San Juan Pablo II: al encuentro de los jóvenes

Esta serie de videos cortos buscan mostrar los rasgos más característicos de San Juan Pablo II. Los invitamos verlos y difundirlos. (Para acceder click en la imagen)

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La Madre Teresa y Juan Pablo II

La beata M. Teresa de Calcuta ha testimoniado a todos esta “ternura”. Lo confirma, en esta entrevista, sor Nirmala Maria, íntima colaboradora suya en los últimos años de su vida, “herencia viva” de su amor.

¿Quién era la Madre Teresa?

Citando a M. Teresa: “Soy albanesa de sangre, pero ciudadana indú. En cuanto a la fe, soy una religiosa católica. Por mi vocación, pertenezco a todo el mundo; pero por lo que se refiere a mi corazón, pertenezco enteramente al Corazón de Jesús”. Fundadora de las Misioneras de la Caridad, totalmente consagrada a Dios, vivía una fe que le permitía ver a Jesús en cada persona. Llevaba a todos el amor de Dios, tanto que quien trataba con ella podía experimentar la presencia de Dios, a través del amor descubrir una nueva dignidad y ser mejor. Su vida ha sido una vida apostólica, de profunda oración, humilde, llena de compasión y fuerza, porque buscó sólo cumplir no su voluntad, sino la de Dios.

 

¿Cuáles son los pasajes del Evangelio que expresan mejor vuestro carisma?

El Evangelio de san Juan (19, 25-30), dónde Jesús dice: “Tengo sed”. No sed de agua, sino de amor y de almas. Esto se comprende claramente leyendo el Evangelio de la samaritana. El segundo pasaje está tomado del Evangelio de san Mateo (25, 31- 46): “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

 

¿Qué significaba para la M. Teresa ser mujer, madre, religiosa y misionera?

Significaba irradiar la sencillez, la humildad, la generosidad, la fidelidad y la fecundidad de María, que fue rapidamente a llevar a Jesús a los demás, y permanecer con fuerza y compasión en el Calvario de este mundo, ofreciendo el servicio a Jesús que sufre come Ella en el Calvario.

 

¿Qué relación tenía la M. Teresa con sus hijas, las misioneras de la Caridad ?

Era una madre atenta. Cuando una hermana llegaba de lejos, se preocupaba que comiese, a veces era ella misma quien iba a la cocina a prepararle algo. La he visto también dejar su propia cama a quien estaba inferma. Cuando una hermana se encontraba en dificultad, la llamaba a la Casa Madre para estar cerca de ella y asegurarle la ayuda necesaria. La Madre solía decir: “Dios ha amado tanto al mundo que le ha dado a su Hijo Único”  añadiendo: “El ha amado tanto a los pobres que les ha enviado a las Misioneras de la Caridad. La caridad no es sólo amor humano, sino amor desinteresado, que participa al don de Dios hacia cada persona, un amor que todos son capaces de entender”.

Nosotras no somos, por tanto, asistentes sociales, pues nuestro apostolado es el fruto de nuestra unión con Cristo. Somos contemplativas en la acción. Nuestra obra es el medio con el que realizamos nuestro amor por Cristo.

 

Ustedes hacen cuatro votos: castidad, pobreza, obediencia y servicio gratis y de todo corazón a los más Pobres de entre los Pobres. ¿Cómo explicaba la M. Teresa la necesidad de los votos?

Estos cuatro votos – explicaba la Madre – nos permiten amar a Jesús con corazón indiviso en castidad, con la libertad de la pobreza, en el abbandono total a la obediencia y en el servicio gratis y de todo corazón a El, desfigurado en los más pobres de los pobres. Es así como realizamos nuestro fin: saciar la infinita sed de amor y de almas de Jesucristo en la Cruz.

 

¿Puede explicar cómo entendía la pobreza la M. Teresa?

En su relación con Dios, era la humilde conciencia y aceptación de nuestro pecado, el reconocerse necesitada de El, la disponibilidad para recibirlo todo de El. La pobreza tenía que ser la misma de Jesús crucificado, expropiado de si y de todo por nosotros, aquella auténticamente evangélica que se comunica también con la humildad, la amabilidad en la mirada, en la sonrisa y en el calor del saludo.

 

¿Qué suscitaba en el corazón de las personas el encuentro con la Madre?

Las personas que se encontraban con ella, experimentando su bondad, la cercanía a Dios y la humildad, se convertían en mejores. He visto hombres importantes conmoverse hasta llorar en su presencia; a otros, ofrecer generosamente su ayuda material y económica; a muchos cambiar estilo de vida y ponerse al servicio de los pobres; algunos han decidido ser colaboradores de por vida.

 

¿Puede contarnos algo de la amistad entre la M. Teresa y Juan Pablo II?

Su unión con Juan Pablo II se expresaba en el celo y en el profundo respeto con que intentaba escuchar y responder a la voluntad de Dios a través de sus consejos, obedeciendo a las peticiones y aceptando las misiones que él le confiaba. Entre los dos existía una profunda comunión espiritual que se manifestaba en una amistad afectuosa, basada en la íntima unión con Dios y en el servicio a Sus hijos.

 

El 19 de octubre de 2003 Juan Pablo II la proclamó beata. Esperamos ahora su canonización: ¿qué significaba para la Madre ser santos?

Permitir a Jesús vivir su Vida en ella; dar lo que Dios toma y recibir lo que El dona, con una amplia sonrisa. Enseñaba el secreto de la santidad sirviéndose de los cinco dedos de la mano. Sobre cada dedo de una mano escribía : “quiero, deseo, con la gracia de Dios, ser, santo; y sobre los de la otra mano: lo, habéis, hecho, a, mi. Unid las manos y seréis santos. La santidad depende de nuestro deseo, de nuestra determinación, y de la absoluta confianza en la gracia de Dios”.

 

¿Cuál fue la relación entre la M. Teresa y los jóvenes?

La M. Teresa se encontraba muy a gusto con los jóvenes, y estos con ella. Muchísimos de ellos venían de todas las partes del mundo para hacer voluntariado. Les animaba a profundizar en la fe y a participar en los momentos de oración con las hermanas. Les ayudaba a descubrir pobres en sus familias y en el vecindario. Era también capaz de discernir quién tenía vocación religiosa, animándolo a “Venid a ver”. Decía con una sonrisa amistosa: “Ven a ver y quédate”.

 

¿Cuál fue la cooperación de la M. Teresa al diálogo interreligioso?

Su amor a Dios y a sus hermanos era el origen y el centro del diálogo interreligioso. Su mensaje era este: “Si eres musulmán, sé un buen musulmán, si eres indú, sé un buen indú, etc”. En 1975 fue emocionante su deseo de pedir a los miembros de las diferentes confesiones religiosas que se unieran a ella en la acción de gracias por el 25 aniversario de la Congregación, que se celebraba ese mismo año. Para ello iba a rezar también en sus lugares de culto. Para el 50 aniversario, cuando ya estaba enferma, fueron a rezar con la Madre muchísimas personas en señal de agradecimiento. Desde que murió, el 10 de septiembre de cada año tenemos momentos de oración interreligioso ante su tumba.

