FIGURA Y FUNCIÓN DEL RELATOR EN LAS CAUSAS DE CANONIZACION

Con la promulgación de la Constitución Apostólica Divinus Perfectionis magíster (1983),  la novedad más importante que conforma la reestructuración procesal en la legislación vigente está representada por la institución del Colegio de Relatores.

Los relatores entran a  participar precisamente en la fase denominada romano-apostólica del Proceso, es decir cuando la Congregación para las Causas de los Santos, una vez emitido el Decretum de validitate Inquisitionis dioecesanae, encomienda un ulterior estudio de la Causa a un Relator, cuya tarea especifica, conjuntamente con el colaborador externo, es “estudiar” y resolver, en lo posible, las dificultades de la Causa,  refiriendo periódicamente al Congreso Ordinario de la Congregación, que se celebra habitualmente durante la mañana de la “Feria VI” (DPM, n. 7)

Inicialmente, debido a la novedad jurídica que ello representaba, la figura y las funciones propias del Relator no fueron plenamente comprendidas; en realidad, sustituía el aparato y la metodología de los estudiosos que hasta entonces habían constituido el cuerpo de la Sección histórico-hagiográfica de la Congregación. Las Positio (ponencias), redactadas por la Sección histórica eran de tal solidez científica que hacían innecesaria cualquier “animadversión” y respectiva  “responsio” al respecto;  más bien se daba lugar y criterio a la posibilidad de aplicar aquella metodología histórico-critica, utilizada en las causas “antiguas”, también a las más recientes o a aquellas de  naturaleza diversa.  Era exactamente eso lo que se proponía con la nueva legislación, al menos ese era el espíritu que propugnaba el mismo Colegio de Relatores, que debía distinguirse por su ciencia teológica, histórica y jurídica, a fin de representar, individualmente  y en conjunto como Colegio, una alternativa válida para proseguir la metodología de la sustituida sección histórica de la Congregación.

La tarea del Relator consiste pues en orientar, guiar y controlar el trabajo del colaborador externo, en consonancia con el rigor de la metodología, convergiendo fuentes autobiográficas, biográficas, procesales, iconográficas y documentales.

En suma, previamente a la publicación de la Positio deberá hallar la solución a eventuales problemas surgidos y llamar la atención de los Consultores sobre aquellos sin solución, en  forma clara y objetiva; el Relator es el responsable de oficio, que precede a la compilación del material, pero no está directamente involucrado en la Causa, por ello debe evitar emitir juicios de mérito sobre el ejercicio heroico de las virtudes de parte de un Siervo de Dios.

De esta manera, a veces la función del Relator toma la forma de censura,   sustituyendo las antiguas “observaciones críticas” del Promotor de la Fe. La envergadura de esta responsabilidad del Relator exige en él una preparación adecuada y un amplio acervo lingüístico, que, con las lenguas antiguas de la Iglesia, interprete los idiomas modernos del italiano, francés, inglés, español, portugués, que son las más habladas, conocidas y difundidas; de hecho, debido a su origen y conocimientos personales,  los relatores,  a menudo,  dominan un espectro aún más amplio de idiomas.

Otra de las funciones del Relator es la de indicar la eventual necesidad de expertos relacionados con algunos problemas particulares, y remitirse al Congreso Ordinario de la Congregación,  si  acaso una causa presentase una  real insuficiencia de pruebas: será el Congreso quien decida sobre la suspensión o prosecución de la Causa en cuestión. El Relator, por lo tanto, recaba, orienta, prepara, estudia el material procesale y documental, con el objeto de preparar la Positio, que, de conformidad con la naturaleza de la Causa, será sometida al juicio de la Consulta Histórica o Teológica, o directamente a la Consulta  Teológica o de Martirio.

 

P. Cristoforo Bove, OFMConv.

Relator