Dones insólitos…

  El don es una manifestación de amor. Cuando amamos a alguien o queremos expresarle nuestra gratitud, le regalamos las cosas más bonitas, es más, querríamos donarle a nosotros mismos… No tenemos, pues, que maravillarnos de que todos hayan querido demostrar al Santo Padre la propia gratitud, el amor y la estima. Durante su pontificado, Juan Pablo II ha recibido muchos dones, algunos incluso valiosos, pero no más de lo que vale la historia de una persona o lo que es expresión de la misma: como las palabras, algunos objetos o los mismos sufrimientos …

Hace algun año, Jacek di Krzyżanowice (Polonia), paralítico en una silla de ruedas, ha cantado y tocado ante el Santo Padre una canción: Hay una calle, en un pueblo, donde entre las bocacalles y los edificios un vendedor anciano vende gafas encantadas … Gafas milagrosas que corregirán la vista del corazón, gafas milagrosas por un céntimo. Verás la vida y el destino de otro modo, cuando estas gafas usarás. En cada libro sabio, en cada hombre sencillo, a Cristo verás. No, no es una fábula, ni es magia. Estas son las gafas del amor.

            «Gafas milagrosas» era el título de la canción que tocó en el Aula de san Clemente en el Vaticano. El Santo Padre, después de haber escuchado todas las estrofas de esta canción, dijo :

Entonces, también yo me tengo que poner estas gafas ….

 

Wanda Rtkiewicz regaló al Papa una piedra recogida en el monte Everest, conquistado por  él el 16 de octubre de 1978. El buon Dios ha hecho en modo que llegásemos los dos, el mismo día, a la  cima más alta del monte – con estas palabras Karol Wojtyła le agradeció la piedra.

 

Para algunos regalos era necesario permisos especiales, concedidos por la Prefectura de la Santa Sede. Es el caso del pino polaco, regalado al Papa por un grupo de peregrinos de las montañas de Zakopane, plantado después en los jardines Vaticanos; o el del sauce del Jardín Botánico de la Universidad Jagellonica de Cracovia – don de los participantes en la Peregrinación de niños inválidos – y que ahora se encuentra en el jardín de Castelgandolfo. Otros dones han sido depositados en la Casa Polaca, situada en la calle Cassia en Roma, sede del Instituto de la documentación sobre el pontificado de Juan Pablo II. Todo lo que se encuentra aquí – explica la responsable, doct. Helena Kupiszewska – son dones regalados al Papa. Cinco pisos del edificio se han convertido en un museo. Todos los regalos están catalogados, muchos tienen que ser aún archivados, continúan llegando otros del Vaticano. Los regalados hasta el 2005 son más de doce mil: 2400 medallas, 1400 esculturas, 1500 cuadros…

Han sido muchísimos los dones: paños, banderas, tapices, copas, artesanado en plástico, metal, cuero, vestidos folclóricos, un sombrero de pieles rojas (!), el texto del Padre Nuestro en el idioma de una tribu de pieles rojas, la maqueta de una iglesia hecha con cerillas. El Santo Padre ha recibido incluso lámparas, relojes, candelabros, manteles, servilletas, pequeños objetos de paja, esquíes, balones, chandal de gimnasia … Una particular atención merece un volúmen de 35 kg. que contiene cartas escritas por chicos y una cadena de adornos navideños. Citando las palabras de Helena: Son todos los  objetos que las manos y las mentes de los hombres son capaces de inventar.

En la capilla de la Casa del Peregrino se pueden admirar las cristaleras, la pintura de la Virgen Negra, regalada por el cardenal Stefano Wyszyński, y también las copias del Crucifijo de la Catedral de Varsovia – voto del prelado Zdzisław Peszkowski.

Detrás de una cristalera se encuentran objetos hechos con carbón. Entre las esculturas, sólo las que representan a santa Bárbara son 28. Veo también una espada, don de los mineros de la Minera de sal de Bochnia, y los epitafios con dedicaciones y bajo relieves. Se encuentra también un globo terrestre regalado por los presos de Regina Coeli de Roma; los gemelos de la camisa donados por unos joyeros. La colección contiene dones ofrecidos por Presidentes: una armadura caballeresca del 1600 y un cuadro que representa la casa y la parroquia de Wadowice – regalo del general Wojciech Jaruzelski; una medalla, del presidente Lech Wałęsa, una cristalera con la representación de un fragmento de la puerta de la Catedral de Gniezno, regalada por el presidente Aleksander Kwaśniewski.

En la sala de la memoria nacional un puesto especial está dedicado a los recuerdos de guerras, represiones y campos de concentración. Entre los muchos recuerdos, se puede mencionar un trozo de madera proveniente de la guerra del 1904-1905 entre Rusia y Japón: En el ejército zarista combatían también muchos polacos – explica la Doct. Helena – que terminaron prisioneros en el Japón. Pero tuvieron una gran suerte, porque había un sacerdote que les visitaba. Y gracias a esta pequeña madera, que tiene grabado un examen de conciencia escrito en polaco, los soldados polacos podían confesarse con un capellán francés. Como no podían comunicarse de otro modo, indicaban con el dedo el número del mandamiento, haciéndose así entender… El trozo de madera lo conservaba un monaguillo que ayudaba al capellán. Cuando el Papa fue a Japón, él era ya anciano y quiso regalarle este recuerdo al Santo Padre.

            1942, prisión soviética de Leopoli: unos dedos congelados manejan una aguja con una habilidad impresionante y en un trocito de tela aparecen las palabras: Madre Santa, ruega por nosotros... La letanía de Loreto bordada por un prisionero desconocido terminó en las manos del Santo Padre. La oración se concluye con estas palabras: Cordero de Dios… El prisionero fue asesinado … El poeta p. Janusz Pasierb sostiene que el autor de este bordado se había convertido él mismo en un cordero sacrificado.

El Santo Padre ha recibido también un libro que recoge una hermosa historia de fe y amor por la oración del Rosario. En el campo de concentración de Guzen todos los detenidos tenían prohibido conservar cualquier objeto sagrado, por eso rezaban con cuentas hechas de piedra: en cada cuenta habían hecho un agujerito donde metían las cenizas de los prisioneros muertos. Después lo cubrían y lo pintaban de negro, como un dado para jugar. Se distribuían entre los prisioneros.

Después de la liberación, los sobrevivientes hicieron una peregrinación de agradecimiento a Częstochowa, y engarzaron todas las cuentas en coronas del Rosario…

Entre los dones contemplo también un mosaico con una pintura de la Virgen. Este objeto proviene de la cárcel de Koziels, y ha sido hecho en el antiguo convento donde había estufas decoradas con imágines sagradas. Un prisionero cogió el ladrillo de la estufa y lo escodió en la mochila. Este tesoro contaba una guerra inédita.

El Cristo mutilado, hecho con barro, es obra de un soldado italiano, prisionero en una cárcel alemana en Tarnopol. El autor, después, escribió al Santo Padre: Este Cristo ha sido hecho por la tierra  mártir de Polonia.

Salgo del Aula de la memoria y visito los otros pisos de la Casa. En las paredes, entre tantos cuadros, veo un tapiz que representa las ovejas y un cordero … Estoy convencida de que el Santo Padre ha sonreído al verlo .. Hay también cuadros paisajísticos, como el del Lago de Vigry, donde Karol Wojtyła iba a menudo con los jóvenes … me emociono.