 

Sor Nirmala Maria, Usted ha estado cerca de la M. Teresa en los últimos años de su vida, ¿puede contarnos como se preparó a la muerte?

Hablaba siempre de la muerte como de la vuelta a la casa de Dios Padre. Nunca noté en ella miedo a la muerte. Murió así como había vivido: trabajando por Dios hasta el último momento. Amaba la vida y era consciente del valor de cada momento para amar y ser amados, y para “conquistar” almas para Dios.

 

Estamos en el mes mariano, ¿puede decirnos algo de la devoción de la M. Teresa por María, Madre nuestra?

La M. Teresa afirmaba que la Congregación ha nacido por intercesión de la Virgen y que, por lo tanto, es suya: nuestro deber es rezar para que la Congregación pueda ser lo que Ella ha deseado en su Corazón Inmaculado desde el inicio y que ha querido dentro de la Iglesia. María ha sido la primera Misionera de la Caridad: portadora del amor de Dios. Todas nosotras estamos consagradas a su Corazón Inmaculado. La Madre nos recordaba: “Recurrid a Ella para obtener ayuda cuando la obra en bien de las almas es ardua. Ella nos obtendrá la fuerza de abrir a Jesús los corazones que están aún cerrados”.

 

¿Cuál es la herencia de la M. Teresa?

Ante todo ha dejado un ejemplo de cómo ser santos. Ha sido un modelo vivo de Esposa de Jesús crucificado, una auténtica Misionera de la Caridad. Todo nos ha sido transmitido a través de nuestra Regla y de las Constituciones, de sus enseñanzas, escritos, a través del testimonio de quien ha vivido con ella y de quien la ha conocido. Mucho se ha escrito sobre ella, como está documentado en la Postulación. La Madre y su mensaje tienen que descubrirse aún con más profundidad. Su herencia es un tesoro al que acudir en los años venideros.

Domitia Caramazza

«Que Juan Pablo II fue un santo lo tuve cada vez más claro al colaborar con él», dice Benedicto XVI

cropped-papa_75ea771f.jpgEl periodista polaco Wlodzimierz Redzioch ha sido el primero en entrevistar con detalle a Benedicto XVI desde que es papa emérito. El motivo fue conocer mejor a la figura de Juan Pablo II para elaborar un libro titulado “Junto a Juan Pablo II. Hablan los amigos y colaboradores”, que recoge 21 entrevistas a personas cercanas al Pontífice polaco, la primera de ellas la de Joseph Ratzinger. Esta Semana Santa el diario La Razón ha publicado lo que el Papa emérito explicaba sobre su predecesor en esa entrevista. 

-Santidad, los nombres de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger están vinculados, por varios motivos, con el Concilio Vaticano II. ¿Se conocieron durante el Concilio?
-El primer encuentro consciente entre el cardenal Wojtyla y yo tuvo lugar solamente en el Cónclave en el que fue elegido el Papa Juan Pablo I. Durante el Concilio, habíamos colaborado los dos en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, pero en secciones diversas, de modo que no nos encontramos. 

»En septiembre de 1978, con ocasión de la visita de los obispos polacos a Alemania, yo estaba en Ecuador como representante personal de Juan Pablo I. La Iglesia de Munich y Frisinga está vinculada con la Iglesia ecuatoriana por una fraternidad llevada a cabo por el arzobispo Echevarría Ruiz (Guayaquil) y el cardenal Döpfner. Y así, con enorme disgusto, perdí la ocasión de conocer personalmente al arzobispo de Cracovia. Naturalmente había oído hablar de su obra de filósofo y de pastor, y desde hace tiempo deseaba conocerle.

»Wojtyla por su parte había leído mi Introducción al cristianismoque había también citado en los Ejercicios Espirituales predicados por él a Pablo VI y a la Curia en la Cuaresma de 1976. Por ello es como si interiormente los dos hubiéramos estado esperando encontrarnos. Experimenté desde el principio una gran veneración y una cordial simpatía por el metropolitano de Cracovia. En el pre-cónclave de 1978 él analizó para nosotros en modo sorprendente la naturaleza del marxismo. Pero sobre todo percibí enseguida con fuerza la fascinación humana que él despertaba y, de cómo rezaba, advertí cuán unido a Dios estaba.

-¿Qué experimentó cuando el santo Padre Juan Pablo II le ha llamó para confiarle la guía de la Congregación para la Doctrina de la fe?
-Juan Pablo II me llamó en 1979 para nombrarme prefecto de la Congregación para la Educación Católica.

»Habían transcurrido apenas dos años desde mi consagración episcopal en Munich y me parecía imposible dejar tan rápido la sede de san Corbiniano. La consagración episcopal representaba de alguna manera una promesa de fidelidad hacia mi diócesis de pertenencia. Pedí por ello al Papa que no hiciera ese nombramiento; y él llamó para ese encargo al cardenal Baum de Washington, preanunciándome, con todo, desde aquel momento, que enseguida me llamaría para otro encargo. Fue en el curso del año 1980 cuando me dijo que me quería nombrar, a finales de 1981, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como sucesor del cardenal Šeper.

»Dado que continuaba sintiéndome obligado ante mi diócesis de pertenencia, para la aceptación del encargo me permití poner una condición, que por lo demás consideraba irrealizable. Dije que sentía el deber de continuar publicando trabajos teológicos. Podría responder afirmativamente sólo si esto fuera compatible con la tarea de prefecto. El Papa, que conmigo era siempre muy benévolo y comprensivo, me dijo que se informaría sobre esa cuestión para hacerse una idea. Cuando más tarde le hice una visita, me explicó que las publicaciones teológicas son compatibles con el oficio de prefecto; también el cardenal Garrone, dijo, había publicado trabajos teológicos cuando era prefecto de la Congregación para la Educación Católica.

»Así que acepté el encargo, bien consciente de la gravedad de la tarea, pero sabiendo también que la obediencia al Papa exigía ahora de mí un «sí».

-¿Podría decirnos cómo se desarrollaba la colaboración entre ustedes?
– La colaboración con el santo Padre estuvo siempre caracterizada por la amistad y el afecto. Ésta se desarrolló sobre todo en dos planos: el oficial y el privado.

»El Papa cada viernes, a las seis de la tarde, recibía en audiencia al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que sometía a su decisión los problemas aparecidos. Tenían naturalmente prioridad los problemas doctrinales, a los que se añadían cuestiones de tipo disciplinar (la reducción al estado laical de sacerdotes que hacen una petición, la concesión del privilegio paulino para aquellos matrimonios en los que uno de los dos cónyuges no es cristiano, y otras cuestiones). Enseguida se añadió también el trabajo en vía de elaboración del Catecismo de la Iglesia Católica.

»Algunas veces, el santo Padre recibía con tiempo la documentación esencial y por tanto conocía anticipadamente las cuestiones de las que iba a tratar. De este modo, sobre problemas teológicos hemos podido siempre conversar fructuosamente. El Papa era muy versado en literatura alemana contemporánea y era siempre hermoso (para los dos) buscar juntos la decisión justa sobre todas estas cosas.

