FIGURA Y FUNCIÓN DEL RELATOR EN LAS CAUSAS DE CANONIZACION

Con la promulgación de la Constitución Apostólica Divinus Perfectionis magíster (1983),  la novedad más importante que conforma la reestructuración procesal en la legislación vigente está representada por la institución del Colegio de Relatores.

Los relatores entran a  participar precisamente en la fase denominada romano-apostólica del Proceso, es decir cuando la Congregación para las Causas de los Santos, una vez emitido el Decretum de validitate Inquisitionis dioecesanae, encomienda un ulterior estudio de la Causa a un Relator, cuya tarea especifica, conjuntamente con el colaborador externo, es “estudiar” y resolver, en lo posible, las dificultades de la Causa,  refiriendo periódicamente al Congreso Ordinario de la Congregación, que se celebra habitualmente durante la mañana de la “Feria VI” (DPM, n. 7)

Inicialmente, debido a la novedad jurídica que ello representaba, la figura y las funciones propias del Relator no fueron plenamente comprendidas; en realidad, sustituía el aparato y la metodología de los estudiosos que hasta entonces habían constituido el cuerpo de la Sección histórico-hagiográfica de la Congregación. Las Positio (ponencias), redactadas por la Sección histórica eran de tal solidez científica que hacían innecesaria cualquier “animadversión” y respectiva  “responsio” al respecto;  más bien se daba lugar y criterio a la posibilidad de aplicar aquella metodología histórico-critica, utilizada en las causas “antiguas”, también a las más recientes o a aquellas de  naturaleza diversa.  Era exactamente eso lo que se proponía con la nueva legislación, al menos ese era el espíritu que propugnaba el mismo Colegio de Relatores, que debía distinguirse por su ciencia teológica, histórica y jurídica, a fin de representar, individualmente  y en conjunto como Colegio, una alternativa válida para proseguir la metodología de la sustituida sección histórica de la Congregación.

La tarea del Relator consiste pues en orientar, guiar y controlar el trabajo del colaborador externo, en consonancia con el rigor de la metodología, convergiendo fuentes autobiográficas, biográficas, procesales, iconográficas y documentales.

En suma, previamente a la publicación de la Positio deberá hallar la solución a eventuales problemas surgidos y llamar la atención de los Consultores sobre aquellos sin solución, en  forma clara y objetiva; el Relator es el responsable de oficio, que precede a la compilación del material, pero no está directamente involucrado en la Causa, por ello debe evitar emitir juicios de mérito sobre el ejercicio heroico de las virtudes de parte de un Siervo de Dios.

De esta manera, a veces la función del Relator toma la forma de censura,   sustituyendo las antiguas “observaciones críticas” del Promotor de la Fe. La envergadura de esta responsabilidad del Relator exige en él una preparación adecuada y un amplio acervo lingüístico, que, con las lenguas antiguas de la Iglesia, interprete los idiomas modernos del italiano, francés, inglés, español, portugués, que son las más habladas, conocidas y difundidas; de hecho, debido a su origen y conocimientos personales,  los relatores,  a menudo,  dominan un espectro aún más amplio de idiomas.

Otra de las funciones del Relator es la de indicar la eventual necesidad de expertos relacionados con algunos problemas particulares, y remitirse al Congreso Ordinario de la Congregación,  si  acaso una causa presentase una  real insuficiencia de pruebas: será el Congreso quien decida sobre la suspensión o prosecución de la Causa en cuestión. El Relator, por lo tanto, recaba, orienta, prepara, estudia el material procesale y documental, con el objeto de preparar la Positio, que, de conformidad con la naturaleza de la Causa, será sometida al juicio de la Consulta Histórica o Teológica, o directamente a la Consulta  Teológica o de Martirio.