Son muchos los cuadros de la Virgen – copias provenientes de tantos santuarios polacos. Con la doct. Helena nos paramos ante el cuadro titulado El testigo del atentado. Esta obra tenía que haber sido regalada al Santo Padre percisamente el 13 de mayo de 1981. Después de los tres disparos y la salida del papamovil, p. Kazimierz Przydatek ha comenzado a rezar el Rosario, alguien ha dejado una rosa en el lugar del atentado, sobre la silla donde tenía que sentarse Juan Pablo II algunos peregrinos polacos han dejado este cuadro de la Virgen Negra. Sobre el manto de la Madre de Dios vemos escrito S.O.S. y la frase: «Santa Madre, sostiene al Santo Padre» … Y así fue.

El Instituto de la documentación del pontificado de Juan Pablo II esconde aún muchos dones insólitos. Vale la pena visitarlo, en c/ Cassia, nº. 1200, para experimentar un encuentro especial con Juan Pablo II.

Aleksandra Zapotoczny

Mujer Eucarística

En la fiesta del Corpus Christi la Iglesia revive el misterio del Jueves santo a la luz de la Resurrección. También el Jueves santo se realiza una procesión eucarística, con la que la Iglesia repite el éxodo de Jesús del Cenáculo al monte de los Olivos. En Israel, la noche de Pascua se celebraba en casa, en la intimidad de la familia; así, se hacía memoria de la primera Pascua, en Egipto, de la noche en que la sangre del cordero pascual, asperjada sobre el arquitrabe y sobre las jambas de las casas, protegía del exterminador. En aquella noche, Jesús sale y se entrega en las manos del traidor, del exterminador y, precisamente así, vence la noche, vence las tinieblas del mal. Sólo así el don de la Eucaristía, instituida en el Cenáculo, se realiza en plenitud:  Jesús da realmente su cuerpo y su sangre. Cruzando el umbral de la muerte, se convierte en Pan vivo, verdadero maná, alimento inagotable a lo largo de los siglos. La carne se convierte en pan de vida. […]

La procesión del Jueves santo acompaña a Jesús en su soledad, hacia el “via crucis”. En cambio, la procesión del Corpus Christi responde de modo simbólico al mandato del Resucitado:  voy delante de vosotros a Galilea. Id hasta los confines del mundo, llevad el Evangelio al mundo. […]

Estas dos direcciones del camino del Resucitado no se contradicen; ambas indican juntamente el camino del seguimiento de Cristo. La verdadera meta de nuestro camino es la comunión con Dios; Dios mismo es la casa de muchas moradas (cf. Jn 14, 2 s). […]

En la procesión del Corpus Christi, como hemos dicho, acompañamos al Resucitado en su camino por el mundo entero. Precisamente al hacer esto respondemos también a su mandato:  “Tomad, comed… Bebed de ella todos” (Mt 26, 26 s). No se puede “comer” al Resucitado, presente en la figura del pan, como un simple pedazo de pan. Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de “comer”, es realmente un encuentro entre dos personas, es dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y Redentor.

La finalidad de esta comunión, de este comer, es la asimilación de mi vida a la suya, mi transformación y configuración con Aquel que es amor vivo. Por eso, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo, de seguir a Aquel que va delante de nosotros. Por tanto, adoración y procesión forman parte de un único gesto de comunión; responden a su mandato:  “Tomad y comed”.

Nuestra procesión termina ante la basílica de Santa María la Mayor, en el encuentro con la Virgen, llamada por el amado Papa Juan Pablo II “Mujer eucarística”. En verdad, María, la Madre del Señor, nos enseña lo que significa entrar en comunión con Cristo:  María dio su carne, su sangre a Jesús y se convirtió en tienda viva del Verbo, dejándose penetrar en el cuerpo y en el espíritu por su presencia. Pidámosle a ella, nuestra santa Madre, que nos ayude a abrir cada vez más todo nuestro ser a la presencia de Cristo; que nos ayude a seguirlo fielmente, día a día, por los caminos de nuestra vida. Amén.

Homilia de Su Santidad Benedicto XVI – Solemnidad del Corpus Christi –

Jueves 26 de mayo de 2005

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

El milagro de la Beatificación de Juan Pablo II

En junio de 2001, me diagnosticaron la enfermedad de Parkison.

La enfermedad había afectado a toda la parte izquierda del cuerpo, creándome graves dificultades, pues soy zurda. Después de tres años, a la fase inicial de la enfermedad, lenta pero progresiva, siguió un agravamiento de los síntomas: acentuación de los temblores, rigidez, dolores, insomnio…

 

Desde el 2 de abril de 2005 empecé a empeorar de semana en semana, desmejoraba de día en día, no era capaz de escribir (repito que soy zurda) y si lo intentaba, lo que escribía era ininteligible. Podía conducir sólo en recorridos breves, porque la pierna izquierda se bloqueaba a veces y la rigidez habría impedido el conducir. Para llevar a cabo mi trabajo, en un hospital, empleaba además más tiempo del normal. Estaba agotada.

Después de saber el diagnóstico, me resultaba difícil ver a Juan Pablo II en la televisión. Me sentía, sin embargo, muy cercana a él en la oración y sabía que él podía entender lo que yo vivía. Admiraba también su fuerza y su valor, que mi estimulaban para no rendirme y para amar este sufrimiento, porque sin amor no tenía sentido todo esto. Puedo decir que era una lucha diaria, pero mi único deseo era vivirla con fe y en la adhesión amorosa a la voluntad del Padre.

En Pascua (2005) deseaba ver a nuestro Santo Padre en la televisión porque sabía, en mi interior, que sería la última vez. Me preparé durante toda la mañana a aquel “encuentro” sabiendo que sería muy difícil para mi, pues me haría ver cómo me encontraría yo de ahí a algún año. Me resultaba aún más duro siendo relativamente joven… Un servicio inesperado, sin embargo, me impidió verlo.

En la tarde del 2 de abril, nos reunimos toda la comunidad para participar en la vigilia de oración en la plaza de San Pedro, retransmitida en directo por la televisión francesa de la diócesis de París (KTO)… todas juntas escuchamos el anuncio del fallecimiento de Juan Pablo II; en ese momento, se me cayó el mundo encima, había perdido al amigo que me entendía y que me daba la fuerza para seguir adelante. En los días siguientes, tenía la sensación de un vacío enorme, pero también la certeza de su presencia viva.

El 13 de mayo, festividad de Nuestra Señora de Fátima, el Papa Benedicto XVI anunciaba la dispensa especial para iniciar la Causa de Beatificación de Juan Pablo II. A partir del día siguiente, las hermanas de todas las comunidades francesas y africanas empiezan a pedir mi curación por intercesión de Juan Pablo II. Rezan incesantemente hasta que les llega la noticia de la curación.

En ese período estaba de vacaciones. El 26 de mayo, terminado el tiempo de descanso, vuelvo totalmente agotada por la enfermedad. “Si crees, verás la gloria de Dios”: esta frase del Evangelio de san Juan me acompañaba desde el 14 de mayo.

El 1 de junio ya no podía más, luchaba por mantenerme de pie y caminar. El 2, por la tarde, fui a buscar a mi superiora para pedirle si podía dejar el trabajo. Ella me animó a resistir aún un poco más hasta mi vuelta de Lourdes, en agosto, y añadió: “Juan Pablo II no ha dicho aún su última palabra” (Juan Pablo II estaba seguramente allí, en aquel encuentro que transcurrió sereno y en paz). Después, la madre superiora me dió una pluma y me dijo que escribiera: “Juan Pablo II”. Eran las 5 de la tarde.
Con esfuerzo escribí: “Juan Pablo II”. Nos quedamos en silencio ante la letra ilegible… después, la jornada continuó como de costumbre.

