La necesidad de los milagros

Mons. Michele Di Ruberto, especialista en materia jurídica civil y canónica, desde hace treinta y cinco años trabaja en la Congregación de las Causas de los santos, de la que actualmente es subsecretario, participa en la Consulta médica, prepara y redacta, junto con los postuladores, la Positio super miro, es decir el conjunto de las actas de la causa y del proceso referentes al milagro. El proceso para la verificación de un milagro, realizado por intercesión de un candidato al honor de los altares, es de capital importancia en una causa de canonización. Seguimos ahora el iter con Mons. Di Ruberto, tomando en consideración el milagro atribuido a la intercesión de la beata Gianna Beretta Molla, médico y madre de familia, proclamada santa el 16 de mayo de 2004.

El último de los actos que cierra el camino jurídico de la verificación de un milagro – explica Mons. Di Ruberto – es el decreto: un acto jurídico de la Congregación para las causas de los santos, sancionado por el Papa, y en el que un hecho prodigioso se define como auténtico y verdadero milagro. Se considera milagro un hecho que supera las fuerzas de la naturaleza, que ha sido realizado por Dios poniendo por intercesor a un siervo de Dios o a un beato.

La investigación sobre un milagro, que es un auténtico proceso, se hace separadamente de la de las virtudes o del martirio. En el curso del procedimiento se recogen y seleccionan todas las pruebas adquiridas a cerca sea del hecho prodigioso en si mismo, para probar el evento milagroso en cuanto tal, sea de la atribución del mismo hecho a la intercesión de un determinado candidato al honor de los altares.

Determinar la heroicidad de las virtudes, a través de un trabajo de recogida de pruebas testificales y documentales, de un profundo estudio histórico-crítico, de la valoración teológica hasta alcanzar la certeza moral y la formulación de un juicio sobre la misma, por muy fundado, serio y cuidado que sea, puede quedar sujeto a posible error. Podemos siempre equivocarnos; los milagros, sin embargo, puede realizarlos sólo Dios y Dios no engaña. Son un don gratuito de Dios, un signo cierto de la revelación, destinado a glorificar a Dios, a suscitar y reforzar nuestra fe, y son también, por lo tanto, confirmación de la santidad de la persona invocada. Su reconocimiento permite, pues, la concesión del culto.

Los milagros han tenido siempre una relevancia central. Desde los primeros siglos, cuando los obispos tenían que conceder el culto a un mártir, antes de verificar la excellentia vitae y de las virtudes, consideraban las pruebas de la excellentia signorum. Poco a poco, a lo largo de los siglos, se establecieron y se perfilaron los procedimientos de investigación sobre los milagros antes de proceder a una canonización. Urbano II en el 1088 estableció “que no se pueden inscribir en el canon de los Santos si no hay testigos que declaren que los milagros han sido vistos con los propios ojos, y si no es confirmado por el consentimiento del Sínodo”. Desde el siglo XIII adquiere importancia el aspecto médico-legal y, con la institución de la Congregación de los Ritos en 1588, se reorganizó la materia. Se sugirieron criterios como la necesidad de interrogar a los testigos cualificados y de solicitar un parecer médico, para que el juicio fuese siempre emitido sobre la base de las pericias médico-legales y sobre la base de testigos oculares. Benedicto XIV puntualizó los criterios de valorización e instituyó el primer albo de médicos. Toda esta secular elaboración confluyó en el Código de derecho canónico de 1917. Sin embargo, la procedura adolecía de un punto débil: la falta de distinción entre juicio médico-científico y el juicio teológico, por lo que los teólogos juzgaban las conclusiones médicas sin ser específicamente competentes en materia. Pío XII, que había advertido personalmente esta necesidad, consituyó en 1948 la Comisión médica, más tarde denominada Consulta médica: un organismo específico para la valoración científica del milagro, y desde entonces el examen es doble: médico y teológico. El juicio de la Consulta médica se concluye estableciendo exactamente el diágnostico de la enfermedad, la prognosis, el tratamiento y su solución.