 

P. Cristoforo Bove, OFMConv.

Relator

Un hombre de esperanza

El Papa Juan Pablo II es unánimemente reconocido como un hombre de esperanza. Viene al caso una de las biografias  más cuidadas y autorizadas que sobre él se han escrito, la del americano George Weigel, que lleva propiamente el título de “Testigo de esperanza”. Su vida entera, los años de su largo y fecundo pontificado y su legado espiritual, están verdaderamente impregnados de esta dimensión. Si probamos a pensar en él, nada trágico nos viene a la mente, a pesar del hecho de que su pontificado ha atraversado las grandes tragedias del siglo, ningún sentimiento de tristeza nos asalta, a pesar de tantos momentos de oscuridad y temor (basta pensar, por ejemplo, en el atentado) que lo han rozado, ningún sentido de vacío o flaqueza nos atenazan.

El Papa que nos ha introducido en el tercer milenio continúa, pues, siendo un punto de referencia esencial para la Iglesia universal, ahora confiada a su Sucesor Benedicto XVI, y para la italiana. Tanto más en este momento en que la Iglesia de nuestro País se prepara para vivir una fecha importante, el Convenio eclesial nacional de Verona “Testigos de Jesús Resucitado, esperanza del mundo”, el cuarto de una serie iniciada por Pablo VI en Roma en el año 1976. En el centro está precisamente el testimonio de la esperanza en la sociedad italiana de hoy, marcada por los profundos cambios de la cultura difusa, en el sentido de ser un conjunto civil, en el vivir la fiesta y el trabajo, en el afrontar las situaciones de precariedad y de debilidad existencial y social, acompañados también de desarrollos bastante problemáticos por lo que conciernen a realidades como la familia, la relación entre ciencia y vida, el diálogo entre las culturas. Materia de compromiso por parte de un laicado maduro y consciente, dispuesto a actuar en el presente, y que en la ciudad de Verona llevará – junto a religiosas, religiosos, sacerdotes, obispos, cardenales – su contribución de ideas y proyectos a través de cinco ámbitos temáticos de reflexión.

Pero este testimonio esencial no comienza y no se agota hoy. La memoria- dimensión en la que ahora vivimos también la obra de Juan Pablo II – y la tradición son esenciales. Por eso han sido determinadas y serán propuestas en los días del convenio figuras de testigos del Evangelio en la sociedad italiana del reciente pasado. Recorridos de perfección cristiana, que – precisamente como para el amado Pontífice desaparecido – en algunos casos están sometidos al examen de la Iglesia para ser eventualmente elevados a los altares. Pero que ya ahora desprenden una fuerza contagiosa: aquella que nace de una fe nutrida de oracion y activa en la prontitud por el prójimo.

En espera de escuchar, pues, a Benedicto XVI, no podemos no tener en la mente y en el corazón las numerosas ocasiones en las que Juan Pablo II ha manifestado con gestos y palabras su atención por la Iglesia de nuestro País y por toda la Italia, que él mismo definió como su “segunda patria”. Recordar aquí todas sus contribuciones es imposible. Elijo dos, que deseo poner como pequeñas señales en el camino hacia Verona. El primer legado es la dimensión de la oración, que ha sido un sello permanente del pontificado de Juan Pablo II, así como lo es de cada auténtica vida cristiana. Recuerdo el momento de la Gran oración por Italia, promovida y animada por él varias veces, en 1994 y 1998. En esta segunda ocasión expresó la inolvidable llamada del pueblo italiano, llamado a “discernir los ‘signos del tiempo’ y a empeñarse con corage y perseverancia en la edificacion de una sociedad con rostro humano”. Si miramos hoy tal rostro, mucho sudor y muchas lagrimas quedan por enjugar. Juan Pablo II, sobre todo en el largo periodo de su enfermedad, ha sabido dar sentido y valor también a esta dimensión del dolor que marca el rostro de la vida de tantos hombres, convirtiéndose, a título especial, en icono de corage y esperanza.

El segundo legado no puede no ser la presencia de Juan Pablo II en los dos precedentes Convenios eclesiales nacionales. En Loreto, en 1985, nos ha dicho que “en una sociedad pluralista y parcialmente descristianizada, la Iglesia está llamada a trabajar con humilde corage y plena confianza en el Señor, para que la fe cristiana tenga, o recupere, un papel de guía y una eficacia que arrastre, en el camino hacia el futuro”. Diez años después, en Palermo, nos ha recordado la importancia de “una conciencia precisa de la misión de la Iglesia en la historia, en la cultura y en la sociedad italiana” y nos ha invitado a vivir el Convenio como “una profesión de fe en Aquel que hace nuevas todas las cosas” y por tanto a hacer en modo que fuese caracterizado “por la virtud de la esperanza cristiana, que osa ponerse objetivos altos y nobles porque confia en Dios más que en el hombre”. Preciosas indicaciones que todos llevaremos en la alforja para Verona.