Al terminar la oración de la tarde, a las 9 de la noche, pasé por mi despacho antes de ir a mi habitación. Sentía el deseo de coger la pluma y escribir, algo así como si alguien en mi interior me dijese: “Coge la pluma y escribe ”… eran las 9.30-9.45 de la noche. Con gran sorpresa ví que la letra era claramente legible: sin comprender nada, me acosté.
Habían pasado exactamente dos meses desde la partida de Juan Pablo II a la Casa del Padre… Me desperté a las 4.30 sorprendida de haber podido dormir y de un salto me levanté de la cama: mi cuerpo ya no estaba insensible, rígido, e interiormente no era la misma. Después, sentí una llamada interior y el fuerte impulso de ir a rezar ante el Santísimo Sacramento. Bajé al oratorio y recé ante el Santísimo. Experimenté una profunda paz y una sensación de bienestar; una experiencia demasiado grande, un misterio difícil de explicar con palabras.
Después, ante el Santísimo Sacramento, medité sobre los misterios de luz de Juan Pablo II. A las 6 de la mañana, salí para reunirme con las hermanas en la capilla para un rato de oración, al que siguió la celebración eucarística.
Tenía que recorrer cerca de 50 metros y en aquel mismo momento me di cuenta de que, mientras caminaba, mi brazo izquierdo se movía, no permanecía inmóvil junto al cuerpo. Sentía también una ligereza y agilidad física que no sentía desde hacía tiempo.
Durante la celebración eucarística estaba llena de alegría y de paz; era el 3 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Al salir de la Santa Misa, estaba segura de mi curación… mi mano no temblaba más. Fui otra vez a escribir y a mediodía dejé de tomar las medicinas.

El 7 de junio, como estaba previsto, fui al neurólogo, mi médico desde hacía cuatro años. También él quedó sorprendido al constatar la desaparación de todos los síntomas de la enfermedad, a pesar de haber interrumpido el tratamiento desde hacía cinco días. El día después, la superiora general confió a todas nuestras comunidades la acción de gracias y toda la congregación comenzó una novena en acción de gracias a Juan Pablo II.

Han pasado ya diez meses desde que interrumpí todo tipo de tratamiento. He vuelto a trabajar normalmente, no tengo dificultad para escribir y conduzo también en recorridos largos. Me parece como si hubiese renacido: una vida nueva, porque nada es igual que antes.

Hoy puedo decir que un amigo ha dejado nuestra tierra, pero está ahora mucho más cerca de mi corazón. Ha hecho crecer en mí el deseo de la adoración al Santísimo Sacramento y el amor a la Eucaristía, que ocupan un puesto prioritario en mi vida cotidiana.

Lo que el Señor me ha concedido por intercesión de Juan Pablo II es un gran misterio difícil de explicar con palabras, algo muy grande y profundo… pero nada hay imposible para Dios. Sí, “si crees, verás la gloria de Dios”.

Sor Marie Simon Pierre

Sobre el espíritu sacrificial y la heroica tenacidad de un gran deportista polaco: San Juan Pablo Magno

bicicleta“En un contexto social, desgraciadamente acosado por tentaciones deshumanizantes”[2], en un “mundo en el que a veces se puede comprobar la presencia dolorosa de jóvenes cansados, marcados por la tristeza y por experiencias negativas”[3], entre las cuales podemos mencionar la planificación totalitaria del tiempo libre –impuesta tanto por el mercado hodierno como por la maquinaria comunista-, el incesante avance de la tecnología –que monopoliza las energías de infantes y adultos, frecuentemente hipnotizados por los medios de control social-, la triste vigencia del materialismo consumista –que lleva a tantos a dejarse absorber en interminables jornadas de trabajo maquinal-, la proliferación de diversiones irremediablemente dañinas –como las drogas y hábitos bestializantes- de desorientadas masas juveniles y, en general, el pensamiento único que doquiera quiere inculcar una mentalidad hedonista y, por tanto, conductas muelles que postulan a la pereza como compañera ideal de la vida, se alza “contracorriente” –con tanta felicidad como firmeza- el enhiesto testimonio de amor al deporte que el magno Papa polaco nos legó, tanto con sus hechos como con su inequívoco verbo –tan bien proferido en su estilizada y nunca mezquinada pluma como en su paternal voz pontifical-.

Siendo imposible presentar en pocas líneas de modo completo o sistemático la visión de Su Santidad sobre el deporte y su personal experiencia atlética, expondremos, aunque más no sea con pocos y modestos trazos, un aspecto de su arquetípico ejemplo y luminoso Magisterio sobre el tema que nos convoca. Subrayamos en este boceto que, según la enseñanza de San Juan Pablo II, el deporte es escuela de vida, verdad esta que prueba al referir “los valores que van unidos a la práctica del deporte”[4] cuando es “rectamente entendido”[5], el cual incoa “virtudes que la Iglesia promueve y exalta”[6] siendo así, “una gimnasia del cuerpo y del espíritu”[7] que coopera “para una formación humana integral”[8] y “educa para una saludable autodisciplina”[9] que “puede elevar al hombre”[10]. De hecho, para el Papa, que, sin caer en modo alguno en el error somatolátrico, gozaba de ver a la Iglesia “exaltando y magnificando” los “valores positivos” del deporte –como manifestaba en un sermón jubilar[11]-, “el compromiso deportivo es escuela genuina de auténtica virtud humana”[12] en cuanto “tiende a adiestrar, desarrollar y fortificar el cuerpo humano con objeto de que éste se preste mejor a alcanzar la madurez personal”[13]. El deporte, por tanto, es palestra que, entre otras virtudes, contribuye a inculcar en el alma dos bellísimas disposiciones –que, como es a todos noto, brillan en la vida y el Magisterio del Papa polaco-. Nos referimos, y ahorramos más proemios, a estas dos: el espíritu de sacrificio y la capacidad de empeñarse con decisión en pos de un arduo objetivo. A continuación, veremos, de modo escueto, la dinámica de ambas virtudes –elencadas una tras otra en el orden ya dicho- en la vida y la obra del Papa Magno. Lejos de toda pretensión de ofrecer una descripción omniabarcante, nos contentaremos con los destellos que más nos marcaron e imaginaremos el resto como hace el navegante que del iceberg solo ve una punta.