La curación, para ser considerada objeto de un posible milagro, tiene que ser juzgada por los especialistas como rápida, completa, duradera e inexplicable según los actuales conocimientos médico-científicos. La Consulta médica es un órgano colegial constituido por cinco médicos especialistas y por dos peritos de oficio. Los especialitas que toman parte varían según los casos clínicos presentados. Su juicio es de carácter netamente científico, no se pronuncia sobre si el hecho es o no milagro; por esto mismo, no es relevante que sean ateos o de otras religiones.

El milagro puede superar las capacidades de la naturaleza sea cuanto a la sustancia del hecho que cuanto al sujeto, o solo cuanto al modo de producirse. Se distinguen por tanto tres grados de milagros. El primer grado está representado por la resurrección de muertos (quoad substantiam). El segundo grado se refiere al sujeto (quoad subiectum): cuando la enfermedad de una persona es considerada incurable y en su evolución ha podido destruir incluso huesos u otros órganos vitales; en este caso no sólo se verifica la completa curación, sino también la recostrucción integral de esos órganos (restitutio in integrum). Existe un tercer grado (quoad modum): la curación instantánea de una enfermedad que la medicina habría podido conseguir sólo después de un largo período.

Cuanto a las conversiones prodigiosas, milagros de orden moral, no son materia de examen en las Causas porque no se pueden controlar, difícilmente tendrían un valor probatorio pues sería extremadamente difícil describir y definir semejantes acontencimientos. Objeto de examen son, sin embargo, los hechos prodigiosos de orden técnico. En los Evangelios se describen milagros de este tipo: por ejemplo, la transformación del agua en vino en las bodas de Caná, o la multiplicación de los panes y los peces. Son eventos analizables científica y técnicamente, de los que es posible demostrar la inexplicabilidad. En nuestros días tenemos el hecho eclatante de la multiplicación del arroz, hecho prodigioso acontecido en un comedor para pobres en España, por intercesión de fray Juan Macías, canonizado en 1975. En este caso, el examen no es competencia de los médicos, sino que se convoca una consulta de peritos técnicos.

Si surgen dudas, las consulta suspende la valorización y solicita otras pericias y documentos. Una vez alcanzada la mayoría o la unanimidad de los votos, el examen pasa a la Congregación de los obispos y cardenales, quienes, después de haber escuchado la exposición del hecho por parte de un ponente, discuten todos los elementos del milagro: cada componente da su juicio, que se somete a la aprobación del Papa; es él quien determina el milagro y dispone la promulgación del decreto.

Sobre el caso extraordinario atribuido a Gianna Beretta Molla, su reconomiento fue rapido. Su causa fue deseada por Pablo VI. Le había impresionado la figura de esta mujer de Acción católica y describió el ofrecimiento de su vida como una “meditada inmolación”. El hecho prodigioso de una niña formada en el seno materno a pesar de la ausencia total de líquido amniótico, es un milagro vinculado particularmente a la vida y a la obra de Gianna Beretta Molla, madre y médico pediatra. Es además singular que este milagro por su intercesión aconteciese, como también el precedente para la beatificación, en Brasil, a donde Gianna había deseado de joven ir como médico voluntario.

El Concilio Vaticano II, hablando de la intercesión de los santos, ha querido encuadrarla en la vital unión de caridad que tenemos que tener con ellos. Ese consorcio con los santos nos permite tener parte en los beneficios concedidos por sus méritos y formamos con ellos un solo cuerpo, una sola familia, una sola Iglesia.

¿CÓMO SE HACE UN SANTO?

            Durante el Pontificado del Papa Juan Pablo II la Congregación de las Causas de los Santos ha terminado las causas de casi la mitad de los 1345 beatos y 483 santos proclamados a lo largo de la historia.

¿Quién puede ser santo? ¿Quién puede ser beatificado? ¿Cómo se procede para elevar a alguien a los altares? ¿El milagro es de verdad necesario?

Responde Su Eminencia el Card. José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos. (Los textos seleccionados por Domitia Caramazza están tomados del libro Come si fa un santo, Ed. Piemme, 2005).

 

            ¿Quién es el santo?