+ Giuseppe Betori

Secretario General Conferencia Episcopal Italiana

La necesidad de los milagros

Mons. Michele Di Ruberto, especialista en materia jurídica civil y canónica, desde hace treinta y cinco años trabaja en la Congregación de las Causas de los santos, de la que actualmente es subsecretario, participa en la Consulta médica, prepara y redacta, junto con los postuladores, la Positio super miro, es decir el conjunto de las actas de la causa y del proceso referentes al milagro. El proceso para la verificación de un milagro, realizado por intercesión de un candidato al honor de los altares, es de capital importancia en una causa de canonización. Seguimos ahora el iter con Mons. Di Ruberto, tomando en consideración el milagro atribuido a la intercesión de la beata Gianna Beretta Molla, médico y madre de familia, proclamada santa el 16 de mayo de 2004.

El último de los actos que cierra el camino jurídico de la verificación de un milagro – explica Mons. Di Ruberto – es el decreto: un acto jurídico de la Congregación para las causas de los santos, sancionado por el Papa, y en el que un hecho prodigioso se define como auténtico y verdadero milagro. Se considera milagro un hecho que supera las fuerzas de la naturaleza, que ha sido realizado por Dios poniendo por intercesor a un siervo de Dios o a un beato.

La investigación sobre un milagro, que es un auténtico proceso, se hace separadamente de la de las virtudes o del martirio. En el curso del procedimiento se recogen y seleccionan todas las pruebas adquiridas a cerca sea del hecho prodigioso en si mismo, para probar el evento milagroso en cuanto tal, sea de la atribución del mismo hecho a la intercesión de un determinado candidato al honor de los altares.

Determinar la heroicidad de las virtudes, a través de un trabajo de recogida de pruebas testificales y documentales, de un profundo estudio histórico-crítico, de la valoración teológica hasta alcanzar la certeza moral y la formulación de un juicio sobre la misma, por muy fundado, serio y cuidado que sea, puede quedar sujeto a posible error. Podemos siempre equivocarnos; los milagros, sin embargo, puede realizarlos sólo Dios y Dios no engaña. Son un don gratuito de Dios, un signo cierto de la revelación, destinado a glorificar a Dios, a suscitar y reforzar nuestra fe, y son también, por lo tanto, confirmación de la santidad de la persona invocada. Su reconocimiento permite, pues, la concesión del culto.

Los milagros han tenido siempre una relevancia central. Desde los primeros siglos, cuando los obispos tenían que conceder el culto a un mártir, antes de verificar la excellentia vitae y de las virtudes, consideraban las pruebas de la excellentia signorum. Poco a poco, a lo largo de los siglos, se establecieron y se perfilaron los procedimientos de investigación sobre los milagros antes de proceder a una canonización. Urbano II en el 1088 estableció “que no se pueden inscribir en el canon de los Santos si no hay testigos que declaren que los milagros han sido vistos con los propios ojos, y si no es confirmado por el consentimiento del Sínodo”. Desde el siglo XIII adquiere importancia el aspecto médico-legal y, con la institución de la Congregación de los Ritos en 1588, se reorganizó la materia. Se sugirieron criterios como la necesidad de interrogar a los testigos cualificados y de solicitar un parecer médico, para que el juicio fuese siempre emitido sobre la base de las pericias médico-legales y sobre la base de testigos oculares. Benedicto XIV puntualizó los criterios de valorización e instituyó el primer albo de médicos. Toda esta secular elaboración confluyó en el Código de derecho canónico de 1917. Sin embargo, la procedura adolecía de un punto débil: la falta de distinción entre juicio médico-científico y el juicio teológico, por lo que los teólogos juzgaban las conclusiones médicas sin ser específicamente competentes en materia. Pío XII, que había advertido personalmente esta necesidad, consituyó en 1948 la Comisión médica, más tarde denominada Consulta médica: un organismo específico para la valoración científica del milagro, y desde entonces el examen es doble: médico y teológico. El juicio de la Consulta médica se concluye estableciendo exactamente el diágnostico de la enfermedad, la prognosis, el tratamiento y su solución.