Empecemos por el espíritu de sacrificio. El Papa Polaco subrayó que esta virtud es cultivada en el deporte. En efecto, resaltó que en el deporte “la exaltación de auténticas virtudes humanas, (…) se entrelazan armoniosamente con el espíritu de sacrificio (…) en vista de una formación completa de la persona, abierta así a los más amplios horizontes de la trascendencia y de la fe”[14]. Afirmó, a su vez, que todo tipo de deporte lleva en sí un patrimonio rico de valores como ser “la educación de la voluntad, el control de la sensibilidad, (…) la resistencia, el aguante de la fatiga y las molestias” y “el espíritu de renuncia”, los cuales “son un conjunto de realidades morales que exigen una verdadera ascética”[15]. Subrayó, por su parte, la “fortaleza, disciplina y audacia” de un grupo de deportistas[16] y alentó a unos jóvenes atletas diciendo que ellos ofrecen “de modo eminente, un espectáculo de fortaleza (…) y autocontrol”[17]. En suma, en el Magisterio de San Juan Pablo II, el deporte no solo es una expresión “muy por encima de las exigentes leyes de la producción y del consumo y de cualquier otra consideración puramente utilitaristica y hedonista de la vida”[18], sino que el deporte es “palestra de virtudes”[19] y escuela del espíritu sacrificial. Por eso, podemos decir que, aun cuando la relación no sea estrecha, el deporte en alguna medida contribuyó a forjar en el alma de nuestro preclaro héroe eslavo una tal fortaleza que pudo realizar una obra innegablemente ciclópea , que no solo no fue la ordinaria en un Papa –aun cuando basta solo pensar en lo que implica el Apostolado Papal para concebir un horizonte del todo singular y hasta sobrehumano- sino la de un Papa que, con sobrados méritos, recibe el apelativo de Magno. La peculiar índole de las exigencias implicadas en sus deportes predilectos –el ski, el alpinismo, el remo- aportó el marco ideal para la fijación de los cimientos de un alma monumental, alma que se forjó habituándose a las inclemencias del frío alpino con sus helados vientos –que se tornan familiares para todo esquiador o escalador avezado como era nuestro eslavo Modelo-, al magro y poco gustoso pábulo que acompaña las largas travesías a campo traviesa y a la menos vistosa –mas no menos dura- fatiga muscular, y mental, que experimenta el atleta aun en sus acometidas cotidianas o desafíos informales. Pensemos también en la dureza propia de la labor minera –actividad practicada por el Papa y que, bajo cierto respecto, es analogable (aunque per accidens) al ejercicio deportivo-, la cual bien hecha, pide la constancia, la paciencia y la disciplina de los más esforzados competidores.

Ahora bien, muchos, cayendo en cierto modo en la somatolaría –oportunamente denunciada por Amerio-, yerran considerando “el deporte como finalidad en sí mismo”[20] y por eso en ellos la “mística” del sacrificio, lamentablemente, se reduce a una entrega personal en las arenas de lo lúdico, olvidando la enseñanza de San Juan Pablo II, quien siempre animaba a los deportistas a “desplegarse con gallardía hacia los objetivos que más ennoblecen la vida”[21]. Más en el Papa eslavo, el deporte –en tanto promueve el espíritu de sacrificio- lo ayudó a soportar, cual varón de dolores, todas las asperezas que la eternal Providencia permitió sufra en su vicarial Misión, en la que testimonió –como decía a unos dirigentes deportivos- que hay valores morales y espirituales más altos que “exigen a veces el sacrificio incluso de la vida del cuerpo”[22]. Baste pensar en los pedidos que, multiplicados a escala mundial, no solo recibía sino que trataba de satisfacer; recordemos, aun, las persecuciones que sobre él se avalanzaron –sea de parte de la K.G.B., sea de parte de la obstinación de mediáticos ideólogos apóstatas, sea de parte de los “devotos de la sedevacante” o de parte de un fanatismo irracional que no vaciló en concretar una feroz tentativa de martirizarlo-. Subrayemos, finalmente, la extraordinaria abnegación que debe tener un ser humano para asumir el deber de ser Papa, obligación asumida por nuestro eslavo tan cabalmente que bien podríamos considerar que era, como alguno dijo, “el hombre más ocupado de la Tierra”. Valga lo dicho para más admirar el espíritu de sacrificio de un Papa que tanto se exigió a sí mismo que debió descender, de los Cielos, la misma Madre de Dios para impedir se desplome por tierra agotado –pensamos- por la enormidad de las cargas tan generosamente asumidas por esta alma sedienta de lo absoluto[23].

San Juan Pablo II rogó a Dios para que les conceda a los jugadores del Milán hacer “ese “gol”, es decir, esa meta final, que es el verdadero y último destino de la vida”[24], prez esta que –junto con la mención que en otra alocución deportiva hizo sobre destino del cuerpo “a la victoria final”[25]- nos sirve para introducir nuestra consideración sobre el otro hábito apuntado: la capacidad de empeñarse con decisión en pos de un arduo objetivo, capacidad cuyo crecimiento es favorecido por el deporte al ser, como precisaba el Papa, escuela de coraje y decisión[26]. El deporte, y de un modo especial las disciplinadas elegidas por nuestro héroe, es espacio que entrena a quien lo hace en el trabajo por alcanzar metas anticipadas por difíciles obstáculos, como se ve, verbigracia, en quien trepa una escarpada montaña hasta conquistar la cima, en quien desciende veloz abruptas pendientes de un desfiladero sobre paralelos esquíes o en quien rema “contracorriente” largos trechos hasta la costa que tantas veces puede parecer lejanísima o, incluso, en quien persevera horas clavando el pico hasta conseguir perforar los pétreos muros de una oscura mina polaca. Esta misma tenacidad en conseguir altos cometidos descolló en este fuerte eslavo no solo en sus frecuentes esfuerzos deportivos sino en toda su Misión como se vio tanto en su victoria sobre el Comunismo –siendo él quien derribo al Totalitarismo soviético- como en su aguda reflexión sapiencial que hizo, según bien se dijo, avanzar a la teología en todas sus ramas. Esta tenacidad brilla permanentemente en la vida de este atleta que ornó a la Iglesia de Dios llevando a los altares más Santos que ningún otro Sucesor de Pedro y que no solo predicó diariamente el mensaje redentor sino que, devorado por su apostólico celo, consiguió predicar a Cristo en los cinco continentes, en un número inmenso de Naciones, realizando así una epopeya tan inédita que, con toda justicia, fue llamado “el primer Misionero Planetario”, heroico título este que no por caso es dado a quien fuera, toda su vida, un gran deportista que, a su vez, vivía convencido de que la dimensión más profunda del deporte se cifra en la caridad teologal –vera clave de bóveda para la construcción de un mundo más fraterno-, como se ve en esta exhortación que supo dirigirnos: “permaneced en el amor de Cristo y ampliad vuestros corazones de hermanos a hermanos! ¡Este es el secreto de la vida, y también la dimensión más profunda y auténtica del deporte!”[27].

Habiendo experimentado que “el deporte es lucha” –como bien dijo[28]-, supo más aun ser vero campeón en las lides espirituales del siglo XX, encarnando en vida el sacro Magisterio que supo predicar al decir, por ejemplo, que la lógica del deporte “es también la lógica de la vida” pues “sin sacrificio no se obtienen resultados importantes”[29], sacrificios que no omitía cuando debía hacerlos y que le permitieron obtener los resultados que tuvo y, en primer lugar, el de haber alcanzado la máxima corona -la de la Santidad- como declaró su feliz y actual Sucesor en el trono petrino. Es claro, entonces, que, para San Juan Pablo II, el deporte era “preámbulo de conquistas más auténticas y duraderas”[30] y servía por tanto para “la elevación moral y espiritual de la persona humana”[31]. De hecho, en nuestro Santo, transfigurado por el ejemplo de nuestro señor Jesucristo –que llenaba toda su vida-, el espíritu de sacrificio y la virtud de la tenacidad, se entrelazan y redimensionan por la acción del organismo sobrenatural y su vivificante gracia que lo llevó a vivir estas dos virtudes hasta las últimas consecuencias del heroísmo cristiano, no solo en sus magníficas obras de celo –como fueron las Jornadas de la Juventud, por él creadas, en las que parecía más joven que los mismos jóvenes- sino en su prolongada agonía y enfermedad terminal, que sobrellevó hasta el final, sin bajarse de la Cruz, perseverando hasta la muerte en el ejercicio de su divino Ministerio, para asombro de los humanos, regocijo de los coros angélicos y gloria del Dios Omnipotente y Su Madre Virginal, alcanzado así aquel triunfo final, que no se obtiene sin virtud, la cual –como decía el Papa a los deportistas- “en el siglo venidero triunfará coronada, después de haber reportado la victoria en combates inmaculados”[32].