»Junto a las verdaderas y específicas citas oficiales, había diversos tipos de encuentros semioficiales o no oficiales.

»Llamaría semioficiales a las audiencias en las que, por diversos años, cada martes por la mañana, se trataban las catequesis del miércoles con grupos compuestos cada vez en modo diverso. Por medio de las catequesis, el Papa había decidido ofrecer con el tiempo un catecismo. Él indicaba los temas y hacía preparar breves consideraciones preliminares para desarrollar luego. Dado que estaban siempre presentes representantes de diversas disciplinas, esas conversaciones eran siempre muy hermosas e instructivas; las recuerdo con gusto. También aquí emergía la competencia teológica del Papa. Pero al mismo tiempo, yo admiraba su disponibilidad a aprender.

»En fin, era costumbre del Papa, invitar a comer a los obispos en visita ad limina, como también a grupos de obispos y sacerdotes de diversa composición, según la circunstancia. Eran casi siempre «comidas de trabajo» en las cuales a menudo se proponía un tema teológico.

»En los primeros tiempos hubo toda una serie de comidas en las que se discutía paso a paso el nuevo Código. Era una versión semi-definitiva sobre la que trabajábamos durante esas comidas, elaborando de este modo la redacción final. Más tarde, se discutieron los temas más variados.

»El gran número de presentes hacía siempre variada la conversación y de amplios vuelos. Y, sin embargo, había siempre un puesto para el buen humor. El Papa reía con gusto y así aquellas comidas de trabajo, a pesar de la seriedad que se imponía, eran de hecho también ocasiones para estar en gozosa compañía.

-¿Cuáles han sido los desafíos doctrinales que han afrontado juntos durante su mandato al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe?
-El primer gran desafío que afrontamos fue la Teología de la Liberación que se estaba difundiendo en América Latina. Tanto en Europa como en América del Norte era opinión común que se trataba de un apoyo a los pobres y por tanto de una causa que se debía aprobar sin más. Pero era un error. 

»La pobreza y los pobres eran sin duda tematizados por la Teología de la liberación pero con una perspectiva muy específica. Las formas de ayuda inmediata a los pobres y las reformas que mejoraban la condición venían condenadas como reformismo que tiene el efecto de consolidar el sistema: provocaban, se decía, rabia e indignación que, con todo, eran necesarias para la transformación revolucionaria del sistema. 

»No era cuestión de ayudas y de reformas, se decía, sino de la gran revuelta, de la que debía salir un mundo nuevo. La fe cristiana era usada como motor para este movimiento revolucionario, transformándola así en una fuerza de tipo político. Las tradiciones religiosas de la fe eran puestas al servicio de la acción política. 

»De este modo, la fe era profundamente alienada de sí misma y se debilitaba así también el verdadero amor por los pobres. Naturalmente, estas ideas se presentaban con diversas variantes y no siempre se asomaban con absoluta nitidez, pero, en el conjunto, esta era la dirección. 

»A una tal falsificación de la fe cristiana era necesario oponerse también precisamente por amor de los pobres y en favor del servicio a ellos. Sobre la base de las experiencias hechas en su patria polaca, Juan Pablo II nos facilitó las reflexiones fundamentales. Por una parte, él había vivido la esclavitud operada por esa ideología marxista que hacía de madrina de la Teología de la Liberación. 

»Sobre la base de su dolorosa experiencia, le resultaba claro que era necesario contrastar ese tipo de «liberación». Por otra parte, precisamente la situación de su patria le había mostrado que la Iglesia debe verdaderamente actuar para la libertad y la liberación no en modo político, sino despertando en los hombres, a través de la fe, las fuerzas de la auténtica liberación. 

»El Papa nos guió para tratar los dos aspectos: por un lado, desenmascarar una falsa idea de liberación, por otro, exponer la auténtica vocación de la Iglesia a la liberación del hombre. Esto es lo que hemos tratado de decir en las dos Instrucciones sobre la Teología de la liberación que están al principio de mi trabajo en la Congregación para la Doctrina de la Fe.

»Uno de los principales problemas de nuestro trabajo, en los años en los que fui Prefecto, era el esfuerzo por llegar a una correcta comprensión del ecumenismo.

»También en este caso se trata de una cuestión que tiene un doble perfil: por un lado, se debe afirmar con toda urgencia la tarea de actuar a favor de la unidad y se deben abrir caminos que conduzcan a ella; por otro, es necesario rechazar falsas concepciones de la unidad, que querrían alcanzar la unidad de la fe a través del atajo de la disolución de la fe.

»Han nacido en este contexto los documentos sobre varios aspectos del ecumenismo. Entre ellos, el que suscitó las mayores reacciones fue la declaración Dominus Jesusdel 2000, que resumió los elementos irrenunciables de la fe católica. 

»Por último, nos hemos ocupado también de la cuestión relativa a la naturaleza y a la tarea de la teología en nuestro tiempo. Cientificidad y vinculación con la Iglesia les parecen hoy a muchos elementos en contradicción. Y, sin embargo, la teología puede subsistir únicamente en la Iglesia y con la Iglesia. Sobre esta cuestión hemos publicado una Instrucción. 

»El diálogo entre las religiones es y sigue siendo un tema central; sobre él, sin embargo, hemos podido publicar sólo algunos textos más bien breves. Hemos tratado de acercarnos a la cuestión con prudencia, sobre todo a través del diálogo con los teólogos y las conferencias episcopales. Importante fue sobre todo el encuentro con las comisiones doctrinales de las Conferencias Episcopales de los países asiáticos en Hong Kong.

-Entre las muchas encíclicas de Juan Pablo II, ¿cuál considera la más importante?
-Pienso que son tres las encíclicas de particular importancia. En primer lugar, querría mencionar la «Redemptor hominis», la primera encíclica del Papa, en la que él ofreció su síntesis personal de la fe cristiana.

»Este texto es una especie de compendio de su personal confrontación y encuentro con la fe y presenta así una visión completa de la lógica del cristianismo.

»Como respuesta a la pregunta sobre cómo se puede ser cristiano hoy y creer como católico, este texto totalmente personal y a la vez totalmente eclesial puede ser de gran ayuda a todos aquellos que están buscando.

»En segundo lugar, querría mencionar la encíclica «Redemptoris missio». Se trata de un texto que pone de manifiesto la importancia permanente de la tarea misionera de la Iglesia, deteniéndose particularmente en las cuestiones que se plantean a la cristiandad en Asia y que ocupan a la teología en el mundo occidental.

»Se examina la relación entre el diálogo de las religiones y la tarea misionera y se muestra por qué, también hoy, es importante anunciar la Buena Nueva de Cristo, el Redentor de todos los hombres, a los hombres de todo lugar de la tierra y de toda cultura.