Todos los santos, cada uno a su modo, han alcanzado los vértices del amor; cada uno es, sin embargo, portador de un mensaje específico, que hay que buscarlo no solamente en el heroísmo con que ha ejercitado “privadamente” las virtudes cristianas, sino también en el modo con que ha llevado a cabo la propia misión en la tierra. La conciencia de la misión recibida de Dios, junto con la lucha diaria por realizarla, explica el heroísmo de los santos. De hecho, el punto verdaderamente específico de cada causa de canonización consiste en la verificación de la radicalidad con que el individuo ha cumplido la voluntad de Dios, llevando a término la misión recibida. El santo es un ser profundamente humano: no tiene un corazón para amar a Dios y otro para amar a los hombres y al mundo entero. Tiene los pies en la tierra, a veces tropieza y cae, pero se levanta y sigue su camino. La santidad es plenitud de la humanidad. Los santos “representan al vivo el rostro de Cristo”, como nos ha recordado siempre Juan Pablo II. La santidad es posible alcanzarla y realizarla. Los santos son aquellos que nos garantizan exactamente ésto: es posibile vivir la Palabra de Cristo y ponerla en práctica. La santidad consiste en la perfecta unión con Cristo. Esa es, pues, al mismo tiempo, el fruto de la gracia de Dios y de la libre respuesta del hombre. El hombre, por tanto, está llamado a ser no un alter Christus, otro cristo, sino ipse Christus, Cristo mismo. Y Cristo es el hombre perfecto porque es la misma santidad de Dios encarnada, hecha tiempo e historia.

 

 A menudo se muestra perplejidad, por diversos motivos, sobre estas acciones de la Iglesia …

Alguien ha podido ver en el gran impulso, incluso numérico, que Juan Pablo II ha dado a las beatificaciones y canonizaciones durante su pontificado una estrategia expansionística de la Iglesia católica.

Para otros, la propuesta de nuevos beatos y santos – tan diferentes por nacionalidad, cultura y categoría – sería solo una operación de marketing de la santidad con fines de leadership del papado en la sociedad civil actual. Hay quien, en fin, ve en las canonizaciones y en el culto de los santos un residuo anacronístico de triunfalismo religioso, lejano e incluso contrario al espíritu y al dictado del Concilio Vaticano II. La verdad es que una lectura exclusivamente sociológica de este tema corre el riesgo de ser no solamente reductiva, sino incluso desviada, para la comprensión de un fenómeno tan característico y original de la Iglesia católica. Sin embargo, el mismo Concilio, a veces mal citado, ha querido explícitamente afirmar la vocación a la santidad de todos los cristianos y proponerla de nuevo con fuerza al mundo de hoy.

La santidad de la que hablamos, ¿está a la mano sólo de algunos privilegiados?

La llamada a la santidad es universal porque se dirige a todos los hombres y a todas las mujeres sin excepción alguna. Esto significa que va dirigida a cada persona concreta en el estado y en la situación en que vive. Juan Pablo II ha sido explícito y categórico en este aspecto. El ha indicado la santidad de todos como uno de los puntos fundamentales para la pastoral de la Iglesia del tercer milenio.

El camino que cada uno tiene que recorrer para alcanzar la santidad es el cumplimiento fiel de los propios deberes familiares, profesionales y sociales, es decir vivir en plenitud la vida ordinaria.

Es verdad que la santidad comporta el heroísmo en la práctica de las virtudes: es igualmente innegable que la perserverancia fiel en los deberes cotidianos puede ser más heroica que las gestas, a veces puramente imaginarias, en que algunos hacen consistir la santidad.

El santo llega al centro de la libertad, derrocha alegría por todos los poros y crea en torno a él un ambiente de serenidad y de paz. No existen santos con la cara larga, porque de lo contrario su santidad sería una caricatura de la verdadera santidad. La santidad es, por su misma naturaleza, alegre, porque no es otra cosa que la experiencia de vida, en toda su radicalidad, de la buena noticia del Reino.

 

  En una sociedad como la actual, ¿es más difícil aspirar a la santidad?

Hoy, en muchos contextos sociales, se ha llegado a una concepción más profunda y auténtica de la santidad. Por eso si se concibe la santidad como una santidad encarnada, vivida, existencial, se podría incluso decir que es menos difícil ser santos. Es siempre, sin embargo, difícil, obviamente, porque el cristianismo va siempre contracorriente. Los santos cristianos son un asombro que no ha faltado nunca en la vida de la Iglesia y que no puede pasar desapercibido a un atento observador laico.