P. Lic. Federico Highton, IVE

Dedicado al Club Juventud Frassati

 

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Bibliografía citada

San Juan Pablo II, Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol, 1980.

–––, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia, 1979.

–––, Discurso a los Futbolistas del Milan, 1979.

–––, Discurso a los Miembros del Congresso del Panathlon International, 1981.

–––, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo, 1979.

–––, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud, 1980.

–––, Discurso a un Grupo de Deportistas del Sporting Club de Pisa, 1980.

–––, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano, 1979.

–––, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia, 1978.

–––, Homilía durante la Misa en el Estadio Olímpico de Roma (Jubileo Internacional de los Deportistas), 2000.

–––, Homilía durante la Misa en el Estadio Olímpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 1984.

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[1]          El presente trabajo fue premiado -estando entre los diez mejores trabajos- en mayo del 2014 en el “Concurso – homenaje de relatos cortos sobre Juan Pablo II y el deporte” organizado por la Fundación catalana “Brafa”. Para la presente publicación, hicimos algunas leves modificaciones. La versión premiada, que muy poco difiere de esta que hoy publicamos, se puede leer en este link: http://brafa.org/detNoticia.asp?id_cat=156&id_not=20.

[2]  San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano, 1979.

[3] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan, 1979.

[4]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia, in (1979).

[5]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[6] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia, 1978.

[7] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan.

[8] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[9] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo, 1979.

[10]  Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol, 1980.

[11]  Cf. San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 1984.

[12] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo.

[13] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[14] San Juan Pablo II, Discurso a los Miembros del Congresso del Panathlon International, 1981.

[15] Reproducimos la frase entera: “2. Todo tipo de deporte lleva en sí un patrimonio rico de valores que deben tenerse en cuenta siempre a fin de ponerlos en práctica: el adiestramiento a la reflexión, el adecuado empleo de las energías propias, la educación de la voluntad, el control de la sensibilidad, la preparación metódica, la perseverancia, la resistencia, el aguante de la fatiga y las molestias, el dominio de las propias facultades, el concepto de la lealtad, la aceptación de las reglas, el espíritu de renuncia y de solidaridad, la fidelidad a los compromisos, la generosidad con los vencidos, la serenidad en la derrota, la paciencia con todos… : son un conjunto de realidades morales que exigen una verdadera ascética y contribuyen eficazmente a formar al hombre y al cristiano” ( San Juan Pablo II, Discurso a un Grupo de Deportistas del Sporting Club de Pisa 1, [1980], 2).

[16] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud, 1980.

[17] San Juan Pablo II, Discurso al Equipo de Fútbol de Bolonia.

[18] San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 4.

[19] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[20] El Papa polaco prevenía contra este error diciendo: ” no consideréis el deporte como finalidad en sí mismo ” ( San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en los Juegos de la Juventud).

[21] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[22] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[23] Es interesante notar que el Papa exhorta a los deportistas a no olvidarse de los valores del “alma sedienta de lo absoluto”, como se ve en su Discurso a los Directivos y Miembros de las Federaciones Europeas de Fútbol.

[24] San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas del Milan.

[25] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[26] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a los Futbolistas de los Equipos Nacionales de Argentina e Italia.

[27]  San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma “El deporte: sus valores a la luz del Evangelio de Cristo Redentor” (Jubileo Internacional de los Deportistas), 5.

[28] Ibid, 4.

[29] San Juan Pablo II, Homilia durante la Misa en el Estadio Olimpico de Roma (Jubileo Internacional de los Deportistas), 2000, 4.

[30] Cf. San Juan Pablo II, Discurso al Consejo del Comité Olímpico Nacional Italiano.

[31]  Ibid.

[32] San Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en el XXXIII Campeonato de Esquí Acuático de Europa, África y Mediterráneo El Papa se basa en Sab 5, 2.

MADRE

I)

4. Concentración madura

“Las madres saben los instantes en los que el misterio
humano
despierta un reflejo de la luz en sus pupilas,
que prece tocar el corazón con la mirada apenas.

Sé de estas lucecitas que pasaron
sin despertar ningún eco
y duran lo que dura un pensamiento.

Hijo mío, complicado y grande, hijo sencillo,
conmigo te acostumbraste a pensamientos comunes a
todos los hombres
y, a la sombra de estas ideas, esperas la profunda voz
del corazón
que en cada persona suena de manera distinta.
Yo soy la madre absoluta
y esta plenitud nunca me cansará.

Cuando eres presa de un instante como éste,
no sientes cambio alguno, todo lo mío te aparece
sencillo.
Ya sabes, cuando las madres captan en los ojos de sus hijos
el hondo latido del corazón,
también estoy allí, recogida en su misterio

II)

1. La imploración de Juan

¡Oh Madre! no detengas el ritmo del corazón
que sube a tu miradad;
no cambies en nada este sentimiento,
en tus manos trasparentes has de traerme
la misma oleada.

Es Él quien te lo pide.

Soy Juan, el pescador, merezco poco que
se enamoren de mi.
Todavía lo recuerdo a orillas del lago,
cuando de repente, El.
No podrás recoger este misterio en mi,
pero dulcemente yo estaré en tus pensamientos,
como una hoja de mirto.

Que pueda decirte Madre, como Él lo quiso;
te ruego que no toques en nada esa palabra;
en verdad no es fácil medir su hondura,
cuyo sentido para ambos fue inspirada por El,
para que en El encuentre cobijo todo nuestro amor
ancestral.

2. El espacio que permanece en ti

Con frecuencia vuelvo al espacio
que tu Hijo, tu único Hijo ocupa.
Mis ideas se ajusntan a su forma,
pero qudan vacíos mis los ojos
y cuelgan de sus labios las palabras de siempre,
las mismas tras las que se ocultaba
cuando deseaba quedarse entre nosotros.

¿Es posible que estas mismas palabras
contengan el espacio mejor que la mirada?
¿Mejor que la memoria y el corazón?
¡Oh Madre!, de nuevo puedes hacerlo tuyo.

Inclínate junto conmigo y acecpta.
Tu Hijo tiene sabor a pan,
pan de una sustancia eterna.

¿Dónde está este espacio: en el murmullo de mis labios,
en los pensamientos, en la mirada, en el recuerdo,
o, tal vez, en el pan?
Se ha perdido entre tus brazos, con la cabecita
apoyada en tu hombro,
porque este espacio ha quedado en ti y de ti procede.

Nunca se ve el espacio. Nuestra unión es tan intensa,
que, cuando con dedos temblorosos partía el pan
para ofrecerlo a la Madre,
me he quedado un momento atónito,
al ver toda la verdad en una lágrima que asomaba
en tus ojos.

Karol Wojtyla

UN OBISPO PARA LA FAMILIA

S. E. Mons. Giuseppe Mani, Arzobispo de Cagliari, nombrado “obispo de las familias” por Juan Pablo II en 1987, cuenta cómo ha aprendido a compartir la pasión y el amor por la familia a través del propio servicio pastoral, del que al principio no se sentía a la altura ….

 

A la normal sorpresa y estupor por ser nombrado obispo se añadió otra: “serás el obispo de las familias, te confío la zona más grande de Roma, la zona este, para que tengas tantas familias con las que trabajar”.