»En tercer lugar, querría citar la encíclica sobre los problemas morales, «Veritatis splendor». Ha precisado de largos años de maduración y sigue siendo de permanente actualidad. La Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, frente a la orientación de la época, prevalentemente iusnaturalista de la teología moral, quería que la doctrina moral católica sobre la figura de Jesús y su mensaje tuviera un fundamento bíblico. Esto se intentó a través de las referencias bíblicas sólo durante un breve periodo, luego se fue afirmando la opinión de que la Biblia no tenía una moral propia que anunciar, sino que se remitía a los modelos morales válidos según la ocasión. La moral es cuestión de la razón, se decía, no de la fe.

»Desapareció así, por una parte, la moral entendida en sentido iusnaturalista, pero en su lugar no se afirmó ninguna concepción cristiana. Y dado que no se podía reconocer ni un fundamento metafísico ni uno cristológico de la moral, se recurrió a soluciones pragmáticas: una moral fundada sobre el principio del equilibrio de bienes, en la cual no existe ya lo que está verdaderamente mal o lo que está verdaderamente bien, sino sólo aquello que, desde el punto de vista de la eficacia, es mejor o peor.

»La gran tarea que el Papa tuvo en esta encíclica fue la de recuperar nuevamente un fundamento metafísico en la antropología, como también una concreción cristiana en la nueva imagen del hombre de la Sagrada Escritura.

»Estudiar y asimilar esta encíclica sigue siendo un gran e importante deber.

»De gran significado es también la encíclica «Fides et ratio», en la que el Papa se esfuerza por ofrecer una nueva visión de la relación entre fe cristiana y razón filosófica. Por último es absolutamente necesario mencionar la «Evangelium Vitae», que desarrolla uno de los temas fundamentales de todo el pontificado de Juan Pablo II: la dignidad intangible de la vida humana, desde el momento mismo de la concepción.

-¿Cuáles eran las características sobresalientes de la espiritualidad de Juan Pablo II?
-La espiritualidad del Papa estaba caracterizada sobre todo por la intensidad de su oración y por tanto estaba profundamente arraigada en la celebración de la Santa Eucaristía y era practicada junto con toda la Iglesia mediante el rezo del Breviario. 

»En su libro autobiográfico «Don y misterio» es posible ver cómo el sacramento del sacerdocio determinó su vida y su pensamiento. Así, su devoción no podía nunca ser puramente individual, sino que estaba siempre también llena de solicitud por la Iglesia y por los hombres. La tarea de llevar a Cristo a los demás estaba arraigada en el centro de su piedad. 

»Todos nosotros hemos conocido su gran amor por la Madre de Dios. Donarse del todo a María significó ser, con ella, totalmente para el Señor. Así como María no vivió para sí misma sino para Él, del mismo modo, él aprendió de ella y del estar con ella una completa y rápida dedicación a Cristo.

-Ha abierto el iter para la beatificación antes de los tiempos establecidos por el Derecho Canónico. ¿Desde cuándo y cómo se ha convencido de la santidad de Juan Pablo II?
Que Juan Pablo II fuera un santo, en los años de la colaboración con él me ha sido continuamente cada vez más claro. Hay que tener en cuenta ante todo naturalmente su intensa relación con Dios, ese estar inmerso en la comunión con el Señor del que acabo de hablar. De aquí venía su alegría en medio de las grandes fatigas que tenía que soportar, y la valentía con la que asumió su tarea en un tiempo realmente difícil. 

»Juan Pablo II no pedía aplausos, ni ha mirado nunca alrededor preocupado por cómo eran acogidas sus decisiones. Él ha actuado a partir de su fe y de sus conviccionesy estaba también dispuesto a sufrir golpes. La valentía de la verdad es, a mi modo de ver, un criterio de primer orden de la santidad. Sólo a partir de su relación con Dios es posible entender también su indefectible empeño pastoral.

»Su empeño fue infatigable, y no sólo en los grandes viajes, cuyos programas estaban llenos de citas, desde el comienzo hasta el fin, sino también día a día, desde la misa de la mañana hasta las altas horas de la noche.

»Durante la primera visita a Alemania (1980), tuve por primera vez una experiencia muy concreta de este empeño enorme. Para su estancia en Múnich, decidí que debía tener un descanso más largo a mediodía. Durante la pausa me llamó a su habitación. Lo encontré mientras rezaba el Breviario y le dije: «Santo Padre, usted debería descansar»; y él: «Podré hacerlo en el cielo».

»Sólo quien está profundamente lleno de la urgencia de su misión puede actuar así. Pero debo honrar también su extraordinaria bondad y comprensión. A menudo habría tenido motivos suficientes para criticarme o poner fin a mi tarea de Prefecto. Y sin embargo me sostuvo con una fidelidad y una bondad absolutamente incomprensible.

»Querría poner un ejemplo. Frente al torbellino que se había desatado por la declaración Dominus Jesus, me dijo que en el Angelus quería defender inequívocamente el documento. Me invitó a escribir un texto para el Angelus que fuera estanco y no permitiera ninguna interpretación diversa. Tenía que emerger de forma inequívoca que él aprobaba el documento. 

»Preparé por tanto un breve discurso; no pretendía, sin embargo, ser demasiado brusco y por ello traté de expresarme con claridad pero sin dureza. Después de leerlo, me dijo : «¿Es de verdad suficientemente claro?». Yo respondí que sí. Quien conoce a los teólogos no se sorprenderá por el hecho de que hubo quien sostuvo que el Papa había prudentemente tomado distancia de la «Dominus Jesus».

-¿Qué experimenta hoy que la Iglesia reconoce la santidad de «su» Papa, Juan Pablo II, del que ha sido un estrecho colaborador?
-Mi recuerdo de Juan Pablo II está lleno de gratitud. No podía y no debía intentar imitarle, pero he tratado de seguir llevando adelante su herencia y su tarea lo mejor que he podido.

Fuente: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=35143

LA VERDAD EN EL PROCESO DE CANONIZACIÓN

Mons. Robert J. Sarno, oficial de la Congregación de las Causas de los Santos, sacerdote de la Diócesis de Brookly (USA), en este artículo sitúa en el contexto del Proceso el significado del unánime grito Santo subito!: el grito de todos aquellos que reconocen al Siervo de Dios Juan Pablo II como un auténtico y extraordinario testigo del Amor de Cristo.

¡Santo subito! fue el grito espontáneo de no pocas personas que asistieron, personalmente o a través de los medios de comunicación, al último adios del pueblo de Dios a Su Santidad Juan Pablo II en el día de sus exequias en la Plaza de S. Pedro. Este grito expresaba el deseo de ver pronto elevado a los altares a un hombre elegido por Dios para Pastor Supremo de la Iglesia universal. Y es más, el influjo de su vida personal y de sus enseñanzas ha cambiado la Iglesia y la vida de innumerables personas en todas las partes del mundo.

La Iglesia escucha este grito, pues está llamada por su único Pastor y Señor a discernir la obra del Espíritu Santo, alma de la Iglesia, que suscita en el pueblo de Dios la imitación de la persona que ha dado un fúlgido ejemplo de cómo vivir todas las virtudes cristianas en modo heroico en todas las situaciones de la vida que se puedan presentar. Como respuesta a este grito fuerte y claro, el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha concedido la dispensa de los cinco años de espera para poder iniciar la causa de beatificación y canonización del Siervo de Dios Juan Pablo II (Karol Wojtyła), Sumo Pontífice.