La curación, para ser considerada objeto de un posible milagro, tiene que ser juzgada por los especialistas como rápida, completa, duradera e inexplicable según los actuales conocimientos médico-científicos. La Consulta médica es un órgano colegial constituido por cinco médicos especialistas y por dos peritos de oficio. Los especialitas que toman parte varían según los casos clínicos presentados. Su juicio es de carácter netamente científico, no se pronuncia sobre si el hecho es o no milagro; por esto mismo, no es relevante que sean ateos o de otras religiones.

El milagro puede superar las capacidades de la naturaleza sea cuanto a la sustancia del hecho que cuanto al sujeto, o solo cuanto al modo de producirse. Se distinguen por tanto tres grados de milagros. El primer grado está representado por la resurrección de muertos (quoad substantiam). El segundo grado se refiere al sujeto (quoad subiectum): cuando la enfermedad de una persona es considerada incurable y en su evolución ha podido destruir incluso huesos u otros órganos vitales; en este caso no sólo se verifica la completa curación, sino también la recostrucción integral de esos órganos (restitutio in integrum). Existe un tercer grado (quoad modum): la curación instantánea de una enfermedad que la medicina habría podido conseguir sólo después de un largo período.

Cuanto a las conversiones prodigiosas, milagros de orden moral, no son materia de examen en las Causas porque no se pueden controlar, difícilmente tendrían un valor probatorio pues sería extremadamente difícil describir y definir semejantes acontencimientos. Objeto de examen son, sin embargo, los hechos prodigiosos de orden técnico. En los Evangelios se describen milagros de este tipo: por ejemplo, la transformación del agua en vino en las bodas de Caná, o la multiplicación de los panes y los peces. Son eventos analizables científica y técnicamente, de los que es posible demostrar la inexplicabilidad. En nuestros días tenemos el hecho eclatante de la multiplicación del arroz, hecho prodigioso acontecido en un comedor para pobres en España, por intercesión de fray Juan Macías, canonizado en 1975. En este caso, el examen no es competencia de los médicos, sino que se convoca una consulta de peritos técnicos.

Si surgen dudas, las consulta suspende la valorización y solicita otras pericias y documentos. Una vez alcanzada la mayoría o la unanimidad de los votos, el examen pasa a la Congregación de los obispos y cardenales, quienes, después de haber escuchado la exposición del hecho por parte de un ponente, discuten todos los elementos del milagro: cada componente da su juicio, que se somete a la aprobación del Papa; es él quien determina el milagro y dispone la promulgación del decreto.

Sobre el caso extraordinario atribuido a Gianna Beretta Molla, su reconomiento fue rapido. Su causa fue deseada por Pablo VI. Le había impresionado la figura de esta mujer de Acción católica y describió el ofrecimiento de su vida como una “meditada inmolación”. El hecho prodigioso de una niña formada en el seno materno a pesar de la ausencia total de líquido amniótico, es un milagro vinculado particularmente a la vida y a la obra de Gianna Beretta Molla, madre y médico pediatra. Es además singular que este milagro por su intercesión aconteciese, como también el precedente para la beatificación, en Brasil, a donde Gianna había deseado de joven ir como médico voluntario.

El Concilio Vaticano II, hablando de la intercesión de los santos, ha querido encuadrarla en la vital unión de caridad que tenemos que tener con ellos. Ese consorcio con los santos nos permite tener parte en los beneficios concedidos por sus méritos y formamos con ellos un solo cuerpo, una sola familia, una sola Iglesia.

Magnificat

[…]

Tu eres el más estupendo, omnipotente Esculpidor de santos
– mi camino está repleto de abedules, repleto de encinas –
Mira, yo soy la tierra de los campos, soy un campo en barbecho al sol,
Mira, yo soy un joven robusto de los Tatra.

