficial a la Mentorella, en octubre de 1978.

¿Después de la muerte de Juan Pablo, se ha notado un aumento de peregrinos a este santuario?

El día siguiente a su muerte, la Mentorella se llenó de peregrinos, como atestigua el libro de recuerdos, que recoge millares de firmas: agradecimientos, súplicas, pensamientos. Los peregrinos unen la visita a la tumba de Juan Pablo II a la visita a la Mentorella. Caminan sobre las huellas de Karol Wojtyla. Viene para poder rezar por El pero también para poder vivir sus mismas emociones y preguntan por los lugares que más le gustaban. A menudo no tengo nada qué explicar …

El 29 de marzo de 2005 vino el Papa Benedicto XVI. Este es el inicio de la continuación de las visitas de los Papas a la Mentorella.

Paso las hojas amarillentas de los libros de recuerdos del Santuario de la Mentorella. Delicadamente me encuentro con la firma de Karol Wojtyla y leo su dedicatoria: “Vengo aquí todos los años y cada vez con más gusto. Santuario de la Virgen y maravilla de aquel lugar atraen …”

Sobre la Mentorella cae la sombra del atardecer, mientras sopla un viento fresco. Con la mirada hacia las cimas de las montañas, les sonrío, como hacía Karol Wojtyla. Ligeramente abierta, la puerta del Santuario me invita a la oración antes de irme. Me arrodillo ante la imagen de la Virgen de las Gracias: “Dale Señor el descanso eterno”.

Aleksandra Zapotoczny

 

“Entre Palestrina y Tivoli, se extienden los montes Prenestinos. En la vertiente oriental, en una roca sobre el valle del Giovenzano, surge come un castillo encerrado entre ásperos peñascos, el Santuario de la Mentorella. El visitante que viene desde el valle de Empoli, lo ve aparecer por primera vez apenas llega al Paso de la Fortuna. Lo ve lejano, en alto, a su derecha. La falda del monte aparece selvática, llena de pobres arbustos entre los que se descubre aquí y allá la roca desnuda y austera. Después de una serie de altibajos, en el más alto se ve, como encajado en la roca, un edificio coronado de plantas: olmos, pinos, cipreses, que rompen el cielo azul y dan una visión menos triste, más agradable. El visitante que viene de los pueblos de la pintoresca región entre los Prenestinos hasta los Simbruinos, ya desde lejos admira un panorama imponente: toda la cadena de los Prenestinos. Ve dominar sobre la cumbre del monte Guadañolo, el punto más alto habitado del Lazio: 1208 metros sobre el nivel del mar.

(…) Si además lleva consigo unos prismáticos, entonces es un mundo más vasto y variado el que se revela a sus ojos: pueblos en los valles, aldeas en las faldas de los montes, sobre las cimas más altas, caminos que se entrecruzan como hilos de plata, casi treinta pueblos que parecen hacer una corona alrededor del Santuario de la Virgen. La noche, además, desde aquella altura goza de un espectáculo sugestivo: mientras reina un silencio solemne y una oscuridad profunda, todos los pueblos se animan con puntos luminosos que parecen constelaciones caídas sobre la tierra. El peregrino que camina estático entre estas bellezas y grandezas naturales, experimenta una influencia beneficiosa: pensamientos altos y solemnes le ocupan la mente y preparan su corazón para el encuentro con la Madre de Dios” (Mario Lolli, C.R.)