Esta dispensa, de todos modos, no significa mínimamente una dispensa del normal y acostumbrado procedimento que se sigue para alcanzar la verdad necesaria para la beatificación y la canonización de cualquier Siervo de Dios. La canonización es una solemne declaración por parte del Sumo Pontífice de que el Siervo de Dios está verdadera y actualmente en la presencia del Padre celestial y, por tanto, puede ser llamado Santo. Podrá parecer absurdo, pero la canonización no cambia para nada al santo canonizado: el santo no tiene necesidad de ser canonizado. El Siervo de Dios canonizado no tendrá un puesto en el cielo superior al de los Santos no canonizados.

Lo que es de suma importancia para la Iglesia peregrina en la tierra es la vía que el Siervo de Dios ha recorrido para alcanzar la meta de su vida: el cielo. Todos nosostros estamos llamados a ser santos, es decir a vivir para siempre en el cielo con Dios. El Señor nos ha revelado el camino seguro: “Yo soy el camino, la verdad y la vida … nadie puede ir al Padre si no por Mi”. Así pues, seguir a Cristo nos conducirá al cielo. La historia de la Iglesia, sin embargo, confirma que de entre todos los miembros del pueblo de Dios algunos han sido elegidos por Dios para ofrecernos un ejemplo más excelente en este camino: algunos reciben la gracia de seguir a Cristo muy de cerca en el martirio (mártir); otros, como Juan Pablo II, reciben la gracia de seguir a Cristo día a día en el ejercicio heroico de todas las virtudes cristianas (confesor).
La Investigación Diocesana no es otra cosa que un proceso regulado por la ley eclesiástica para recoger, a nivel local, todas las pruebas a favor y en contra de la canonización del Siervo de Dios. Quede bien claro que el objeto del proceso no es la canonización, sino alcanzar la verdad. En el caso de Juan Pablo II la finalidad del proceso es verificar el ejercicio de las virtudes en modo heroico, para que el Siervo de Dios pueda ser propuesto a la imitación del pueblo de Dios. Por tanto, se llevan a cabo procesos allí donde haya personas que puedan testimoniar con hechos y ejemplos concretos la vida virtuosa del Siervo de Dios.

Cuando se piensa a la expresión en modo heroico, viene la tentación de considerarla en manera exagerada, como si heroico se refiriese a aquel que posee dones preternaturales, por ej., los estigmas, la bilocación, la cardiognosis, etc. Cuando se declararon las virtudes heroicas de san Juan Neuman, Obispo de Filadelfia en los Estados Unidos de América, Benedicto XV puso de relieve la santidad del Santo en su aburrido vivir cotidiano como obispo. ¿Quién de nosotros no ha encontrado la fuerza y el coraje viendo cómo Juan Pablo II vivía plenamente, día tras día, su vida como ser humano y como Papa hasta el final, lleno de sufrimientos, ofreciéndolos de buen ánimo como ejemplo a los pobres y a los poderosos de la tierra? Vivir cotidianamente las vicisitudes que el Señor nos manda hasta el final natural de la vida puede – y quizá debe – ser una escuela para ejercitar heroicamente las virtudes cristianas y, en modo particular, en el contexto de la cultura de la muerte que prevalece un poco por todas partes en nuestro mundo.

Todas las pruebas recogidas durante la Investigación Diocesana se envían a la Congregación para las Causas de los Santos, en cuanto Órgano competente para estudiar y aconsejar al Sumo Pontífice sobre la causa. Sobre la base de los pareceres expresados por los Consultores del Dicasterio romano, los Cardenales y Obispos Miembros de la Congregación manifiestan el propio juicio acerca de la causa. El Cardenal Prefecto, después, refiere los resultados de estos organismos al Sumo Pontífice, el único que juzga si el Siervo de Dios ha ejercitado todas las virtudes cristianas en modo talmente heroico que pueda ser propuesto a la imitación del pueblo de Dios. Al Siervo de Dios, como consecuencia, se le concede el título de Venerable.

Este juicio es, de todos modos, una sola valoración netamente humana puesto que se funda sobre obras externas cumplidas por el Siervo de Dios, porque, como afirma la Sagrada Escritura, Solo Dios conoce el corazón del hombre. En su prudencia, la Iglesia, para la beatificación del Siervo de Dios, pide un milagro, acontecido después de la muerte del mismo confesor y atribuible a su intercesión. (Puesto que el martirio es la identificación perfecta y total de un Siervo de Dios con su Señor crucificado, la Iglesia no pide un milagro para su beatificación). El milagro, por tanto, es la confirmación divina de la autenticidad y de la verdad del juicio humano sobre la heroicidad de las virtudes practicadas por el Siervo de Dios. El milagro consta de dos elementos: uno científico y otro teológico. Ante todo, corresponde a los expertos en ciencia y arte médica verificar la imposibilidad de una intervención humana (elemento científico); en la mayoría de los casos se trata de la curación de una enfermedad física. Desde el punto de vista científico, esta curación tiene que ser instantánea, perfecta, duradera y científicamente inexplicable. Sólo entonces podemos preguntarnos si tal acontecimiento pueda ser explicado por una intervención de Dios, y, concretamente, a través de la intercesión del Siervo de Dios (elemento teológico). De este elemento teológico surge la naturaleza del milagro como tal.

Concluido el mismo procedimiento adoptado para las virtudes, el Sumo Pontífice autoriza la ceremonia de Beatificación. Benedicto XVI ha decidido volver a la práctica vigente antes de 1971. Para resaltar el carácter local de la beatificación, el Cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos o un Obispo autorizado por el Sumo Pontífice celebra la ceremonia de beatificación. De este modo el magisterio infalible del Sumo Pontífice se invoca sólo en el acto de la canonización del beato. Para la canonización de un Beato, mártir o confesor, es necesario un milagro acontecido después de la fecha de la beatificación.

Santo subito! es el grito del corazón de quien en un modo o en otro ha tenido contacto con el pontificado largo y beneficioso del Siervo de Dios Juan Pablo II. La Iglesia, sin embargo, procede con la máxima cautela, dándose cuenta de la gravedad y de la seriedad de las investigaciones necesarias para una proclamación de este género. Con todo, cuando la Iglesia declara a alguien Santo, en realidad está proclamando la segunda nota de la Iglesia: la Iglesia santa. ¡Y es sólo en la íntima unión con Dios en la oración que la Iglesia se descubre y se revela santa! Recemos, pues, para que el Señor eleve pronto al honor de los altares al Siervo de Dios Juan Pablo II, si es Su voluntad.

Mons. Robert J. Sarno

LA SANTIDAD NO CONOCE FRONTERAS: Juan Pablo II y los santos

Nos preguntamos: ¿Es aún la hora de los santos, en un momento de indiferencia religiosa, en una época que calla sobre Dios, en los años de la “noche ética”? La respuesta más sensata es que precisamente hoy es la hora de los santos.