Estas fueron las palabras con las que Juan Pablo II me acogió en la mañana de la Inmaculada de 1987, el día de mi ordenación. Aquel encargo no me lo esperaba. Èl mismo, nueve años antes, me había nombrado rector de su seminario, me había seguido con una atención que no me obsesionaba, dunque ciertamente era un estímulo continuo, sobre todo por el trabajo vocacional que se llevaba a cabo en el Seminario Romano. Por eso me esperaba ser delegado para las vocaciones y los sacerdotes; pero no. Y se lo dije claro: “Santidad, de la familia no sé nada, conozco solo la mia, que dejé a los dieciseis años para entrar en el seminario”. “Bien. Así aprenderás a conocerla y a trabajar con ella”.

Comencé, seguro de su bendición y de su oración, de las que percibía el efecto. Compré todos los libros en venta sobre la familia, pero enseguida me dí cuenta de que estaban escritos por gente que, de la familia, sabía menos que yo. Decidí entonces ponerme a leer las familias. Cada mañana recibía en mi despacho decenas de familias. Saber que había un obispo disponible para ésto me ocasionó un gran trabajo. Fue precioso. Leer la familia real, concreta, con los colores de la vida era sorprendente. Muchos problemas, pero también mucha santidad. Sentía la falta de reconocimiento, por parte de la Iglesia, de la verdadera santidad familiar.

Todos los días encontraba familias como la de Nazareth, con cruces enormes que llevaban con amor. Reconozco sinceramente que sentía más rabia que devoción cada vez que veía en la fachada de San Pedro las grandes imágenes de religiosas y religiosos canonizados. ¿Es posible que la Iglesia no descubra dónde hay otra grande fuente de santidad? Hablé de ello con el Papa, de forma un poco inmediata, tanto que se defendió. Me preguntó: “¿Cómo va la familia ?”. “Podría ir mejor si Vuestra Santidad, en lugar de canonizar frailes y monjas, canonizase alguna famiglia, al menos un matrimonio”. “Faltan modelos” me replicó. “Pero si los hay …”, le respondí. “No, no; los hay solo entre los mártires de los primeros siglos”. El Papa comenzó a pensar, después susurró: “Está el Dr. Moscati”. “No. Era soltero. Es más, Santidad, hay muchas viudas santas que no dejan en buen lugar a la familia”. El seguía pensando, después me dijo:  “Quizá tengas razón. Durante el último sínodo sobre el laicado querían canonizar a laicos y tuvimos que recurrir a los mártires”. Volví sobre el tema en más ocasiones. Una vez incluso con excesiva insistencia, aprovechando de la benevolencia y del afecto paternal que me demostraba, pero me dijo enérgicamente: “Ponme en la situación de beatificar una pareja y lo haré”. La condición se realizó enseguida. Padre Paolino Quattrocchi vino a hablarme de sus padres como de un matrimonio que podía ser tomado en consideración para beatificarlo. Estaba feliz, sea porque el Padre entendía de causas de los Santos, puesto que era postulador de la causa del Card. Schuster, sea porque de los gastos se ocuparía él. Con satisfacción hablé de ello al Papa, que sonrió por toda respuesta.

Promoví la causa, inició el proceso, pero, me avergüenzo de decirlo, no creía demasiado que pudiese salir adelante; sin embargo, el Señor respondió con un buen milagro.

Cuando todo parecía pronto, la Congregación para las Causas de los Santos dijo que no era suficiente un milagro: eran necesarios dos, pues se trataba de dos personas. No entendía nada. Si necesitan dos milagros, no canonizamos ya a una pareja sino a dos personas.

Había sido nombrado ordinario militar y tenía que dejar a otros mi apasionante trabajo por la familia. El Papa me invitó a comer con él para despedirme como su auxiliar y aproveché la ocasión para hacerle la última petición. “Dejo las familias de Roma con un problema que solo Vuestra Santidad puede resolver. La Congregación para los Santos en la causa Beltrame Quattrocchi quiere dos milagros”. “¿Por qué? ¿Cuál es el problema?” me preguntó; respondí: “Si quiere dos milagros no beatifica a una pareja sino a dos personas. Entonces es inútil todo lo que hemos hecho”. Me esperaba una respuesta. El Papa, sin embargo, se quedó silencioso y, sin darme el más mínimo signo de su pensamiento, cambió de argumento.

Un mes después tuve noticia de que la Congregación había dicho que era suficiente un milagro. Poco después fui invitado a concelebrar con el Papa en la beatificación de la primera pareja de los tiempos modernos. Juan Pablo II creía de verdad en la familia y fue capaz de transmitirme el amor y la pasión por ella, como punto de partida para la nueva evangelización. Siempre que en la homilía hablo de la familia, se despierta la atención del auditorio. He escrito también una carta pastoral sobre la familia, Gracias, que ha llegado ya a más de medio millón de copias. “No sé nada de la familia”. “Aprenderás”. Tenía razón.

 

Mons. Giuseppe Mani

«Que Juan Pablo II fue un santo lo tuve cada vez más claro al colaborar con él», dice Benedicto XVI

cropped-papa_75ea771f.jpgEl periodista polaco Wlodzimierz Redzioch ha sido el primero en entrevistar con detalle a Benedicto XVI desde que es papa emérito. El motivo fue conocer mejor a la figura de Juan Pablo II para elaborar un libro titulado “Junto a Juan Pablo II. Hablan los amigos y colaboradores”, que recoge 21 entrevistas a personas cercanas al Pontífice polaco, la primera de ellas la de Joseph Ratzinger. Esta Semana Santa el diario La Razón ha publicado lo que el Papa emérito explicaba sobre su predecesor en esa entrevista. 

-Santidad, los nombres de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger están vinculados, por varios motivos, con el Concilio Vaticano II. ¿Se conocieron durante el Concilio?
-El primer encuentro consciente entre el cardenal Wojtyla y yo tuvo lugar solamente en el Cónclave en el que fue elegido el Papa Juan Pablo I. Durante el Concilio, habíamos colaborado los dos en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, pero en secciones diversas, de modo que no nos encontramos. 

»En septiembre de 1978, con ocasión de la visita de los obispos polacos a Alemania, yo estaba en Ecuador como representante personal de Juan Pablo I. La Iglesia de Munich y Frisinga está vinculada con la Iglesia ecuatoriana por una fraternidad llevada a cabo por el arzobispo Echevarría Ruiz (Guayaquil) y el cardenal Döpfner. Y así, con enorme disgusto, perdí la ocasión de conocer personalmente al arzobispo de Cracovia. Naturalmente había oído hablar de su obra de filósofo y de pastor, y desde hace tiempo deseaba conocerle.

»Wojtyla por su parte había leído mi Introducción al cristianismoque había también citado en los Ejercicios Espirituales predicados por él a Pablo VI y a la Curia en la Cuaresma de 1976. Por ello es como si interiormente los dos hubiéramos estado esperando encontrarnos. Experimenté desde el principio una gran veneración y una cordial simpatía por el metropolitano de Cracovia. En el pre-cónclave de 1978 él analizó para nosotros en modo sorprendente la naturaleza del marxismo. Pero sobre todo percibí enseguida con fuerza la fascinación humana que él despertaba y, de cómo rezaba, advertí cuán unido a Dios estaba.

-¿Qué experimentó cuando el santo Padre Juan Pablo II le ha llamó para confiarle la guía de la Congregación para la Doctrina de la fe?
-Juan Pablo II me llamó en 1979 para nombrarme prefecto de la Congregación para la Educación Católica.

