Dones insólitos…

  El don es una manifestación de amor. Cuando amamos a alguien o queremos expresarle nuestra gratitud, le regalamos las cosas más bonitas, es más, querríamos donarle a nosotros mismos… No tenemos, pues, que maravillarnos de que todos hayan querido demostrar al Santo Padre la propia gratitud, el amor y la estima. Durante su pontificado, Juan Pablo II ha recibido muchos dones, algunos incluso valiosos, pero no más de lo que vale la historia de una persona o lo que es expresión de la misma: como las palabras, algunos objetos o los mismos sufrimientos …

Hace algun año, Jacek di Krzyżanowice (Polonia), paralítico en una silla de ruedas, ha cantado y tocado ante el Santo Padre una canción: Hay una calle, en un pueblo, donde entre las bocacalles y los edificios un vendedor anciano vende gafas encantadas … Gafas milagrosas que corregirán la vista del corazón, gafas milagrosas por un céntimo. Verás la vida y el destino de otro modo, cuando estas gafas usarás. En cada libro sabio, en cada hombre sencillo, a Cristo verás. No, no es una fábula, ni es magia. Estas son las gafas del amor.

            «Gafas milagrosas» era el título de la canción que tocó en el Aula de san Clemente en el Vaticano. El Santo Padre, después de haber escuchado todas las estrofas de esta canción, dijo :

Entonces, también yo me tengo que poner estas gafas ….

 

Wanda Rtkiewicz regaló al Papa una piedra recogida en el monte Everest, conquistado por  él el 16 de octubre de 1978. El buon Dios ha hecho en modo que llegásemos los dos, el mismo día, a la  cima más alta del monte – con estas palabras Karol Wojtyła le agradeció la piedra.

 

Para algunos regalos era necesario permisos especiales, concedidos por la Prefectura de la Santa Sede. Es el caso del pino polaco, regalado al Papa por un grupo de peregrinos de las montañas de Zakopane, plantado después en los jardines Vaticanos; o el del sauce del Jardín Botánico de la Universidad Jagellonica de Cracovia – don de los participantes en la Peregrinación de niños inválidos – y que ahora se encuentra en el jardín de Castelgandolfo. Otros dones han sido depositados en la Casa Polaca, situada en la calle Cassia en Roma, sede del Instituto de la documentación sobre el pontificado de Juan Pablo II. Todo lo que se encuentra aquí – explica la responsable, doct. Helena Kupiszewska – son dones regalados al Papa. Cinco pisos del edificio se han convertido en un museo. Todos los regalos están catalogados, muchos tienen que ser aún archivados, continúan llegando otros del Vaticano. Los regalados hasta el 2005 son más de doce mil: 2400 medallas, 1400 esculturas, 1500 cuadros…

Han sido muchísimos los dones: paños, banderas, tapices, copas, artesanado en plástico, metal, cuero, vestidos folclóricos, un sombrero de pieles rojas (!), el texto del Padre Nuestro en el idioma de una tribu de pieles rojas, la maqueta de una iglesia hecha con cerillas. El Santo Padre ha recibido incluso lámparas, relojes, candelabros, manteles, servilletas, pequeños objetos de paja, esquíes, balones, chandal de gimnasia … Una particular atención merece un volúmen de 35 kg. que contiene cartas escritas por chicos y una cadena de adornos navideños. Citando las palabras de Helena: Son todos los  objetos que las manos y las mentes de los hombres son capaces de inventar.

En la capilla de la Casa del Peregrino se pueden admirar las cristaleras, la pintura de la Virgen Negra, regalada por el cardenal Stefano Wyszyński, y también las copias del Crucifijo de la Catedral de Varsovia – voto del prelado Zdzisław Peszkowski.

Detrás de una cristalera se encuentran objetos hechos con carbón. Entre las esculturas, sólo las que representan a santa Bárbara son 28. Veo también una espada, don de los mineros de la Minera de sal de Bochnia, y los epitafios con dedicaciones y bajo relieves. Se encuentra también un globo terrestre regalado por los presos de Regina Coeli de Roma; los gemelos de la camisa donados por unos joyeros. La colección contiene dones ofrecidos por Presidentes: una armadura caballeresca del 1600 y un cuadro que representa la casa y la parroquia de Wadowice – regalo del general Wojciech Jaruzelski; una medalla, del presidente Lech Wałęsa, una cristalera con la representación de un fragmento de la puerta de la Catedral de Gniezno, regalada por el presidente Aleksander Kwaśniewski.