Y esto porque todos hoy deseamos el testimonio de la vida en el lugar de la palabra, queremos primero constatar la coherencia de la vida y luego aceptamos la palabra.

Actualmente, en este contexto, resuena más que nunca actual el mandamiento del Señor, del cual todos somos los destinatarios, ninguno excluido: “Ser santos porque yo soy santo” (Lv 19, 2). En este sentido los Beatos y Santos son y permanecerán siempre como un llamamiento a la universal vocación de la santidad en la Iglesia, de la que nos ha hablado el último Concilio (cfr. LG, Cap. V).

La vocación universal a la santidad no es una “invención” de nuestro tiempo. Quizás hoy la conciencia eclesial de tal dimensión se haya vuelto más fuerte y madura. En Tertio Milenio adveniente Juan Pablo escribió: “En estos años se han multiplicado las canonizaciones y las beatificaciones. Estas nos manifiestan la vitalidad de las Iglesias locales (…) El más grande homenaje que todas las Iglesias rendirán a Cristo en el umbral del tercer milenio, será la demostración de la omnipotente presencia del Redentor mediante los frutos de la fe, de la esperanza y de la caridad, en hombres y mujeres de todas lenguas y razas que han seguido a Cristo en las varias formas de la vocación cristiana” (TMA, 37).

Y en la Carta Apostólica Novo Milenio ineunte afirmaba: “Las vías de la santidad son múltiples y adaptadas a la vocación de cada uno. Agradezco al Señor que me haya  concedido beatificar y canonizar, en estos años, a tantos cristianos y, que entre ellos muchos laicos que se han santificad en las condiciones ordinarias de la vida” (NMI, 31).

La diversidad de las vías a través de las cuales muchos realizan la vocación a la santidad se testimonia de modo elocuente en la tipología de los santos y de los beatos, recientemente elevados al honor de los altares o también de los siervos de Dios cuyos procesos de canonización están todavía en curso. Ellos son el testimonio de que la santidad no conoce confines ni geográficos, ni raciales, ni sociales. Teniendo en cuenta los diversos continentes de los cuales provienen las personas canonizadas, beatificadas o los siervos de Dios, se puede afirmar que está representada la Iglesia universal. La santidad puede germinar en cada ángulo de la tierra, en todas las razas y naciones. Podemos recordar aquí al primer Beato Rom, Ceferino Jiménez Malla, mártir laico de la persecución religiosa en España, en el año 1936 y  Santa Teresa Benedicto de la Cruz (en el siglo Edith Stein), mártir en Auschwitz, filósofa hebrea convertida al cristianismo.

Por predominar en el continente europeo y en él, algunos países de antiguas tradiciones cristianas, hoy se nota un gran interés por estos modelos de cristianos en numerosas naciones de todo continente.

En este contexto debemos recordar la particular atención de Juan Pablo II por las naciones aún privadas de santos o beatos. Se trataba a menudo de las tierras de misiones y de países donde los católicos son una modesta minoría: por ejemplo Nicolas Bunkerd Kitbamrung, tailandés; Andrea, laico y catequista vietnamita; Pedro Calungsod, laico y catequista filipino; (todos beatificados el 5 de marzo de 2000). Hemos tenido también beatificaciones y canonizaciones de grandes misioneros, como Daniel Comboni, Arnoldo Janssen, José Freinademetz (canonizados el 5 de octubre de 2003). No faltan, además, causas provenientes de países que hoy en día están dominados por el marxismo. Recuerdo al Siervo de Dios José Olalla Valdés, cubano, religioso de los Hermanos de San Juan de Dios, primer candidato a la beatificación de la isla caribeña, estimado por el gobierno local castrista.

Así como no existe para la santidad una frontera geográfica, tampoco hay estados de vida reservados para ella. La santidad germina, crece y madura en las más diferentes condiciones: abraza cada estado de la vida eclesial, diferentes estados de la vida civil y diversas profesiones, personas de todas las edades. Hay grandes personalidades como Papas (Beato Pío IX y Juan XXIII) y cardenales (Beato Luis Stepinac, cardenal, mártir de la persecución comunista, y Clemente Von Galen, cardenal y obispo de Münster, opositor del nacionalsocialismo de Hitler); religiosos y religiosas (Beata Madre Teresa de Calcuta, Santa Faustina Kowalska con su gran carisma recordando la verdad de la Misericordia divina, y San Pío de Pietrelcina, conocido por sus estigmas, invocado como intercesor eficaz); y un emperador ( Beato Carlo d´Asburgo). Sin embargo no falta gente de humilde condición social, como por ejemplo el Ven. Siervo de Dios Pierre Toussaint, esclavo negro, luego liberado, laico casado procedente de Haiti.

También en el mundo de la cultura y de la política han surgido algunos candidatos al honor de los altares. Recordamos la beatificación de Federico Ozanam, profesor universitario de la Sorbona, que tuvo lugar en París el 22 de agosto de 1997. Continúa el procedimiento de la Sierva de Dios Armida Barelli, co-fundadora de la Universidad Católica de Sagrado Corazón y de las Misioneras de la Realeza, el Siervo de Dios Robert Schuman, un gran defensor de la Unión Europea después de la II Guerra Mundial, o como también el Siervo de Dios Giuseppe Lazzatti y Giorgio La Pira, comprometidos con la sociedad y con la política.

Los ejemplos de vida que la Iglesia ha propuesto recientemente, han desmentido categóricamente una falsa convicción de un tiempo: que la santidad está relegada sólo a religiosas y sacerdotes. Se ha registrado un incremento de la presencia laica en la santidad. En particular, ha crecido el número de beatos y de santos que son padres y madres de familia. A propósito de esto, citaré a Santa Gianna Beretta Molla, madre de familia; al Beato Ladislao Batthyány- Strattmann, padre de familia, o la Beata Eurosia Fabris Barban, madre de diez hijos de los cuales seis fueron religiosos. De importancia histórica, además, la primera beatificación de una pareja de cónyuges, Luigi Beltrame Quattrocchi y Maria Corsini, celebrada el 21 de octubre de 2001. Y como no recordar a “mamá Margarita”, madre de San Juan Bosco o al Venerable Ludovico Martín y María Azelia Guérin, padres de Santa Teresa de Lisieux, cuyas causas están siendo estudiadas por la Congregación.

La experiencia de la Congregación para las Causas de los Santos dice también que la santidad no conoce límites de edad. Toda  persona que posea uso de razón, puede percibir esta llamada universal a la santidad. El 13 de mayo de 2000 fueron beatificados Francisco y Jacinta Marto, los videntes de Fátima. Hay otras causas de adolescentes: el 19 de abril de 2004 se declaró la heroicidad de la virtud de María Pilar Cimadevilla y López-Dóriga, muerta a los diez años en Madrid en el año 1962, y también siguen adelante las causas de beatificación de Maria del Carmen González Valerio – de nueve años – y de Antonieta Meo, llamada “Nennolina”- de seis años y diez meses.