»Habían transcurrido apenas dos años desde mi consagración episcopal en Munich y me parecía imposible dejar tan rápido la sede de san Corbiniano. La consagración episcopal representaba de alguna manera una promesa de fidelidad hacia mi diócesis de pertenencia. Pedí por ello al Papa que no hiciera ese nombramiento; y él llamó para ese encargo al cardenal Baum de Washington, preanunciándome, con todo, desde aquel momento, que enseguida me llamaría para otro encargo. Fue en el curso del año 1980 cuando me dijo que me quería nombrar, a finales de 1981, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como sucesor del cardenal Šeper.

»Dado que continuaba sintiéndome obligado ante mi diócesis de pertenencia, para la aceptación del encargo me permití poner una condición, que por lo demás consideraba irrealizable. Dije que sentía el deber de continuar publicando trabajos teológicos. Podría responder afirmativamente sólo si esto fuera compatible con la tarea de prefecto. El Papa, que conmigo era siempre muy benévolo y comprensivo, me dijo que se informaría sobre esa cuestión para hacerse una idea. Cuando más tarde le hice una visita, me explicó que las publicaciones teológicas son compatibles con el oficio de prefecto; también el cardenal Garrone, dijo, había publicado trabajos teológicos cuando era prefecto de la Congregación para la Educación Católica.

»Así que acepté el encargo, bien consciente de la gravedad de la tarea, pero sabiendo también que la obediencia al Papa exigía ahora de mí un «sí».

-¿Podría decirnos cómo se desarrollaba la colaboración entre ustedes?
– La colaboración con el santo Padre estuvo siempre caracterizada por la amistad y el afecto. Ésta se desarrolló sobre todo en dos planos: el oficial y el privado.

»El Papa cada viernes, a las seis de la tarde, recibía en audiencia al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que sometía a su decisión los problemas aparecidos. Tenían naturalmente prioridad los problemas doctrinales, a los que se añadían cuestiones de tipo disciplinar (la reducción al estado laical de sacerdotes que hacen una petición, la concesión del privilegio paulino para aquellos matrimonios en los que uno de los dos cónyuges no es cristiano, y otras cuestiones). Enseguida se añadió también el trabajo en vía de elaboración del Catecismo de la Iglesia Católica.

»Algunas veces, el santo Padre recibía con tiempo la documentación esencial y por tanto conocía anticipadamente las cuestiones de las que iba a tratar. De este modo, sobre problemas teológicos hemos podido siempre conversar fructuosamente. El Papa era muy versado en literatura alemana contemporánea y era siempre hermoso (para los dos) buscar juntos la decisión justa sobre todas estas cosas.

»Junto a las verdaderas y específicas citas oficiales, había diversos tipos de encuentros semioficiales o no oficiales.

»Llamaría semioficiales a las audiencias en las que, por diversos años, cada martes por la mañana, se trataban las catequesis del miércoles con grupos compuestos cada vez en modo diverso. Por medio de las catequesis, el Papa había decidido ofrecer con el tiempo un catecismo. Él indicaba los temas y hacía preparar breves consideraciones preliminares para desarrollar luego. Dado que estaban siempre presentes representantes de diversas disciplinas, esas conversaciones eran siempre muy hermosas e instructivas; las recuerdo con gusto. También aquí emergía la competencia teológica del Papa. Pero al mismo tiempo, yo admiraba su disponibilidad a aprender.

»En fin, era costumbre del Papa, invitar a comer a los obispos en visita ad limina, como también a grupos de obispos y sacerdotes de diversa composición, según la circunstancia. Eran casi siempre «comidas de trabajo» en las cuales a menudo se proponía un tema teológico.

»En los primeros tiempos hubo toda una serie de comidas en las que se discutía paso a paso el nuevo Código. Era una versión semi-definitiva sobre la que trabajábamos durante esas comidas, elaborando de este modo la redacción final. Más tarde, se discutieron los temas más variados.

»El gran número de presentes hacía siempre variada la conversación y de amplios vuelos. Y, sin embargo, había siempre un puesto para el buen humor. El Papa reía con gusto y así aquellas comidas de trabajo, a pesar de la seriedad que se imponía, eran de hecho también ocasiones para estar en gozosa compañía.

-¿Cuáles han sido los desafíos doctrinales que han afrontado juntos durante su mandato al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe?
-El primer gran desafío que afrontamos fue la Teología de la Liberación que se estaba difundiendo en América Latina. Tanto en Europa como en América del Norte era opinión común que se trataba de un apoyo a los pobres y por tanto de una causa que se debía aprobar sin más. Pero era un error. 

»La pobreza y los pobres eran sin duda tematizados por la Teología de la liberación pero con una perspectiva muy específica. Las formas de ayuda inmediata a los pobres y las reformas que mejoraban la condición venían condenadas como reformismo que tiene el efecto de consolidar el sistema: provocaban, se decía, rabia e indignación que, con todo, eran necesarias para la transformación revolucionaria del sistema. 

»No era cuestión de ayudas y de reformas, se decía, sino de la gran revuelta, de la que debía salir un mundo nuevo. La fe cristiana era usada como motor para este movimiento revolucionario, transformándola así en una fuerza de tipo político. Las tradiciones religiosas de la fe eran puestas al servicio de la acción política. 

»De este modo, la fe era profundamente alienada de sí misma y se debilitaba así también el verdadero amor por los pobres. Naturalmente, estas ideas se presentaban con diversas variantes y no siempre se asomaban con absoluta nitidez, pero, en el conjunto, esta era la dirección. 

»A una tal falsificación de la fe cristiana era necesario oponerse también precisamente por amor de los pobres y en favor del servicio a ellos. Sobre la base de las experiencias hechas en su patria polaca, Juan Pablo II nos facilitó las reflexiones fundamentales. Por una parte, él había vivido la esclavitud operada por esa ideología marxista que hacía de madrina de la Teología de la Liberación. 

»Sobre la base de su dolorosa experiencia, le resultaba claro que era necesario contrastar ese tipo de «liberación». Por otra parte, precisamente la situación de su patria le había mostrado que la Iglesia debe verdaderamente actuar para la libertad y la liberación no en modo político, sino despertando en los hombres, a través de la fe, las fuerzas de la auténtica liberación. 

»El Papa nos guió para tratar los dos aspectos: por un lado, desenmascarar una falsa idea de liberación, por otro, exponer la auténtica vocación de la Iglesia a la liberación del hombre. Esto es lo que hemos tratado de decir en las dos Instrucciones sobre la Teología de la liberación que están al principio de mi trabajo en la Congregación para la Doctrina de la Fe.

»Uno de los principales problemas de nuestro trabajo, en los años en los que fui Prefecto, era el esfuerzo por llegar a una correcta comprensión del ecumenismo.

»También en este caso se trata de una cuestión que tiene un doble perfil: por un lado, se debe afirmar con toda urgencia la tarea de actuar a favor de la unidad y se deben abrir caminos que conduzcan a ella; por otro, es necesario rechazar falsas concepciones de la unidad, que querrían alcanzar la unidad de la fe a través del atajo de la disolución de la fe.

»Han nacido en este contexto los documentos sobre varios aspectos del ecumenismo. Entre ellos, el que suscitó las mayores reacciones fue la declaración Dominus Jesusdel 2000, que resumió los elementos irrenunciables de la fe católica. 

»Por último, nos hemos ocupado también de la cuestión relativa a la naturaleza y a la tarea de la teología en nuestro tiempo. Cientificidad y vinculación con la Iglesia les parecen hoy a muchos elementos en contradicción. Y, sin embargo, la teología puede subsistir únicamente en la Iglesia y con la Iglesia. Sobre esta cuestión hemos publicado una Instrucción. 