Bendigo Tu siembra en levante y en poniente –
Señor, siembra generosamente Tu tierra
para que sea un campo de centeno, una espesura de abetos
mi juventud animada por la nostalgia, por la vida.

Mi felicidad – gran misterio – Te exalta
Porque has dilatado mi corazón con un canto original
porque has permitido a mi rostro sumergirse en el azul del cielo
porque has hecho llover en mis cuerdas la melodía
y en esta melodía Te has revelado en visión – a través de Cristo
[…]

Bendito es el Esculpidor de santos, eslavo y profeta –
Ten piedad – yo canto como un publicano inspirado –
Exalta alma mia, con el canto y la humildad
a Tu Señor, con el himno: ¡Santo, Santo, Santo!

[…]
¡Libro eslavo de nostalgias! Resuena hasta los confines
como los toques de los clarines en los coros de resurrección,
con puro canto sagrado, con una poesía reverente
y con el himno del Hombre – Magnificat de Dios.

Juan Pablo II, Cracovia, primavera-verano 1939

EL PAPA DE LOS GRANDES SERVICIOS

            Puede afirmarse en términos generales de los Papas que han regido la Iglesia en este último siglo, que han sido figuras sobresalientes, capaces de realizar grandes empresas, cada uno conforme a las exigencias del tiempo en que vivieron y conforme a su genio y su propio estilo. Bastaría citar a León XIII, el hombre sabio y penetrante de vastísima cultura; Pío XI, lleno de energía y clarividencia apostólica; Pío XII, que hizo sentir a tantos el gozo de contar con un maestro excepcional… Después Juan XXIII el de la convocación del Concilio Vaticano II; Pablo VI, de inmensa caridad e inteligencia casi angélica, y ahora Juan Pablo II.

Recuerdo el momento del Cónclave de octubre de 1978 en que, ya elegido Papa y vestido con la sotana blanca, pero todavía en la Capilla Sextina, teníamos que acercarnos los cardenales uno por uno a ofrecerle nuestro respeto y obediencia. Él estaba sentado en su sede, recogida la mirada y el rostro más bien inclinado hacia abajo, que solamente levantaba cuando tenía junto a sí, arrodillado, al cardenal que se había acercado.

Entre los primeros, por su antigüedad en el Colegio Cardenalicio, fue el primado de Polonia, el venerable y heroico luchador cardenal Wyszynski. Cuando el Papa se ido cuenta de quien era, no permitió que siguiera arrodillado, sino que se levantó, hizo levantarse también a quien le saludaba y ambos se fundieron en un abrazo conmovedor que hizo prorrumpir en un aplauso fervoroso a todos los cardenales que allí estábamos. Así estuvieron algún tiempo, sollozando. Cuando se separaron, mientras el primado volvía a su asiento, con el gozo y la congoja mezclados en su alma, el Papa Wojtyla le siguió con la mirada intensamente afectuosa y a la vez entristecida. En aquel abrazo acababa de hacerse visible el homenaje de la Polonia católica y mártir a la Santa Iglesia. ¡Los dos cardenales habían trabajado y sufrido tanto por mantener en su pueblo la perseverancia y el vigor de la fe!

Después de la ceremonia y tras el canto del Te Deum ritual, le acompañamos a la gran balconada de la basílica desde donde saludó y bendijo por primera vez al pueblo romano al presentarse humildemente como un hombre “venido de lejos”. Que, sin embargo, lograba desde el primer instante situarse tan junto al corazón de quienes le aclamaban.

El que iniciaba entonces su pontificado es el que ahora viene a España por tercera vez para encontrarse con tantos jóvenes de nuestras diócesis españolas y de otros muchos países de Europa, sin otro afán que el de predicar el Evangelio y llamar a la conciencia de la juventud del mundo, para pedirles a quienes tiene el privilegio de la más hermosa edad de la vida que no la dejen pasar sin abrir las puertas de su alma a Jesucristo Redentor.