Los nuevos santos no dividen, sino que unen y hacen bien incluso al diálogo, dentro y fuera de la Iglesia católica.

 

   ¿Qué distingue a los beatos y a los santos “oficiales” de todos los demás cristianos muertos en gracia de Dios?

Si el número de los cristianos que han vivido santamente coincidiese con el de los canonizados y proclamados beatos, estaríamos obligados a reconocer que, a lo largo de los dos milenios desde su fundación, la Iglesia habría fracasado en el cumplimiento de la misión confiada por Jesucristo. Pero no es así.

Hay una legión innumerable de personas que han vivido y muerto santamente y que están en el Paraíso, gozan de la visión beatífica y son recordadas todas juntas en la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre.

Se trata, podríamos decir, de los “soldados desconocidos” de la santidad, que, «están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazamente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación» (Lumen gentium, 49).

La canonización declara la santidad de una persona sin establecer una comparación con la de quienes están en el cielo.

¿Quién puede ser propuesto para una causa de canonización? Y cuando se puede iniciar el proceso?

Cualquier católico puede ser el protagonista de una causa, con tal de que haya ejercitado las virtudes cristianas en grado heroico y goce de fama de santidad después de su muerte. El grado heroico consiste en un comportamiento cristiano fuera de lo común, viviendo con prontitud de ánimo y con alegría las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), y además, si es una persona consagrada, la castidad, la pobreza y la obediencia. La fama de santidad es la opinión generalizada que lleva a los fieles a venerarlo y a encomendarse a su intercesión. Para iniciar una causa es necesario esperar al menos cinco años desde la muerte del candidato. El “actor” de la causa – que puede ser una diócesis, una congregación religiosa, un grupo de fieles o incluso una persona física – para poder introducir formalmente la causa tiene que dirigirse al obispo diocesano competente, y éste a su vez a la Congregación de las Causas de los Santos para consultar si por parte de la Santa Sede hay algún obstáculo que se oponga a la causa. Así mismo, trascurridos 30 años desde la muerte, es necesario demostrar que la causa no ha sido introducida por motivos vinculados a dificultades reales y no por negligencia o dolo.

            ¿Cuál es la diferencia práctica entre la beatificación y la canonización, entre el beato y el santo?

La beatificación es el primer paso en el camino hacia la definitiva canonización.

Con la beatificación se declara la santidad de vida del beato y se permite el culto público en su honor en el ámbito limitado de una diócesis o de una institución eclesiástica (por ejemplo, una congregación religiosa). La canonización es una declaración particularmente solemne de la santidad y prescribe el culto público en toda la Iglesia. Así pues, mientras la primera tiene una dimensión local, la segunda tiene una dimensión universal. Tanto la beatificación como la canonización presuponen la demostración de la heroicidad de las virtudes practicadas por el beato o el santo.

 

¿Cuáles son las etapas que forman el iter de una causa de beatificación?

Las causas de beatificación tienen dos fases fundamentales: una diocesana y otra romana.

La primera consiste en la instrucción que el obispo competente lleva a cabo para recoger todos los escritos del siervo de Dios, los testimonios y los documentos relacionados con su vida, actividad y virtudes o martirio. A tal fin el obispo diocesano constituye un tribunal, presidido por él mismo o por un delegado suyo, y formado por un promotor de justicia y por un notario.

Los testigos llamados a declarar ocupan una importancia especial. La mayor parte de ellos es presentada por el postulador (que es, en un cierto sentido, el “abogado defensor” de la causa), pero el tribunal puede convocar otros ex officio.

«Los testigos – establecen las Normae servandae, es decir las normas del proceso – tiene que ser oculares; a estos, si es necesario, se pueden añadir otros que han oido de quienes han visto; pero todos tienen que se dignos de crédito». La sinceridad de los testigos es absolutamente necesaria y es por esto que cada uno de ellos tiene que confirmar con juramento cuanto ha declarado. Cuando un siervo de Dios pertenece a un Instituto de vida consagrada, una buena parte de los testigos – para que haya el máximo de objetividad y de perfección – tiene que ser ajena a dicho Instituto.

Con la reforma legislativa de 1983 los documentos han adquirido la debida dignidad.