Estos son sólo algunos ejemplos de entre un numeroso grupo de beatos, santos y siervos de Dios. Cada uno de ellos presenta aspectos singularizados, personales y específicos. En todos, a pesar de esto, se advierte un denominador común: han tomado en serio el compromiso enraizado en el Bautismo, sin haber estado exentos de debilidad. Han respondido día tras día a la gracia y, después de haber combatido con tenacidad el mal, para hacer prevalecer el bien, han dejado una imborrable huella de santidad en el ambiente en el cual realizaban su cotidiana existencia, realizando en la cotidianidad el mandato del Señor: “ Ser santos porque yo soy santo” ( Lv 19, 2).

                                                            Padre Boguslaw Turek, CSMA

                                                            Congregación para las Causas de los Santos

¿CÓMO SE HACE UN SANTO?

            Durante el Pontificado del Papa Juan Pablo II la Congregación de las Causas de los Santos ha terminado las causas de casi la mitad de los 1345 beatos y 483 santos proclamados a lo largo de la historia.

¿Quién puede ser santo? ¿Quién puede ser beatificado? ¿Cómo se procede para elevar a alguien a los altares? ¿El milagro es de verdad necesario?

Responde Su Eminencia el Card. José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos. (Los textos seleccionados por Domitia Caramazza están tomados del libro Come si fa un santo, Ed. Piemme, 2005).

 

            ¿Quién es el santo?

Todos los santos, cada uno a su modo, han alcanzado los vértices del amor; cada uno es, sin embargo, portador de un mensaje específico, que hay que buscarlo no solamente en el heroísmo con que ha ejercitado “privadamente” las virtudes cristianas, sino también en el modo con que ha llevado a cabo la propia misión en la tierra. La conciencia de la misión recibida de Dios, junto con la lucha diaria por realizarla, explica el heroísmo de los santos. De hecho, el punto verdaderamente específico de cada causa de canonización consiste en la verificación de la radicalidad con que el individuo ha cumplido la voluntad de Dios, llevando a término la misión recibida. El santo es un ser profundamente humano: no tiene un corazón para amar a Dios y otro para amar a los hombres y al mundo entero. Tiene los pies en la tierra, a veces tropieza y cae, pero se levanta y sigue su camino. La santidad es plenitud de la humanidad. Los santos “representan al vivo el rostro de Cristo”, como nos ha recordado siempre Juan Pablo II. La santidad es posible alcanzarla y realizarla. Los santos son aquellos que nos garantizan exactamente ésto: es posibile vivir la Palabra de Cristo y ponerla en práctica. La santidad consiste en la perfecta unión con Cristo. Esa es, pues, al mismo tiempo, el fruto de la gracia de Dios y de la libre respuesta del hombre. El hombre, por tanto, está llamado a ser no un alter Christus, otro cristo, sino ipse Christus, Cristo mismo. Y Cristo es el hombre perfecto porque es la misma santidad de Dios encarnada, hecha tiempo e historia.

 

 A menudo se muestra perplejidad, por diversos motivos, sobre estas acciones de la Iglesia …

Alguien ha podido ver en el gran impulso, incluso numérico, que Juan Pablo II ha dado a las beatificaciones y canonizaciones durante su pontificado una estrategia expansionística de la Iglesia católica.

Para otros, la propuesta de nuevos beatos y santos – tan diferentes por nacionalidad, cultura y categoría – sería solo una operación de marketing de la santidad con fines de leadership del papado en la sociedad civil actual. Hay quien, en fin, ve en las canonizaciones y en el culto de los santos un residuo anacronístico de triunfalismo religioso, lejano e incluso contrario al espíritu y al dictado del Concilio Vaticano II. La verdad es que una lectura exclusivamente sociológica de este tema corre el riesgo de ser no solamente reductiva, sino incluso desviada, para la comprensión de un fenómeno tan característico y original de la Iglesia católica. Sin embargo, el mismo Concilio, a veces mal citado, ha querido explícitamente afirmar la vocación a la santidad de todos los cristianos y proponerla de nuevo con fuerza al mundo de hoy.

La santidad de la que hablamos, ¿está a la mano sólo de algunos privilegiados?

La llamada a la santidad es universal porque se dirige a todos los hombres y a todas las mujeres sin excepción alguna. Esto significa que va dirigida a cada persona concreta en el estado y en la situación en que vive. Juan Pablo II ha sido explícito y categórico en este aspecto. El ha indicado la santidad de todos como uno de los puntos fundamentales para la pastoral de la Iglesia del tercer milenio.

El camino que cada uno tiene que recorrer para alcanzar la santidad es el cumplimiento fiel de los propios deberes familiares, profesionales y sociales, es decir vivir en plenitud la vida ordinaria.

Es verdad que la santidad comporta el heroísmo en la práctica de las virtudes: es igualmente innegable que la perserverancia fiel en los deberes cotidianos puede ser más heroica que las gestas, a veces puramente imaginarias, en que algunos hacen consistir la santidad.

El santo llega al centro de la libertad, derrocha alegría por todos los poros y crea en torno a él un ambiente de serenidad y de paz. No existen santos con la cara larga, porque de lo contrario su santidad sería una caricatura de la verdadera santidad. La santidad es, por su misma naturaleza, alegre, porque no es otra cosa que la experiencia de vida, en toda su radicalidad, de la buena noticia del Reino.

 

  En una sociedad como la actual, ¿es más difícil aspirar a la santidad?

Hoy, en muchos contextos sociales, se ha llegado a una concepción más profunda y auténtica de la santidad. Por eso si se concibe la santidad como una santidad encarnada, vivida, existencial, se podría incluso decir que es menos difícil ser santos. Es siempre, sin embargo, difícil, obviamente, porque el cristianismo va siempre contracorriente. Los santos cristianos son un asombro que no ha faltado nunca en la vida de la Iglesia y que no puede pasar desapercibido a un atento observador laico.

Los nuevos santos no dividen, sino que unen y hacen bien incluso al diálogo, dentro y fuera de la Iglesia católica.

 

   ¿Qué distingue a los beatos y a los santos “oficiales” de todos los demás cristianos muertos en gracia de Dios?

Si el número de los cristianos que han vivido santamente coincidiese con el de los canonizados y proclamados beatos, estaríamos obligados a reconocer que, a lo largo de los dos milenios desde su fundación, la Iglesia habría fracasado en el cumplimiento de la misión confiada por Jesucristo. Pero no es así.

Hay una legión innumerable de personas que han vivido y muerto santamente y que están en el Paraíso, gozan de la visión beatífica y son recordadas todas juntas en la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre.

Se trata, podríamos decir, de los “soldados desconocidos” de la santidad, que, «están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazamente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación» (Lumen gentium, 49).

La canonización declara la santidad de una persona sin establecer una comparación con la de quienes están en el cielo.

¿Quién puede ser propuesto para una causa de canonización? Y cuando se puede iniciar el proceso?