Es lo que está haciendo desde el primer día de su ministerio supremo de Pastor universal. Pronto pudimos intuir, ya en la primera audiencia que concedió al Colegio Cardenalicio antes de que saliéramos de las estancias vaticanas en que habíamos vivido aquellos tres días, que su rica personalidad llena de energía y capacidad apostólica se entregaría incansable al difícil trabajo que le esperaba. Conocíamos muchos aspectos de su vida y de las cualidades que le adornaban, por eso precisamente había sido elegido. Pero había algo que solamente se presentía, aunque con muy sólido fundamento: su actitud de servicio a los hombres de nuestro tiempo desde el Evangelio y para el Evangelio, como corresponde a la misión de un Papa.

En los de la última centuria, a los queme he referido antes, se ha visto con qué grandeza se han entregado cada uno de ellos como “servus servorum Dei” a empresas apostólicas diversas, pero casi todas intraeclesiales, es decir, encaminadas a restaurar o perfeccionar la vida interna de la Iglesia. Han buscado romper el aislamiento en que quedaba esta frente al mundo contemporáneo (León XIII); embellecer por dentro el hogar eclesial en la doctrina y en la vida sacramental sobre todo eucarística (San Pío X); hacerla más consciente de algunas dimensiones olvidadas como por ejemplo el deber misionero y la vibración apostólica de los seglares (Pío XI). Pablo VI fue quien además de consumirse con generosidad sin igual en el trabajo intraeclesial, la interpretación del Concilio frente a la anarquía existente, comenzó a hacer sentir su presencia dialogante y llena de comprensión con los diversos sectores del mundo contemporáneo, aunque estuvieran alejados de la Iglesia.

Pero ha sido el Papa actual, Juan Pablo II, el que, sin descuidar la atención a las existencias del gobierno de la Iglesia en sí misma, ha saltado desde el Vaticano a todos los espacios físicos y sociales del mundo de hoy buscando al hombre, esté donde esté, con tanta dedicación como si todos fueran hijos suyos, y con tanto respeto a la vez que nadie puede acusarle de intromisión indelicada. Son servicios que él se cree obligado a prestar. Servicios al mundo, a la humanidad, porque piensa que el camino de la Iglesia hacia Cristo pasa por el hombre. Juan Pablo II está aplicando, con más intensidad que nadie, lo que pide la Constitución Gaudium et Spes, en cuya redacción tomó parte principal cuando era uno de los padres conciliares.

Los viajes por el mundo son servicios mediante los cuales ha acercado el Evangelio también a millones de hombres y mujeres que apenas sabían nada de Jesús, el Salvador. ¿No es este el mejor servicio que ha de prestar todo apóstol que quiera seguir el camino iniciado por los doce después de Pentecostés?

Ha defendido los derechos humanos de los hombres y de los pueblos en países de África, América y Europa con intrepidez y serena decisión.

Ha recordado a las diversas naciones en conflicto –caso de Argentina y Gran Bretaña- o en vías de padecerlo, cuáles son sus deberes en nombre de la justicia y de la paz. se reúne con científicos, incluso no creyentes, para tratar de entender mejor lo que en el orden del pensamiento y la investigación rehace o se puede hacer en beneficio del hombre.

Defiende la estabilidad e la familia, la dignidad de la mujer, la grandeza del amor conyugal en la fidelidad y el sacrificio del hombre y la mujer, con incomparable arrojo y valentía en todos los ambientes, consciente de que de este modo ofrece un servicio a la sociedad que solamente el paso del tiempo permitirá valorar conjunta estimación.