En la sala de la memoria nacional un puesto especial está dedicado a los recuerdos de guerras, represiones y campos de concentración. Entre los muchos recuerdos, se puede mencionar un trozo de madera proveniente de la guerra del 1904-1905 entre Rusia y Japón: En el ejército zarista combatían también muchos polacos – explica la Doct. Helena – que terminaron prisioneros en el Japón. Pero tuvieron una gran suerte, porque había un sacerdote que les visitaba. Y gracias a esta pequeña madera, que tiene grabado un examen de conciencia escrito en polaco, los soldados polacos podían confesarse con un capellán francés. Como no podían comunicarse de otro modo, indicaban con el dedo el número del mandamiento, haciéndose así entender… El trozo de madera lo conservaba un monaguillo que ayudaba al capellán. Cuando el Papa fue a Japón, él era ya anciano y quiso regalarle este recuerdo al Santo Padre.

            1942, prisión soviética de Leopoli: unos dedos congelados manejan una aguja con una habilidad impresionante y en un trocito de tela aparecen las palabras: Madre Santa, ruega por nosotros... La letanía de Loreto bordada por un prisionero desconocido terminó en las manos del Santo Padre. La oración se concluye con estas palabras: Cordero de Dios… El prisionero fue asesinado … El poeta p. Janusz Pasierb sostiene que el autor de este bordado se había convertido él mismo en un cordero sacrificado.

El Santo Padre ha recibido también un libro que recoge una hermosa historia de fe y amor por la oración del Rosario. En el campo de concentración de Guzen todos los detenidos tenían prohibido conservar cualquier objeto sagrado, por eso rezaban con cuentas hechas de piedra: en cada cuenta habían hecho un agujerito donde metían las cenizas de los prisioneros muertos. Después lo cubrían y lo pintaban de negro, como un dado para jugar. Se distribuían entre los prisioneros.

Después de la liberación, los sobrevivientes hicieron una peregrinación de agradecimiento a Częstochowa, y engarzaron todas las cuentas en coronas del Rosario…

Entre los dones contemplo también un mosaico con una pintura de la Virgen. Este objeto proviene de la cárcel de Koziels, y ha sido hecho en el antiguo convento donde había estufas decoradas con imágines sagradas. Un prisionero cogió el ladrillo de la estufa y lo escodió en la mochila. Este tesoro contaba una guerra inédita.

El Cristo mutilado, hecho con barro, es obra de un soldado italiano, prisionero en una cárcel alemana en Tarnopol. El autor, después, escribió al Santo Padre: Este Cristo ha sido hecho por la tierra  mártir de Polonia.

Salgo del Aula de la memoria y visito los otros pisos de la Casa. En las paredes, entre tantos cuadros, veo un tapiz que representa las ovejas y un cordero … Estoy convencida de que el Santo Padre ha sonreído al verlo .. Hay también cuadros paisajísticos, como el del Lago de Vigry, donde Karol Wojtyła iba a menudo con los jóvenes … me emociono.

Son muchos los cuadros de la Virgen – copias provenientes de tantos santuarios polacos. Con la doct. Helena nos paramos ante el cuadro titulado El testigo del atentado. Esta obra tenía que haber sido regalada al Santo Padre percisamente el 13 de mayo de 1981. Después de los tres disparos y la salida del papamovil, p. Kazimierz Przydatek ha comenzado a rezar el Rosario, alguien ha dejado una rosa en el lugar del atentado, sobre la silla donde tenía que sentarse Juan Pablo II algunos peregrinos polacos han dejado este cuadro de la Virgen Negra. Sobre el manto de la Madre de Dios vemos escrito S.O.S. y la frase: «Santa Madre, sostiene al Santo Padre» … Y así fue.

El Instituto de la documentación del pontificado de Juan Pablo II esconde aún muchos dones insólitos. Vale la pena visitarlo, en c/ Cassia, nº. 1200, para experimentar un encuentro especial con Juan Pablo II.

Aleksandra Zapotoczny

Arrodillado ante Dios, vivía de Dios y para Dios

Karol Wojtyła quería ir al encuentro del hombre como poeta y actor, con la belleza de la palabra y a través de la palabra. Dios lo había elegido, como sacerdote y obispo, para ir al encuentro del hombre con el Verbo, que es el Redentor del hombre.

El 16 de octubre de 1978, Dios lo llamó como sucesor de San Pedro para que llevase a toda la humanidad al Verbo que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Y lo hizo en los diversos modos de su enseñanza, y también en sus obras literarias, armonizando magníficamente Verdad y Belleza. Con toda su alma había dicho a Dios: Totus Tuus ego sum et omnia mea Tua sunt.

El Siervo de Dios permanecía arrodillado ante Dios, vivía de Dios y para Dios.

Quien tenía contacto con él, se daba cuenta enseguida de su profunda unión con el Señor.

El contacto con él acercaba a Dios; las personas se sentían por así decir atraídas por el misterio de la divina presencia. Muchas veces he encontrado personas que subrayaban que de él irradiaba una luz.