La documentación relativa a la vida del siervo de Dios y a su causa de beatificación, por encargo formal del obispo diocesano, es recogida por algunos expertos en historia y archivística, los cuales, al final del su trabajo, tienen que expresar su parecer acerca de la autenticidad y el valor de los documentos, así como su opinión sobre la personalidad del siervo de Dios, según lo que se deduce de los mismos documentos. Todos los actos del procedimiento instructorio diocesano, por último, se entregan a la Congregación de las Causas de los Santos, que los examina, en varias y diferentes instancias, para comprobar la heroicidad de las virtudes, el martirio, los posibles milagros.

 

¿Por qué es necesaria la aprobación de un milagro antes de la proclamación de un beato o de un santo?

Los milagros no se examinan nunca antes de la declaración de las virtudes heroicas.

Quisiera precisar que sólo los milagros atribuidos a la intercesión del siervo de Dios, después de su muerte, confirman definitivamente con autoridad divina la santidad. El número pedido para la beatificación y la canonización ha variado en la historia del derecho eclesiástico.

Desde el Año Santo del 1975 se ha comenzado a dispensar del segundo milagro para la beatificación y así se ha llegado a la actual praxis de un solo milagro para la beatificación y de otro para la canonización. En el milagro, la Iglesia ve el “sigilo de Dios” sobre la propia reflexión y sobre el propio trabajo. Las pruebas testificales, los examenes clínicos, las Consultas teológicas se llevan a cabo siempre con seriedad y cuidado, hasta alcanzar la certeza moral: ésta queda siempre a nivel de valoración o juicio humano. El milagro es visto como confirmación de la fe. Si hay católicos que no creen en los milagros es sólo por un problema de formación y de información. Y aquí es necesario, como Iglesia, trabajar más en las parroquias, en las diócesis, entre la gente, para que los milagros sean una realidad de la vida de cada día que se deben explicar, precisamente para aclarar las objeciones que puede en cualquier modo surgir en las personas.

 

    ¿Cómo se desarrolla el trabajo en la Congregación de las Causas de los santos?

            Las cuestiones más importantes se examinan y estudian en diferentes órganos colegiales. Por ejemplo, el Congreso ordinario, que se reúne todas las semanas, decide sobre la validez jurídica de las actas del proceso diocesano; la sesión de los consultores históricos estudia el valor científico y la suficiencia de la documentación referente a las causas históricas o antiguas; la Consulta médica o técnica examina el aspecto científico de los presuntos milagros presentados; el Congreso especial de los consultores teólogos, presidido por el promotor general de la fe, expresa su voto acerca de la heroicidad de las virtudes, del martirio, del presunto hecho milagroso; la Sesión ordinaria de los cardenales y obispos, presidida por el prefecto de la Congregación, juzga acerca de las materias sobre las que los teólogos han dado su voto. Las conclusiones de los cardenales y obispos se ponen en conocimiento del Santo Padre, que toma la decisión definitiva. Una nueva figura jurídica, nacida con la legislación del 1983, es la del relator, que de hecho absorbe las competencias que en un tiempo estaban distribuídas entre el promotor de la fe y los abogados de las causas. La tarea está especificada en la constitución Divinus perfectionis Magister, que establece que a cada relator, al que se le asigna el estudio de una concreta causa, corresponde la preparación de la llamada “Positio” (Positivo, en latín, y Positiones en plural) sobre las virtudes o sobre el martirio, aclarando todos los aspectos de la vida y del comportamiento del siervo de Dios. En los volúmenes que componen la Positio están recogidas las pruebas testificales y documentales y todos los actos jurídicos, los estudios y los sumarios necesarios para poder responder a la duda: si consta la heroicidad de las virtudes o el martirio, o si consta el milagro en el caso presente y para los efectos de que se trata. Un colaborador externo, presentado por la postulación, ayuda al relator en el propio trabajo. Actualmente los tiempos para la preparación de las Positiones son más breves que antes del 1983. Para el reconocimiento de las virtudes heroicas se promulga un decreto en presencia del Santo Padre. Desde ese momento se da al siervo de Dios el título de “venerable”, que, sin embargo, no implica alguna forma de culto público. Para llegar a la beatificación es necesario el reconocimiento de un milagro, atribuido a la intercesión del venerable. La prueba de un nuevo milagro es necesaria para proceder a la canonización.