Por su naturaleza reservada y por las consecuencias que puedan tener la indiscreción o las decisiones apresuradas, apenas podemos entrever algo que sería injusto ignorar a la hora de medir los servios que Juan Pablo II está prestando al mundo de hoy: me refiero a lamenta pero innegable evolución que se está dando en los países del Este europeo en el orden religioso y político. Es evidente que no se debe solo a un cambio de orientación y propósito originado por razones económicas, como sería la imposibilidad de competir por parte de la Unión Soviética con el bloque occidental en la carrera de armamentos y a la vez en la elevación del nivel de vida del pueblo. Hay algo más. Hay un concurso invisible de fuerzas silenciosas que no han podido ser eliminadas a pesar de la hostilidad abierta de setenta años de revolución y que en el último decenio, precisamente a partir de la elección de Juan Pablo II, se han manifestado cada vez más eficaces para favorecer la llamada y la respuesta de una cultura cristiana que seguía ahí, reclamando paz, hermandad humana, sentido religioso, libertad, justicia sin violencia. Un Papa eslavo lo ha comprendido y visto mejor que nadie. Polonia está muy cerca de Rusia y él es polaco. Sus contactos con las Iglesias de la Ortodoxia, su empeño en hacernos entender a los europeos de acá, incluso en el ámbito del catolicismo romano, la Europa de allá, su interés por celebrar el milenario de la fe cristiana en Polonia y en Rusia y el DCCC aniversario en Lituania, su delicadeza de conceptos y palabras para referirse sin disimular ni herir a nadie, durante todos estos años, al hecho político de los países comunistas, junto con su paciencia limitada para el diálogo y la comunicación, han levantado muchas barreras que parecían infranqueables. La Santa Sede, sin descender a la arena política, tiene muchos miedos directos e indirectos para ir logrando que se abra una puerta o al menos una ventana por donde entre un poco de luz.

Servicio al mundo de hoy es también, aunque tenga carácter directamente intraeclesial, su extraordinaria labor en el campo del ecumenismo. Cuanto se haga por la unión de los cristianos servirá para la unión de los espíritus. Se comprende la fuerza y el amor con que se refiere a la necesidad de construir una Europa unida sobre cimientos cristianos. Se comprende que hable así quien sabe que sin el cristianismo Europa no es inteligible.

No ha descuidado tampoco el diálogo respetuoso y cordial con el judaísmo, con el Islam, con las grandes religiones del Oriente lejano. Por primera vez en la historia se han intercambiado el abrazo de la paz el Papa de Roma y los jefes religiosos de casi todo el mundo.

En suma, y prescindiendo de su infatigable y asombrosa labor en el interior de la Iglesia, que tan directamente va encaminada a confirmar en la fe a todo el pueblo cristiano y a librarle de oscuras y subjetivas veleidades que brotan aquí y allá, Juan Pablo II ha logrado hacer salir a la Iglesia de su ensimismamientos y está dándonos un espléndido ejemplo de cómo se puede servir la mundo –la Iglesia servidora de los hombres- en lo que este más necesita, sin renunciar para nada a la identidad de su misión ni a la fidelidad al Concilio Vaticano II y a la tradición de la Iglesia.

CARDENAL MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN

Publicado en ABC
20-8-1989

Tomado de http://www.cardenaldonmarcelo.es/articulo14.html

Don y abandono

El creyente sabe que la presencia del mal va siempre acompañada de la presencia del bien, de la gracia. San Pablo ha escrito: «Pero el don de la gracia no es como la caída; si, en efecto, por la caída de uno solo murieron todos, mucho más por la gracia de Dios y el don concedido en gracia de un solo hombre, Jesuscristo, ha sido concedida en abundancia a todos los hombres» (Rm 5, 15).

Estas palabras conservan toda su actualidad también en nuestros días. La Redención continúa. Donde crece el mal, allí crece también la esperanza del bien.

En nuestros tiempos, el mal se ha desarrollado enormemente, sirviéndose de la obra de sistemas perversos que han practicado a gran escala la violencia y la prepotencia. No hablo aquí del mal realizado por personas concretas con miras personales o mediante iniciativas individuales. El mal del siglo XX no ha sido un mal en edición de bolsillo, por así decir “artesanal”. Ha sido un mal de proporciones gigantescas, un mal que se ha servido de las estructuras estatales para cumplir su obra nefasta, un mal erigido en sistema.

Al mismo tempo, sin embargo, la gracia divina se ha manifestado con riqueza sobreabundante.

No hay mal del que Dios no pueda obtener un bien mayor. No hay sufrimiento que El no sepa transformar en camino que conduce a El. Ofreciéndose libremente a la pasión y a la muerte de cruz, el Hijo de Dios ha tomado sobre sí todo el mal del pecado. El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma más de sufrimiento, un dolor más o menos grande, sino que es un sufrimiento de grado y medida incomparables. Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha dado un nuevo sentido al sufrimiento, lo ha introducilo en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor.

