MADRE

I)

4. Concentración madura

“Las madres saben los instantes en los que el misterio
humano
despierta un reflejo de la luz en sus pupilas,
que prece tocar el corazón con la mirada apenas.

Sé de estas lucecitas que pasaron
sin despertar ningún eco
y duran lo que dura un pensamiento.

Hijo mío, complicado y grande, hijo sencillo,
conmigo te acostumbraste a pensamientos comunes a
todos los hombres
y, a la sombra de estas ideas, esperas la profunda voz
del corazón
que en cada persona suena de manera distinta.
Yo soy la madre absoluta
y esta plenitud nunca me cansará.

Cuando eres presa de un instante como éste,
no sientes cambio alguno, todo lo mío te aparece
sencillo.
Ya sabes, cuando las madres captan en los ojos de sus hijos
el hondo latido del corazón,
también estoy allí, recogida en su misterio

II)

1. La imploración de Juan

¡Oh Madre! no detengas el ritmo del corazón
que sube a tu miradad;
no cambies en nada este sentimiento,
en tus manos trasparentes has de traerme
la misma oleada.

Es Él quien te lo pide.

Soy Juan, el pescador, merezco poco que
se enamoren de mi.
Todavía lo recuerdo a orillas del lago,
cuando de repente, El.
No podrás recoger este misterio en mi,
pero dulcemente yo estaré en tus pensamientos,
como una hoja de mirto.

Que pueda decirte Madre, como Él lo quiso;
te ruego que no toques en nada esa palabra;
en verdad no es fácil medir su hondura,
cuyo sentido para ambos fue inspirada por El,
para que en El encuentre cobijo todo nuestro amor
ancestral.

2. El espacio que permanece en ti

Con frecuencia vuelvo al espacio
que tu Hijo, tu único Hijo ocupa.
Mis ideas se ajusntan a su forma,
pero qudan vacíos mis los ojos
y cuelgan de sus labios las palabras de siempre,
las mismas tras las que se ocultaba
cuando deseaba quedarse entre nosotros.

¿Es posible que estas mismas palabras
contengan el espacio mejor que la mirada?
¿Mejor que la memoria y el corazón?
¡Oh Madre!, de nuevo puedes hacerlo tuyo.

Inclínate junto conmigo y acecpta.
Tu Hijo tiene sabor a pan,
pan de una sustancia eterna.

¿Dónde está este espacio: en el murmullo de mis labios,
en los pensamientos, en la mirada, en el recuerdo,
o, tal vez, en el pan?
Se ha perdido entre tus brazos, con la cabecita
apoyada en tu hombro,
porque este espacio ha quedado en ti y de ti procede.

Nunca se ve el espacio. Nuestra unión es tan intensa,
que, cuando con dedos temblorosos partía el pan
para ofrecerlo a la Madre,
me he quedado un momento atónito,
al ver toda la verdad en una lágrima que asomaba
en tus ojos.

Karol Wojtyla