El centro de mi vida y de cada jornada

“La Santa Misa es en absoluto el centro de mi vida y de cada jornada”. Estas palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II sintetizan lo que él sentía mayormente en su corazón: la cercanía a Dios y la cercanía al hombre, pues vivir la Eucaristía comporta ambas.

La cercanía a Dios, que El vivía por intercesión de María, de la que hasta el último momento de su vida se dijo totus tuus, se expresaba sobre todo en ser hombre eucarístico. Con María, escribió en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, es necesario contemplar el rostro de Cristo y con Ella y como Ella, Juan Pablo II nos ha enseñado a ponernos ante la Eucaristía: misterio que se celebra, se adora y se contempla.

Misterio que se contempla. Quien escribe ha tenido la suerte de participar en tantas Misas del Siervo de Dios. Misas celebradas en las situaciones más variadas: en su capilla privada, en las grandes basílicas romanas, en las parroquias, en ocasión de encuentros inmensos en torno a grandes altares preparados para el momento o en palcos más modestos, preparados en pequeñas Diócesis o en situaciones más pobres. Misas celebradas cuando el Papa gozaba de plena salud y cuando, en los últimos años, se veía obligado a estar en una silla móvil. La intensidad con que el amado Juan Pablo II celebraba, sin embargo, era sempre la misma. Su identificación con Cristo que se ofrece al Padre, era completa. Mirando a Juan Pablo II mientras celebraba, se percibía con claridad qué significa celebrar in persona Christi. Su recogimiento quitaba importancia a cualquier situación externa. Incluso ante asambleas de millones de personas, en el altar estaban el Papa y Cristo, juntos se dirigían al Padre, se ofrecían en acción de gracias. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, la Misa celebrada al abierto, en Sarajevo, bajo la nieve? ¿O la Misa de Nochebuena del 2000, celebrada en la Plaza de San Pedro, bajo una lluvia torrencial? Juan Pablo II era consciente, como ha escrito en su libro autobiográfico Don y misterio, que en la Eucaristía se hace presente Cristo que ofrece a Dios Padre el sacrificio de si mismo, de su Carne y de su Sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos del Padre a toda la humanidad, e indirectamente a toda la creación. El sacerdote – continúa – celebrando cada día la Eucaristía, entra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración de la Eucaristía no puede que ser, para él, el momento más importante de la jornada, el centro de su vida. Esta conciencia no le permitía en ninguna situación distraerse de la centralidad del misterio que celebraba. Se diría que mientras presidía o asistía a la Misa vivía casi una relación mística con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo. Juan Pablo II, por otra parte, había alimentado toda su vida de la Eucaristía, desde joven hasta cuando, joven sacerdote, celebró su Primera Misa, providencialmente, el 2 de noviembre cuando la Iglesia, conmemorando a todos los fieles difuntos, permite que el sacerdote celebre tres Misas. Y de Eucaristía, viático hacia la eternidad, se alimentó también poco antes de volver a la Casa del Padre, en aquella inolvidable tarde del 2 de abril del Año de la Eucaristía, en la Octava de Pasqua, después de las Vísperas del Domingo de la Divina Misericordia.

 

Pero el misterio eucarístico, nos ha recordado Juan Pablo II, es también para adorarlo y contemplarlo. La presencia de Jesús en el Sagrario – escribió en Mane nobiscum Dominetiene que constituir una especie de polo de atracción para un múmero siempre mayor de almas enamoradas de El, capaces de estar largo tiempo escuchando la voz y los latidos del corazón. “Gustad y ved cuánto es bueno el Señor” (Ps 33 [34],9). El “estar” de Juan Pablo II a menudo retrasaba los programas de las visitas, el inicio de las Santas Misas, a las que se preparaba, y después de las cuales se recogía, con un tiempo de oración tan intenso cuanto prolungado.

 

Juan Pablo II era así. Un apasionado y enamorado de Dios, de la Eucaristía, que miraba con los ojos de María, sin miedo a escribir que El mismo Rosario, comprendido en su sentido profundo, bíblico y cristocéntrico … puede ser un camino particularmente idóneo per la contemplación eucarística, llevada a cabo en compañía y en la escuela de María” (MND, 18), aquel Rosario al que quiso añadir los Misterios de luz, el último de ellos: “La institución de la Eucaristía”.