Cualquier católico puede ser el protagonista de una causa, con tal de que haya ejercitado las virtudes cristianas en grado heroico y goce de fama de santidad después de su muerte. El grado heroico consiste en un comportamiento cristiano fuera de lo común, viviendo con prontitud de ánimo y con alegría las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), y además, si es una persona consagrada, la castidad, la pobreza y la obediencia. La fama de santidad es la opinión generalizada que lleva a los fieles a venerarlo y a encomendarse a su intercesión. Para iniciar una causa es necesario esperar al menos cinco años desde la muerte del candidato. El “actor” de la causa – que puede ser una diócesis, una congregación religiosa, un grupo de fieles o incluso una persona física – para poder introducir formalmente la causa tiene que dirigirse al obispo diocesano competente, y éste a su vez a la Congregación de las Causas de los Santos para consultar si por parte de la Santa Sede hay algún obstáculo que se oponga a la causa. Así mismo, trascurridos 30 años desde la muerte, es necesario demostrar que la causa no ha sido introducida por motivos vinculados a dificultades reales y no por negligencia o dolo.

            ¿Cuál es la diferencia práctica entre la beatificación y la canonización, entre el beato y el santo?

La beatificación es el primer paso en el camino hacia la definitiva canonización.

Con la beatificación se declara la santidad de vida del beato y se permite el culto público en su honor en el ámbito limitado de una diócesis o de una institución eclesiástica (por ejemplo, una congregación religiosa). La canonización es una declaración particularmente solemne de la santidad y prescribe el culto público en toda la Iglesia. Así pues, mientras la primera tiene una dimensión local, la segunda tiene una dimensión universal. Tanto la beatificación como la canonización presuponen la demostración de la heroicidad de las virtudes practicadas por el beato o el santo.

 

¿Cuáles son las etapas que forman el iter de una causa de beatificación?

Las causas de beatificación tienen dos fases fundamentales: una diocesana y otra romana.

La primera consiste en la instrucción que el obispo competente lleva a cabo para recoger todos los escritos del siervo de Dios, los testimonios y los documentos relacionados con su vida, actividad y virtudes o martirio. A tal fin el obispo diocesano constituye un tribunal, presidido por él mismo o por un delegado suyo, y formado por un promotor de justicia y por un notario.

Los testigos llamados a declarar ocupan una importancia especial. La mayor parte de ellos es presentada por el postulador (que es, en un cierto sentido, el “abogado defensor” de la causa), pero el tribunal puede convocar otros ex officio.

«Los testigos – establecen las Normae servandae, es decir las normas del proceso – tiene que ser oculares; a estos, si es necesario, se pueden añadir otros que han oido de quienes han visto; pero todos tienen que se dignos de crédito». La sinceridad de los testigos es absolutamente necesaria y es por esto que cada uno de ellos tiene que confirmar con juramento cuanto ha declarado. Cuando un siervo de Dios pertenece a un Instituto de vida consagrada, una buena parte de los testigos – para que haya el máximo de objetividad y de perfección – tiene que ser ajena a dicho Instituto.

Con la reforma legislativa de 1983 los documentos han adquirido la debida dignidad.

La documentación relativa a la vida del siervo de Dios y a su causa de beatificación, por encargo formal del obispo diocesano, es recogida por algunos expertos en historia y archivística, los cuales, al final del su trabajo, tienen que expresar su parecer acerca de la autenticidad y el valor de los documentos, así como su opinión sobre la personalidad del siervo de Dios, según lo que se deduce de los mismos documentos. Todos los actos del procedimiento instructorio diocesano, por último, se entregan a la Congregación de las Causas de los Santos, que los examina, en varias y diferentes instancias, para comprobar la heroicidad de las virtudes, el martirio, los posibles milagros.

 

¿Por qué es necesaria la aprobación de un milagro antes de la proclamación de un beato o de un santo?

Los milagros no se examinan nunca antes de la declaración de las virtudes heroicas.

Quisiera precisar que sólo los milagros atribuidos a la intercesión del siervo de Dios, después de su muerte, confirman definitivamente con autoridad divina la santidad. El número pedido para la beatificación y la canonización ha variado en la historia del derecho eclesiástico.

Desde el Año Santo del 1975 se ha comenzado a dispensar del segundo milagro para la beatificación y así se ha llegado a la actual praxis de un solo milagro para la beatificación y de otro para la canonización. En el milagro, la Iglesia ve el “sigilo de Dios” sobre la propia reflexión y sobre el propio trabajo. Las pruebas testificales, los examenes clínicos, las Consultas teológicas se llevan a cabo siempre con seriedad y cuidado, hasta alcanzar la certeza moral: ésta queda siempre a nivel de valoración o juicio humano. El milagro es visto como confirmación de la fe. Si hay católicos que no creen en los milagros es sólo por un problema de formación y de información. Y aquí es necesario, como Iglesia, trabajar más en las parroquias, en las diócesis, entre la gente, para que los milagros sean una realidad de la vida de cada día que se deben explicar, precisamente para aclarar las objeciones que puede en cualquier modo surgir en las personas.

 

    ¿Cómo se desarrolla el trabajo en la Congregación de las Causas de los santos?

            Las cuestiones más importantes se examinan y estudian en diferentes órganos colegiales. Por ejemplo, el Congreso ordinario, que se reúne todas las semanas, decide sobre la validez jurídica de las actas del proceso diocesano; la sesión de los consultores históricos estudia el valor científico y la suficiencia de la documentación referente a las causas históricas o antiguas; la Consulta médica o técnica examina el aspecto científico de los presuntos milagros presentados; el Congreso especial de los consultores teólogos, presidido por el promotor general de la fe, expresa su voto acerca de la heroicidad de las virtudes, del martirio, del presunto hecho milagroso; la Sesión ordinaria de los cardenales y obispos, presidida por el prefecto de la Congregación, juzga acerca de las materias sobre las que los teólogos han dado su voto. Las conclusiones de los cardenales y obispos se ponen en conocimiento del Santo Padre, que toma la decisión definitiva. Una nueva figura jurídica, nacida con la legislación del 1983, es la del relator, que de hecho absorbe las competencias que en un tiempo estaban distribuídas entre el promotor de la fe y los abogados de las causas. La tarea está especificada en la constitución Divinus perfectionis Magister, que establece que a cada relator, al que se le asigna el estudio de una concreta causa, corresponde la preparación de la llamada “Positio” (Positivo, en latín, y Positiones en plural) sobre las virtudes o sobre el martirio, aclarando todos los aspectos de la vida y del comportamiento del siervo de Dios. En los volúmenes que componen la Positio están recogidas las pruebas testificales y documentales y todos los actos jurídicos, los estudios y los sumarios necesarios para poder responder a la duda: si consta la heroicidad de las virtudes o el martirio, o si consta el milagro en el caso presente y para los efectos de que se trata. Un colaborador externo, presentado por la postulación, ayuda al relator en el propio trabajo. Actualmente los tiempos para la preparación de las Positiones son más breves que antes del 1983. Para el reconocimiento de las virtudes heroicas se promulga un decreto en presencia del Santo Padre. Desde ese momento se da al siervo de Dios el título de “venerable”, que, sin embargo, no implica alguna forma de culto público. Para llegar a la beatificación es necesario el reconocimiento de un milagro, atribuido a la intercesión del venerable. La prueba de un nuevo milagro es necesaria para proceder a la canonización.