Todo esto provenía de la profundidad de su unión con Dios en la oración.

No separaba en su vida ocupaciones y oración. Todo era oración.

Su vida era simplemente oración.

El amor por la oración lo había aprendido en su casa paterna y en concreto de su padre, cuya vida, después de la muerte prematura de su esposa, «se transformó … aún más en una vida de constante oración». Una intensa y profunda vida de oración que se expresaba en diferentes formas de coloquio con Dios: desde la simplicísima oración del niño, a la oración de las horas litúrgicas del sacerdote, hasta la contemplación.

En su vida de oración, ocupaba un puesto muy importante su devoción mariana, cuyas formas tradicionales había aprendido también en la casa paterna y en la parroquia.

Al principio estaba «convencido de que María conduce a Cristo», después empezó «a entender que también Cristo nos conduce a María» (Juan Pablo II, Don y misterio, p. 37-38).

Le quedaron grabadas profundamente en su corazón las palabras de San Anselmo: «Os alimento de lo que yo mismo vivo».

Como sacerdote tenía conciencia de que «el ministerio de la palabra consiste en manifestar lo que antes ha sido contemplado en la oración», de que «las verdades anunciadas tienen que ser descubiertas y asimiladas en la intimidad de la oración y de la meditación» (En el XX aniversario del Decreto Presbyterorum Ordinis, 27 octubre 1995).

La Santa Misa era el centro de su vida y de cada jornada.

Su amor a la Eucaristía se expresaba también en permanecer a los pies de Jesús presente en el Santísimo Sacramento. Consideraba una suerte enorme que en la casa del obispo hubiese una capilla, el poder vivir y trabajar bajo la presencia eucarística de Cristo.

Era, sin embargo, consciente de que la cercanía de esta capilla era al mismo tiempo un gran compromiso «para que en la vida del obispo todo – predicación, decisiones – la pastoral – tenga inicio a los pies de Cristo, escondido en el Santísimo Sacramento». Teniendo en cuenta este “todo”, en la capilla él no sólo rezaba, sino que escribía también libros.

Sabía que como sacerdote estaba llamado «a ser hombre de la palabra de Dios» y que «el hombre de hoy se espera … antes que la palabra “anunciada”, la palabra “vivida”».

El Santo Padre estaba de rodillas también ante el hombre.

En cada persona el Siervo de Dios veía la imagen de Dios y esto impregnaba su relación con el hombre. Conservamos en la memoria sus manos extendidas hacia el hombre. Sus brazos abiertos que estrechan contra sí a cada uno y a todos. Incluso cuando aquellas manos fueron heridas por un hombre ignobile, no se cerraron en un puño, en un gesto de odio y de deseo de venganza. Aquellas manos, y con ellas, abrieron también las puertas de su residencia episcopal a todos los hombres.

Iban, pues, sacerdotes y laicos; gente sencilla y hombres de ciencia y de cultura. Siempre con atención y paciencia escuchaba a cada uno, nunca daba la impresión de tener prisa, de tener que despachar algo que fuese más importante.

Respetaba la opinión dada por el interlocutor, aún cuando no la compartiese.

El profundo respeto por el hombre lo sentía igualmente hacia la mujer.

Por eso nadie se sorprendía, ni creaba sospechas en nadie su simple y sincero, puro, modo de tratar a la mujer. En sus predicaciones y en sus publicaciones mostraba la belleza de la femenidad, porque Dios, en efecto, ha creado al hombre a su imagen y lo ha creado hombre y mujer. Este respeto nacía también de su profunda devoción a la Madre Santísima.

Estaba convencido de que los jóvenes son el futuro de la Iglesia, por eso ya en los años transcurridos en Cracovia se encontraba con los jóvenes o en los centros de la pastoral universitaria o en los centros de los oasis. Siendo Papa confesó que en esas actividades aprendió a estar con ellos, aprendió qué significa ser joven, cuánto es hermoso y al mismo tiempo difícil (cfr. Pielgrzymki, p. 444). Sabía mostrar la belleza de la vida que proviene de Dios y conduce a El. Gozaba de la vida y quizás con este entusiasmo atraía a los jóvenes.

Unido a Dios, era un hombre de total abandono en El.

Por eso las dificultades y los sufrimientos, que no le faltaban en la vida, no lo abatían, sino que lo radicaban más en su entrega a Dio, en este Totus Tuus ego sum.

En su testamento papal escribió: «No dejo tras de mí propiedad alguna de la que sea necesario disponer». Siempre había sido así. Verdaderamente vivía las palabras de Cristo pronunciadas en el discurso de la montaña: «No os afanéis pues diciendo, ¿qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? […] Vuestro Padre que está en los cielos sabe bien de qué tenéis necesidad» (cfr. Mt 6, 31-32).

Cardenal Stanisław Dziwisz