Es verdad, el sufrimiento entra en la historia del hombre con el pecado original.

Es el pecado del “aguijón” (cfr. 1 Cor 15, 55-56) que nos provoca dolor, que hiere mortalmente al ser humano. Pero la pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido radicalmente nuevo al sufrimiento, lo ha transformado desde dentro. Ha introducido en la historia humana, que es historia de pecado, un sufrimiento sin culpa, afrontado unicamente por amor. Es este el sufrimiento que abre la puerta a la esperanza de la liberación, de la eliminación definitiva de ese «aguijón» que atormenta a la humanidad. Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor y que del pecado obtiene una multitud de bien.

Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad encierra en sí una promesa de salvación, una promesa de alegría: «Me alegro de los sufrimientos que padezco por vosotros» – escribe San Pablo (Col 1, 24). Esto puede servir para cualquier sufrimiento provocado por el mal; sirve también para el enorme mal social y político que hoy divide y agita al mundo: el mal de las guerras, de la opresión de los individuos y de los pueblos; el mal de la injusticia social, de la dignidad humana pisoteada, de la discriminación racial y religiosa; el mal de la violencia, del terrorismo, de la carrera de armamentos – todo este mal existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es don de sí en el servicio generoso y desinteresado hacia quien ha sido visitado por el sufrimiento. En el amor que tiene su origen en el corazón de Cristo está la esperanza para el futuro del mundo. Cristo es el Redentor del mundo: por sus llagas hemos sido curados (Is, 53, 5).

(Tomado de Memoria e Identidad, del Siervo de Dios Juan Pablo II)

Inmaculada Concepción

inmaculada-concepcion“Establezco hostilidades entre ti y la mujer… ella te herirá en la cabeza” (Gen 3, 15).

Estas palabras pronunciadas por el Creador en el jardín del Edén, están presentes en la liturgia de la fiesta de hoy. Están presentes en la teología de la Inmaculada Concepción. Con ellas Dios ha abrazado la historia del hombre en la tierra después del pecado original:

“Hostilidad”: lucha entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.

Esta lucha colma la historia del hombre en la tierra, crece en la historia de los pueblos, de las naciones, de los sistemas y, finalmente de toda la humanidad.

Esta lucha alcanza, en nuestra época, un nuevo nivel de tensión.

La Inmaculada Concepción no te ha excluido de ella, sino que te ha enraizado aún más en ella.

Tú, Madre de Dios, estás en medio de nuestra historia. Estás en medio de esta tensión.

Venimos hoy, como todos los años, a Ti, Virgen de la Plaza de España, conscientes más que nunca de esa lucha y del combate que se desarrolla en las almas de los hombres, entre la gracia y el pecado , entre la fe y la indiferencia e incluso el rechazo de Dios.

Somos conscientes de estas luchas que perturban el mundo contemporáneo. Conscientes de esta “hostilidad” que desde los orígenes te contrapone al tentador, a aquel que engaña al hombre desde el principio y es el “padre de la mentira”, el “príncipe de las tinieblas” y, a la vez, el “príncipe de este mundo” (Jn 12, 31).

Tú, que “aplastas la cabeza de la serpiente”, no permitas que cedamos.
No permitas que nos dejemos vencer por el mal, sino que haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.
Oh, , Tú, victoriosa en tu Innmaculada Concepción, victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerzaz de la gracia.
Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno.
Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la mima naturaleza que el Padre, tu Hijo crucificado y resucitado.
Mira que te abraza la potencia del Altísimo: el Espíritu Santo, el Fautor de la Santidad.
La heredad del pecado es extraña a Ti.
Eres “llena de gracia”.
Se abre en Ti el reino de Dios mismo.
Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, del hombre redimido, liberado del pecado.
Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, las tinieblas que se extienden sobre la tierra, que caen sobre los corazones humanos y sobre las consciencias.
¡Oh Inmaculada!
“Madre que nos conoces, permanece con tus hijos”.
Amén.

(Beato Juan Pablo II, Oración a la Inmaculada Concepción, Plaza de España, 8 de diciembre de 1984)