 

Esta cercanía a Dios lo empujaba hacia el hombre. La Eucaristía no sería auténtica si no implicase un compromiso de atención, de caridad que anuncia al Unico que salva al hombre, a todo el hombre, a cada hombre.

 

Daba a entender esta atención, su amor por una solemnidad, la del Corpus Christi, cuya liturgia prevee la procesión eucarística después de la celebración de la Santa Misa: proclamación de la fe en el Dios que, encarnándose, se ha hecho nuestro compañero de viaje, y que exige ser testimoniada en cualquier parte y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor agradecido y como fuente inagotable de bendición.

 

En Roma, en 1979, cuando la propuso por primera vez, esta procesión – que aún hoy se lleva a cabo desde la Basílica de san Juan de Letrán hasta la de santa María la Mayor – creó estupor. Juan Pablo II – siempre fiel a esta cita hasta el último año de su vida – sabía bien que la Eucaristía empuja hacia el hombre, a amarlo y a restituirle su dignidad y libertad.

 

Por esta procesión había combatido siempre como Arzobispo de Cracovia, recordando cómo hasta antes de la guerra se llevaba a cabo, en su Cracovia, desde la colina de Wawel por las calles de la ciudad antigua hasta la preciosísima y central Plaza del Mercado, Rynek Glowny. Allí el Arzobispo en procesión daba la vuelta llevando al Santísimo Sacramento en una antigua custodia de oro y, parándose ante varios altares levantados a lo largo del perímetro de la plaza, pronunciaba la homilía. En tiempos del comunismo, intencionado a desarraigar toda libertad religiosa, esta procesión no le fue permitida, pero cada año el Card. Wojtyla conseguía un poco de terreno y desde las primeras formas que permitían a la procesión realizarse solamente alrededor del patio del palacio real, sobre la colina de Wawel, se llegó, después de muchas protestas contro el régimen desde 1971, a poder bajar desde la colina y recorrer – aunque pocos – algunos aislados márgenes de la ciudad. Para Wojtyla eran ocasiones para recordar al pueblo polaco su pertenencia cristiana, los propios derechos religiosos y la libertad de expresar la propia fe. En 1977 recordó al gobierno: “Continúa a crecer la conciencia de los derechos humanos” en toda la sociedad y en el mundo entero y, “!tales derechos son innegables!”. Estos discursos no eran políticos, sino de amor al hombre, y a la verdad sobre el hombre. No estaban separados del amor y de la devoción eucarística, sino que eran muy pertinentes. El mismo Wojtyla, en 1977, lo explicó: “Pido perdón a Nuestro Señor – dijo al terminar la procesión de ese año – si, al menos en apariencia, no he hablado de El. Pero ha sido solo en apariencia. He hablado de nuestros problemas … para que todos podamos entender que El, viviente en el Sacramento de la Eucaristía, vive nuestra vida humana …”.

 

Alguno a veces acusa de espiritualismo desencarnado ciertas formas de amor y devoción a la Eucaristía, como la Adoración. Quisiera que se recordara, ante esta tentación, el pensamiento de Juan Pablo II y la unidad entre fe y vida, amor a Dios y al hombre que en él se daban, y, en esta óptica de espiritualidad wojtyliana, o simplemente auténticamente cristiana, querría, en fin, que fueran leídas las palabras que el Siervo de Dios dirigió a los jóvenes centinelas del nuevo milenio en Tor Vergata, al terminar la famosa Jornada Mundial de la Juventud del 2000: “volviendo a vuestros países, poned la Eucaristía en el centro de vuestra vida personal y comunitaria: amadla, adoradla, celebradla, sobre todo el Domingo, día del Señor. Vivid la Eucaristía testimoniando el amor de Dios por los hombres”.

Que Juan Pablo II, hombre eucarístico, nos ayude a todos a vivir como él.

 

Mons. Mauro Parmeggiani

Secretario General del Vicariato de Roma