»El diálogo entre las religiones es y sigue siendo un tema central; sobre él, sin embargo, hemos podido publicar sólo algunos textos más bien breves. Hemos tratado de acercarnos a la cuestión con prudencia, sobre todo a través del diálogo con los teólogos y las conferencias episcopales. Importante fue sobre todo el encuentro con las comisiones doctrinales de las Conferencias Episcopales de los países asiáticos en Hong Kong.

-Entre las muchas encíclicas de Juan Pablo II, ¿cuál considera la más importante?
-Pienso que son tres las encíclicas de particular importancia. En primer lugar, querría mencionar la «Redemptor hominis», la primera encíclica del Papa, en la que él ofreció su síntesis personal de la fe cristiana.

»Este texto es una especie de compendio de su personal confrontación y encuentro con la fe y presenta así una visión completa de la lógica del cristianismo.

»Como respuesta a la pregunta sobre cómo se puede ser cristiano hoy y creer como católico, este texto totalmente personal y a la vez totalmente eclesial puede ser de gran ayuda a todos aquellos que están buscando.

»En segundo lugar, querría mencionar la encíclica «Redemptoris missio». Se trata de un texto que pone de manifiesto la importancia permanente de la tarea misionera de la Iglesia, deteniéndose particularmente en las cuestiones que se plantean a la cristiandad en Asia y que ocupan a la teología en el mundo occidental.

»Se examina la relación entre el diálogo de las religiones y la tarea misionera y se muestra por qué, también hoy, es importante anunciar la Buena Nueva de Cristo, el Redentor de todos los hombres, a los hombres de todo lugar de la tierra y de toda cultura.

»En tercer lugar, querría citar la encíclica sobre los problemas morales, «Veritatis splendor». Ha precisado de largos años de maduración y sigue siendo de permanente actualidad. La Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, frente a la orientación de la época, prevalentemente iusnaturalista de la teología moral, quería que la doctrina moral católica sobre la figura de Jesús y su mensaje tuviera un fundamento bíblico. Esto se intentó a través de las referencias bíblicas sólo durante un breve periodo, luego se fue afirmando la opinión de que la Biblia no tenía una moral propia que anunciar, sino que se remitía a los modelos morales válidos según la ocasión. La moral es cuestión de la razón, se decía, no de la fe.

»Desapareció así, por una parte, la moral entendida en sentido iusnaturalista, pero en su lugar no se afirmó ninguna concepción cristiana. Y dado que no se podía reconocer ni un fundamento metafísico ni uno cristológico de la moral, se recurrió a soluciones pragmáticas: una moral fundada sobre el principio del equilibrio de bienes, en la cual no existe ya lo que está verdaderamente mal o lo que está verdaderamente bien, sino sólo aquello que, desde el punto de vista de la eficacia, es mejor o peor.

»La gran tarea que el Papa tuvo en esta encíclica fue la de recuperar nuevamente un fundamento metafísico en la antropología, como también una concreción cristiana en la nueva imagen del hombre de la Sagrada Escritura.

»Estudiar y asimilar esta encíclica sigue siendo un gran e importante deber.

»De gran significado es también la encíclica «Fides et ratio», en la que el Papa se esfuerza por ofrecer una nueva visión de la relación entre fe cristiana y razón filosófica. Por último es absolutamente necesario mencionar la «Evangelium Vitae», que desarrolla uno de los temas fundamentales de todo el pontificado de Juan Pablo II: la dignidad intangible de la vida humana, desde el momento mismo de la concepción.

-¿Cuáles eran las características sobresalientes de la espiritualidad de Juan Pablo II?
-La espiritualidad del Papa estaba caracterizada sobre todo por la intensidad de su oración y por tanto estaba profundamente arraigada en la celebración de la Santa Eucaristía y era practicada junto con toda la Iglesia mediante el rezo del Breviario. 

»En su libro autobiográfico «Don y misterio» es posible ver cómo el sacramento del sacerdocio determinó su vida y su pensamiento. Así, su devoción no podía nunca ser puramente individual, sino que estaba siempre también llena de solicitud por la Iglesia y por los hombres. La tarea de llevar a Cristo a los demás estaba arraigada en el centro de su piedad. 

»Todos nosotros hemos conocido su gran amor por la Madre de Dios. Donarse del todo a María significó ser, con ella, totalmente para el Señor. Así como María no vivió para sí misma sino para Él, del mismo modo, él aprendió de ella y del estar con ella una completa y rápida dedicación a Cristo.

-Ha abierto el iter para la beatificación antes de los tiempos establecidos por el Derecho Canónico. ¿Desde cuándo y cómo se ha convencido de la santidad de Juan Pablo II?
Que Juan Pablo II fuera un santo, en los años de la colaboración con él me ha sido continuamente cada vez más claro. Hay que tener en cuenta ante todo naturalmente su intensa relación con Dios, ese estar inmerso en la comunión con el Señor del que acabo de hablar. De aquí venía su alegría en medio de las grandes fatigas que tenía que soportar, y la valentía con la que asumió su tarea en un tiempo realmente difícil. 

»Juan Pablo II no pedía aplausos, ni ha mirado nunca alrededor preocupado por cómo eran acogidas sus decisiones. Él ha actuado a partir de su fe y de sus conviccionesy estaba también dispuesto a sufrir golpes. La valentía de la verdad es, a mi modo de ver, un criterio de primer orden de la santidad. Sólo a partir de su relación con Dios es posible entender también su indefectible empeño pastoral.

»Su empeño fue infatigable, y no sólo en los grandes viajes, cuyos programas estaban llenos de citas, desde el comienzo hasta el fin, sino también día a día, desde la misa de la mañana hasta las altas horas de la noche.

»Durante la primera visita a Alemania (1980), tuve por primera vez una experiencia muy concreta de este empeño enorme. Para su estancia en Múnich, decidí que debía tener un descanso más largo a mediodía. Durante la pausa me llamó a su habitación. Lo encontré mientras rezaba el Breviario y le dije: «Santo Padre, usted debería descansar»; y él: «Podré hacerlo en el cielo».

»Sólo quien está profundamente lleno de la urgencia de su misión puede actuar así. Pero debo honrar también su extraordinaria bondad y comprensión. A menudo habría tenido motivos suficientes para criticarme o poner fin a mi tarea de Prefecto. Y sin embargo me sostuvo con una fidelidad y una bondad absolutamente incomprensible.

»Querría poner un ejemplo. Frente al torbellino que se había desatado por la declaración Dominus Jesus, me dijo que en el Angelus quería defender inequívocamente el documento. Me invitó a escribir un texto para el Angelus que fuera estanco y no permitiera ninguna interpretación diversa. Tenía que emerger de forma inequívoca que él aprobaba el documento. 

»Preparé por tanto un breve discurso; no pretendía, sin embargo, ser demasiado brusco y por ello traté de expresarme con claridad pero sin dureza. Después de leerlo, me dijo : «¿Es de verdad suficientemente claro?». Yo respondí que sí. Quien conoce a los teólogos no se sorprenderá por el hecho de que hubo quien sostuvo que el Papa había prudentemente tomado distancia de la «Dominus Jesus».

-¿Qué experimenta hoy que la Iglesia reconoce la santidad de «su» Papa, Juan Pablo II, del que ha sido un estrecho colaborador?
-Mi recuerdo de Juan Pablo II está lleno de gratitud. No podía y no debía intentar imitarle, pero he tratado de seguir llevando adelante su herencia y su tarea lo mejor que he podido.

Fuente: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=35143